La tercera valija

Diego Guelar Para LA NACION
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15 de febrero de 2011  

La primera fue la de Antonini Wilson. La segunda fue una obra maestra de tapicería aeronáutica disimulada en la mullida marroquinería que decoraba el lujoso jet de los hermanos Juliá.

En el primer caso, se pretendió afirmar que fue todo una conspiración de la CIA para desprestigiar a los comandantes Chávez y Kirchner. Todavía está pendiente la extradición pedida a los EE.UU. para que Antonini Wilson declare en la Argentina.

En el segundo caso, el ministro del Interior informó que la "mercadería" había sido cargada en Cabo Verde durante la escala técnica para reabastecerse de combustible.

Ya no quedan dudas de que la tonelada de cocaína fue instalada en Morón y despachada desde Ezeiza sin control alguno. Todo indica que la DEA norteamericana colaboró con las autoridades españolas. No se advirtió a las autoridades argentinas que el procedimiento policial estaba en curso desde hacía varios meses.

Aunque no pueda caratularse de "valija", la decisión del presidente Obama de saltear a la Argentina durante su visita a Brasil y Chile fue la gota que rebasó el vaso. Nuestro canciller reaccionó ante el supuesto desplante atribuyéndolo a que "aquí, Obama no puede vender armas?".

No podemos ser ingenuos. Las confusas informaciones filtradas a través de un órgano periodístico paraoficial indican que el Boeing Globmaster III de la Fuerza Aérea norteamericana cometió desprolijidades en el inventario presentado a las autoridades argentinas. Estas tienen el derecho (y la obligación) de controlar todo lo que entra y sale por nuestras aduanas y, de objetarse legítimamente el ingreso de "material sensible", éste debe ser apartado y volver a su lugar de origen.

Pero también es cierto que se trata de un país amigo (como podía haber sido Brasil, Chile o España), invitado a cooperar con nosotros en un tema tan delicado como "manejo de crisis y toma de rehenes". Ambos países fuimos víctimas del terrorismo internacional, somos aliados y realizamos múltiples ejercicios militares y policiales en nuestro territorio, en Haití, en Chipre y en otros lugares bajo la común bandera de las Naciones Unidas. La Argentina ha sabido ganarse el respeto universal por el comportamiento de sus efectivos de las Fuerzas Armadas y de seguridad que han tenido que compartir con los norteamericanos delicados escenarios bélicos.

Sin lugar a dudas podría haberse manejado el tema a plena satisfacción de ambas partes para evitar todo altercado diplomático.

¿Por qué se hizo todo lo contrario? Falta una explicación oficial. Esperemos que esta reacción no sea sólo una infantil respuesta para compensar, con esta valija, las otras dos anteriores y el desagrado oficial ante una decisión del presidente Obama que en nada afecta el normal desarrollo de nuestras relaciones bilaterales.

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