La Semana Santa en la que peligró la democracia

Federico Storani
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15 de abril de 2012  

La Semana Santa de 1987 significó un antes y un después para la transición democrática argentina y produjo consecuencias positivas y negativas que marcarían el futuro. Los acontecimientos políticos se explican por las particularidades del proceso que vivió nuestro país.

Nuestro camino de transición a la democracia fue de "ruptura", es decir, no pactado o acordado con el régimen militar precedente, a diferencia de lo ocurrido en otros países como España o Chile.

En 1982 ya existía un importante deterioro, sobre todo en las condiciones económicas y sociales imperantes, sin embargo no era suficiente para producir un cambio en el poder.

La Guerra de Malvinas y su desastroso desenlace puso en retirada irreversible a la dictadura. Similar a la experiencia vivida en Grecia con el régimen de los "coroneles" y su fallida aventura en Chipre.

Esta situación impidió que los militares impusieran condiciones y que su "retirada" fuera ordenada. La extrema debilidad en que sumió la guerra a las Fuerzas Armadas precipitó la salida democrática.

Lo que podría leerse como una enorme ventaja para el inicio de esta nueva etapa democrática, por la imposibilidad de imponer condiciones por parte de los militares, también admite la lectura contraria, por la absoluta falta de previsibilidad y la envergadura de los condicionantes que subsistían.

Apoyo político y popular.“¡Felices Pascuas, la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina!” dijo Alfonsín en el balcón de la Casa Rosada, al regresar de Campo de Mayo, acompañado por Vicente Saadi, Víctor Martínez y Antonio Cafiero.
Apoyo político y popular.“¡Felices Pascuas, la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina!” dijo Alfonsín en el balcón de la Casa Rosada, al regresar de Campo de Mayo, acompañado por Vicente Saadi, Víctor Martínez y Antonio Cafiero.

Entre ellos el más importante, la herencia de las consecuencias de la "guerra sucia" o "terrorismo de Estado", con la secuela de miles de muertos, desaparecidos, torturados y exiliados. Para expresarlo gráficamente, era como caminar sobre un campo minado.

El gobierno democrático encabezado por Raúl Alfonsín era consciente de que debía impulsar el juzgamiento por los crímenes cometidos para no repetir experiencias negativas y, además, tener superioridad moral, pero no conocía los límites que se debían observar en ese tránsito para no poner en riesgo la preservación del bien mayor: la estabilidad democrática. En cualquier momento se podía "pisar una mina" que hiciera estallar el sistema democrático y retroceder hacia la barbarie y la muerte.

Aldo Rico, jefe de los carapintadas. ?El militar, dedicado luego a la política, comandó el levantamiento de jóvenes oficiales en protesta por el avance de los juicios contra los responsables de violaciones de los derechos humanos en la dictadura militar. La tensión se mantuvo los tres días de Seman
Aldo Rico, jefe de los carapintadas. ?El militar, dedicado luego a la política, comandó el levantamiento de jóvenes oficiales en protesta por el avance de los juicios contra los responsables de violaciones de los derechos humanos en la dictadura militar. La tensión se mantuvo los tres días de Seman

Se diseñó una estrategia que consagrara la Justicia evitando las reacciones más peligrosas. El Presidente, como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, conforme a nuestra Constitución, ordenó el juzgamiento de los militares, envió al Parlamento el proyecto de derogación de la ley de pacificación nacional (autoaministía) y creó por decreto la Conadep, presidida por Ernesto Sabato e integrada por irreprochables personalidades de la cultura, credos y organizaciones de los derechos humanos.

El informe de la Conadep sirvió de base a la acusación fiscal que culminó con el histórico alegato del fiscal Julio César Strassera, sintetizado en la expresión "Nunca Más".

Pero no todos estuvieron a la altura de las circunstancias. El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, al que se le había otorgado la posibilidad de juzgar a sus miembros para reintegrarlos a la vida democrática, dilató su misión haciendo perder un tiempo precioso. Una parte de la oposición jugó al aislamiento del Gobierno, negándose a integrar sus parlamentarios a la Conadep, y las posiciones maximalistas de algunos organismos de derechos humanos conspiraron contra la posibilidad de avanzar más velozmente.

En ese clima se fue incubando el levantamiento carapintada de Semana Santa, cuyos líderes especulaban con reflotar el espíritu de cuerpo difundiendo la idea de que el Gobierno perseguía el objetivo de destruir a las Fuerzas Armadas.

La estrategia del gobierno radical era separar la paja del trigo, es decir aislar a los elementos golpistas e integrar a las Fuerzas Armadas al proceso democrático.

Lo positivo de aquellos días dramáticos es que produjo una conmovedora reacción y movilización popular que creó conciencia acerca de la estabilidad democrática.

Lo negativo fue que la especulación política de algunos sectores buscaron el aislamiento del gobierno de Alfonsín, instalando la idea de negociaciones y concesiones espurias, lo que alentó la posibilidad de que estos episodios se repitieran.

Para la historia grande queda un gobierno y un liderazgo democrático que juzgó con jueces naturales los crímenes en condiciones extremadamente difíciles, caso único en América latina y el mundo.

La enseñanza, a 25 años de aquellos sucesos, es que sólo en democracia con alta calidad institucional, sin odio ni revanchismo, y con respeto pleno al pluralismo podrán abordarse las numerosas asignaturas pendientes que aún le quedan a la democracia.

El autor fue diputado e integró el comité de crisis constituido por los episodios de Semana Santa.

Apoyo político y popular. "¡Felices Pascuas, la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina!" dijo Alfonsín en el balcón de la Casa Rosada, al regresar de Campo de Mayo, acompañado por Vicente Saadi, Víctor Martínez y Antonio Cafiero.

Aldo Rico, jefe de los carapintadas. El militar, dedicado luego a la política, comandó el levantamiento de jóvenes oficiales en protesta por el avance de los juicios contra los responsables de violaciones de los derechos humanos en la dictadura militar. La tensión se mantuvo los tres días de Semana Santa y Alfonsín debió ir personalmente a Campo de Mayo a negociar con los rebeldes. Así logró, el domingo de Pascua, que depusieran las armas.

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