Las claves detrás del énfasis progresista de Alberto Fernández en la región

La reunión del Grupo de Puebla fue clave para el planteo de Alberto Fernández
La reunión del Grupo de Puebla fue clave para el planteo de Alberto Fernández Fuente: Archivo
Busca posicionarse como un referente del movimiento para ganar influencia a la hora de negociar con EE.UU.; está convencido de que la OEA y Washington fueron responsables de la salida de Evo
Gabriel Sued
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17 de noviembre de 2019  

El sábado 9 de noviembre, un día antes de que las Fuerzas Armadas de Bolivia forzaran la salida de Evo Morales del poder y mientras se desarrollaba la cumbre del Grupo de Puebla en Buenos Aires, Alberto Fernández habló por teléfono con Cristina Kirchner. Ella había conversado unos minutos antes con el entonces vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, que le transmitió un cuadro optimista. La auditoría electoral de la Organización de los Estados Americanos ( OEA), que se difundiría el miércoles 13, señalaría irregularidades menores pero no impugnaría el triunfo de Morales. Solo unas horas después, en la madrugada del domingo 10, el organismo publicó un informe preliminar que cambió por completo el escenario.

Después de hablar con Gerónimo Ustarroz, el apoderado del PJ que envió el Frente de Todos a Bolivia para participar de la auditoría de la OEA, el presidente electo se convenció de que había habido un golpe de Estado con la anuencia del organismo regional y del gobierno de los Estados Unidos. ¿Por qué? Porque el contrainforme de Ustarroz indica que no existen motivos suficientes para sostener que hubo fraude. "Denunciaron un fraude para preparar el terreno para el golpe", le dijo Fernández, con fastidio, a un dirigente de su equipo, antes de instruir a sus colaboradores para dar a conocer el contrainforme.

Esa fue, cuentan en su entorno, la razón que lo llevó a erigirse durante la última semana en uno de los principales defensores de Morales y en uno de los críticos más firmes de la administración de Donald Trump, pese a que lo necesita para renegociar la deuda con el FMI. Fernández actuó "por convicción", aseguran, ante el quiebre del orden democrático en un país vecino y frente a lo que considera una intromisión inaceptable de los Estados Unidos. También "por convicción", como él mismo lo planteó en la apertura de la cumbre del Grupo de Puebla, había celebrado la liberación de Lula da Silva, había cuestionado a los gobiernos de Lenín Moreno, en Ecuador, y de Sebastián Piñera, en Chile, y se había puesto al frente del foro regional de dirigentes progresistas, que en su mayoría integran fuerzas de oposición en sus países.

Lo cierto es que el lugar que está construyendo en materia internacional, toda una sorpresa por las posiciones moderadas que expuso durante la campaña electoral, no reniega de la estrategia, explican en su entorno. "Al contrario. La ética de la convicción y la ética de la responsabilidad conviven perfectamente en este caso", argumenta uno de sus colaboradores. ¿En qué consiste esa estrategia? "La Argentina hoy es insignificante en material comercial y geopolítica. Alberto necesita pararse en algún lugar, ser el referente de algo, ganar cierto prestigio o al menos visibilidad, para desde ahí negociar con todo el pragmatismo que haga falta, con Estados Unidos o con el que sea", agregó el mismo dirigente. De hecho, el presiente electo mantuvo en la semana un contacto con Elliott Abrams, emisario especial del Departamento de Estado para Venezuela.

En esa lógica, señalan, Fernández no excluirá a la Argentina del Grupo de Lima, núcleo de los gobiernos conservadores de América Latina, sino que aprovechará el foro para diferenciarse, y convertirse también en un promotor de la reintegración regional. La cara pragmática de su política internacional será su canciller, Felipe Solá.

El papel destacado que adoptó el presidente electo en el Grupo de Puebla, donde no hay representantes de Venezuela ni de Cuba, es un paso en la misma dirección. Fernández entiende que para fortalecer la posición argentina es más conveniente construir poder propio que hacer "seguidismo" de los Estados Unidos. Dicho de otra forma: cree que es mejor ser "cabeza de ratón" que "cola de león".

En su equipo argumentan que la buena relación de Mauricio Macri con los Estados Unidos y las potencias occidentales no le sirvió más que para acceder a un préstamo con el FMI, cuando el programa económico ya había fracasado, entre otras cosas, por la falta de inversiones extranjeras. Como contrapartida, destacan que, pese al lugar en el que se posicionó en los temas regionales, Fernández ya recibió una llamada de Trump y entabló un buen vínculo con el presidente de Francia, Emmanuel Macron, a quien visitará antes de fin de mes.

Convencido de esa estrategia, el presidente electo redoblará su apuesta por el Grupo de Puebla, de la mano de su amigo, el excandidato presidencial chileno Marco Enríquez-Ominami. El foro tiene previsto sesionar en Chile y en Colombia, dos países a los que pretende "exportar la experiencia del Frente de Todos", es decir, promover la reunificación de las fuerzas posicionadas del centro hacia la izquierda.

La primera cita será en Santiago, entre el 8 y el 10 de diciembre. No será una cumbre propiamente dicha, pero una delegación de "poblanos" participará de un encuentro que aspira a reunir a todos los partidos que hasta hace unos años participaban de la Concertación, la coalición que llevó al poder a Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. Fernández empujó la iniciativa en conversaciones con Enríquez-Ominami y Camila Vallejo, jefa de la bancada de diputados del Partido Comunista. La misma prédica llevó a España, en septiembre, cuando le advirtió a Juan Carlos Monedero, de Podemos, que la responsabilidad de formar gobierno también era de ellos y no solo del presidente, el socialista Pedro Sánchez.

Todavía sin elementos para evaluar los efectos de la estrategia, Fernández se prepara para transitar por un camino de cornisa, consciente de que un paso en falso puede tener consecuencias graves.

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