La política debe apurar el paso

Por Enrique V. Noailles Para LA NACION
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21 de diciembre de 2001  

En un poema conmovedor, nuestra gran poeta Olga Orozco le dice al tiempo: "Nunca se acompasaron nuestros pasos en estos entrecruzados laberintos". Es cierto que el logro o el fracaso de una vida tiene que ver con la capacidad de acompasarse con el ritmo del tiempo, de caminar a la velocidad justa que nuestro destino exige.

No es distinta esta necesidad en la vida de un pueblo. La necesidad de caminar al ritmo que exige la propia historia es, en la vida política de una nación, tan crucial como lo es en una vida individual, sólo que cuando esto no se cumple no queda afectado el destino de un solo individuo, sino el de millones de ellos.

La crisis desatada en estos días tiene ese epicentro clarísimo: la imposibilidad de esta generación política, y de la clase dirigente en general, no sólo de anticipar acontecimientos, sino de marchar siquiera a la par de ellos.

La clase política actual, probablemente distraída por el recuento de sus monedas, ha permanecido hasta ahora sistemáticamente detrás de los hechos, y la brecha se ha ido agrandando, a tal punto que su conciencia y su percepción se encuentran a una distancia inmensa de lo que necesita hoy la Argentina.

Y sucede que, cuando se está por detrás de los acontecimientos, estos fatalmente se autonomizan y comienzan a marchar por su cuenta, desligados ya no sólo de todo liderazgo, que es la definición de quien logra colocarse por delante de ellos, sino desligados de todo control, como un perro que suelta su soga y escapa desbocado por delante de quien lo pasea. Así, no son ya las personas las que gobiernan hoy en la Argentina, sino los hechos.

El ir permanentemente por detrás de los acontecimientos ha determinado asimismo que los canales habituales de la representación política hayan sido desbordados, cosa que quedó en evidencia el 14 de octubre pasado, el día de la votación, en que nadie de la política tomó verdadera nota de lo ocurrido, cosa que volvió a suceder con las concentraciones espontáneas de la noche del miércoles, en que la gente salió a expresarse con sus cacerolas por la calle.

Retomar el control

La pregunta crucial es cómo hace la Argentina hoy para retomar el control de su destino, cómo hace para cerrar la brecha entre quienes nos gobiernan y las necesidad de atención que tiene nuestra historia, cosa que equivale a decir cómo recambia institucionalmente a su clase política o cómo les hace comprender a quienes hoy tienen capacidad decisoria que no se puede jugar más con nuestro destino.

Pero más allá de cómo se resuelva esta crisis inmediata, los ciudadanos no tendremos más salida que intervenir de una vez -sin violencia- en la vida pública y en la vida política de nuestro país para cambiar su situación actual.

Muchos ya lo hacen, como lo muestra la tremenda fuerza solidaria de las organizaciones comunitarias. A su trabajo, sin embargo, que en gran parte tiene como tarea imperiosa reconstituir los desastres ocurridos y paliar las necesidades inmediatas, hace falta agregar alguna forma de liderazgo y de anticipación de nuestro destino, para que los acontecimientos no se pongan nunca más delante de nuestra sociedad.

Es necesario un plan, una idea de sociedad posible para los próximos años a la cual seguir, diseñada y puesta en práctica por una nueva generación de líderes sociales, políticos, empresariales e intelectuales, entre otros, líderes que hoy existen pero que trabajan disgregados de un proyecto común.

Nuestra situación es completamente reversible si ponemos en escena ahora mismo tanto al largo plazo como a esa sangre nueva.

También Olga Orozco, en algún momento de aquel poema, desafía al tiempo, mira fijo a sus ojos y le dice: "Forcé tus cerraduras y subí a los graneros que denominan porvenir". Esos graneros son nuestros. Tenemos el derecho y la posibilidad de acceder a ellos, aunque algunos hayan perdido la llave y otros se la quieran apropiar.

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