La vigencia de un viejo estigma

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21 de diciembre de 2001  

La renuncia de Fernando de la Rúa a la presidencia de la Nación luego de los dos días de furia que sacudieron todo el país revela la triste vigencia de un viejo estigma para los argentinos. Desde que el peronismo vio la luz en 1945, ningún gobierno de signo no justicialista elegido por la ciudadanía ha podido concluir su período constitucional.

Ni Arturo Frondizi, ni Arturo Illia, ni Raúl Alfonsín, ni Fernando de la Rúa han podido llegar al final de su mandato.

Se trata, sin embargo, de casos diferentes. Las caídas de Frondizi e Illia estuvieron influidas por su escasa legitimidad de origen -ambos llegaron al poder con el peronismo proscripto- y la presencia de los militares como factor de poder. La renuncia de Alfonsín se produjo en medio de una economía signada por la hiperinflación y una crisis de gobernabilidad, pero con un dato no menor: había ya un presidente electo, Carlos Menem.

La dimisión de De la Rúa adquiere una dimensión novedosa. Su legitimidad de origen, como la de Alfonsín, era impecable. El nivel de adhesión del electorado a su candidatura presidencial, en octubre de 1999, también fue espectacular: nada menos que el 50 por ciento de los votos. La ciudadanía hablaba con esperanza de la nueva política. Pero el sueño de muchos terminó en una pesadilla para todos.

¿Qué falló entonces? Muchas cosas. Lo primero fueron las desinteligencias de los dirigentes triunfantes en 1999 para entender el significado, el alcance y los límites de un gobierno de coalición, como el que se proponía la alianza UCR-Frepaso, en un sistema presidencialista. Lo segundo fue la incapacidad para revertir el escenario recesivo.

Tras la renuncia de Carlos "Chacho" Alvarez a la vicepresidencia de la Nación comenzó a destruirse la coalición social de base de la Alianza y la soledad del primer mandatario se fue profundizando, al tiempo que, especialmente luego de su victoria en las elecciones legislativas, la oposición justicialista empezó a oler el tufillo del poder.

El justicialismo, que desde aquel triunfo electoral en octubre se venía preparando para conducir una eventual transición política hasta que algún día se convoque a nuevas elecciones presidenciales, tendrá ahora la responsabilidad de tomar las riendas del gobierno, una vez que entre a regir la ley de acefalía.

De la Rúa y Papá Noel

¿Había otra alternativa? Existía, desde ya, la posibilidad de un gobierno de unidad nacional conducido por De la Rúa. Sin embargo, tal empresa parecía desde hace tiempo un juego imposible. Ni el presidente estuvo dispuesto alguna vez a transformarse en una suerte de rey que no gobierna ni los principales dirigentes del PJ se mostraron entusiasmados con la idea de compartir el gobierno con un hombre en el que no confiaban y que, por si fuera poco, se había devorado a figuras de la magnitud que alguna vez tuvieron Graciela Fernández Meijide, Chacho Alvarez, Ricardo López Murphy y, finalmente, Domingo Cavallo.

En los últimos días circulaba en las calles de Buenos Aires una ironía a propósito de la próxima Navidad y del descrédito del jefe del Estado: "¿Sabe cuál es la diferencia entre De la Rúa y Papá Noel? Que todavía queda gente que cree en Papá Noel".

La autoridad implica, entre muchas otras cosas, certidumbre. Desde las primeras medidas de su gobierno, empezando por el "impuestazo" con el que golpeó a vastos sectores sociales que constituían la base de su triunfo electoral, De la Rúa fue un factor de incertidumbre permanente.

El problema de De la Rúa no era su estilo rutinario o su falta de carisma. El politicólogo Carlos Floria suele recordar que André Malraux hablaba de los diferentes estilos de Napoleón Bonaparte y de San Luis: el primero era enérgico y el segundo mucho más conciliador, pero ambos gozaban de igual autoridad.

El deterioro del Presidente sobrevino por otros motivos: su porfía por cortar puentes naturales con la sociedad, su tentación por sacrificar hombres de gobierno valiosos, la pobreza de su entorno más inmediato -con las excepciones de Adalberto Rodríguez Giavarini y de Chrystian Colombo- y cierta tendencia sectaria que impidió que sus llamados a la unidad nacional y a la concertación fueran más que meros intentos por ganar tiempo sin compartir el poder con nadie.

El cansancio de los buenos

En las últimas semanas, el Gobierno, de la mano de las ideas de Cavallo, intentó suplir la falta de autoridad con la fuerza. Las últimas medidas de bancarización forzada no hicieron más que profundizar la crisis: dejaron en la calle en pocos días a muchos trabajadores del vasto sector informal de la economía y sembraron el odio de los pequeños ahorristas que terminaron presos del sistema financiero.

Estos factores confluyeron en los días de furia que arrastraron la caída del Gobierno. En los saqueos a comercios, protagonizados por los sectores más carenciados y por los vándalos que nunca faltan, y en el inédito fenómeno de los "cacerolazos", encabezados por sectores de clase media urbanos que se movilizaron espontáneamente en la madrugada de ayer.

Algunos dirigentes justicialistas podrán presentir que ha llegado su hora. Sin embargo, no es así. Lo que ha llegado es el postergado tiempo de la búsqueda de consensos firmes en una sociedad política que rara vez ha sido dócil para edificar políticas de Estado. Si quien en pocos días tendrá la responsabilidad de asumir el Gobierno no sigue ese principio ni se apoya en la necesidad de resguardar la seguridad jurídica, ni da respuesta a las demandas de cambio dirigidas hacia los privilegios de la clase política, la crisis continuará. Como señaló el papa Pío XII alguna vez, "cuidado con el cansancio de los buenos".

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