Lavagna debe reaccionar ante la intimidación

Alfredo Leuco
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14 de septiembre de 2006  

Roberto Lavagna tiene serios problemas para instalar sus posibilidades electorales. La foto actual de las encuestas lo muestra estancado. La sensación térmica política dice que no logra despegar ni causar fuertes vientos de entusiasmo en la gente. Por ahora, y hasta que le encuentre la vuelta, el ex ministro de Economía aparece atrapado sin salida, porque en su principal virtud está su principal defecto.

Su actitud moderada, prudente, y su discurso casi académico son, claramente, la contracara del Kirchner agresivo y crispado que no tiene límites a la hora de utilizar todos los mecanismos posibles para acotar, descalificar y hasta perseguir cualquier voz disidente que aparezca en el horizonte.

Pero ese Lavagna republicano y de formas prolijas tan bienvenido no despierta ni las pasiones ni la mística de las que también debe estar hecha la política, si se la entiende como la maravillosa y patriótica aventura de transformar el país para hacerlo más justo.

La ausencia total de carisma lo iguala con Kirchner. Cierto exceso de suficiencia personal, acaso altanería, también.

Son positivas las intenciones de Lavagna de presentarse como "una alternativa superadora" y no como un "opositor acérrimo que destruye todo lo que su antecesor hizo. Hay una demanda social en ese aspecto: que la continuidad democrática supere los cambios traumáticos que tanto hemos sufrido. Pero en la práctica, esa actitud convierte a Lavagna en un producto político liviano y diluido que, en el territorio de los medios de comunicación, solo resulta atractivo y de interés para el sector más politizado de la sociedad. Entre la "gran masa del pueblo" (como dice la marchita que cantó para la foto en un torpe intento marketinero) Lavagna no acusa peso en la balanza.

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Es verdad que resulta muy difícil hacerle sombra a un Kirchner con semejante fortaleza económica. Es verdad también que es muy riesgoso colocarse en otra vereda para quien fue cofundador de este modelo productivo junto con Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner. Es verdad finalmente que la mayoría de los ciudadanos tampoco está dispuesta a escuchar descalificaciones muy subidas de tono hacia el jefe del Estado y mucho menos pronósticos apocalípticos. Pero en la política nadie expresa nada si no expresa algo.

Este es el gran dilema de Lavagna y su gente. ¿Cómo descongelar su figura y meterla entre los afectos y las polémicas de la gente? ¿De qué manera sacarle el almidón? Eso lo hace alguien muy respetable intelectualmente, pero le reduce sus posibilidades de ejercer un liderazgo con suficiente firmeza y carnadura para enfrentar con éxito a un caudillo autoritario que cada día concentra más poder porque quiere controlar todo y que nadie lo controle.

Para decirlo con el lenguaje de los consultores: ¿cómo transformar su imagen altamente positiva en intención de votos y en capacidad de mando? Lavagna no debe abandonar sus intenciones de instalar un debate racional sobre el país serio que pretende construir. Pero está claro que eso solo, por ahora, no alcanza. La Argentina no es Suiza y Kirchner no es una carmelita descalza. El Presidente juega muy fuerte. Tira con misiles que asumen indistintamente la forma de la billetera o del látigo.

El ex ministro debería apelar a toda su creatividad para encontrar los caminos éticos que le permitan a los argentinos confiar en él para solucionar las necesidades más prioritarias. Sería conveniente que con toda contundencia y despliegue técnico -por ejemplo- explicara sus proyectos para revertir la injusta distribución de la riqueza en un país que crece a tasas chinas pero que es tan inequitativo como el resto de América latina. O cuál sería su batería de 10 medidas concretas para atacar con eficacia y sin demagogias la llaga de la inseguridad.

Pero alguien que se quiere ofrecer como posible presidente de la Argentina necesita mostrar algo más profundo todavía. Que tiene el coraje y la determinación suficientes para levantar la bandera de la lucha contra el miedo que se instaló en amplias franjas sociales como una suerte de cárcel del pensamiento y la diversidad. En esto no se puede andar con medias tintas ni con eufemismos.

Sus definiciones tienen que ser estiletes. No tiene permitido decir que lo que pasó con Juan José Alvarez no le interesa a nadie. Tiene que afrontar ese desafío y superarlo. No puede devaluar las palabras para gambetear el compromiso. No es gratis que uno de sus principales operadores haya trabajado en la SIDE durante el reinado de la dictadura y con la recomendación de Harguindeguy.

Si Lavagna cree que es algo repudiable lo tiene que decir con todas las letras. Y si cree que es una anécdota de poca monta, también lo debe plantear con claridad. Estos son los debates públicos que permiten conocer a los dirigentes hasta en sus más íntimas convicciones y comportamientos.

Es comprensible que pretenda no hacer de esto el eje de sus apariciones públicas y que no quiera ir a la cola de la agenda que le fija el Gobierno. El tiene que intentar pelear en su propio terreno y con sus propios temas. Pero cuando el debate se instala, no le puede correr el cuerpo. Una cosa es la moderación y la prudencia, y otra muy distinta es la tibieza para enfrentar las adversidades.

Es muy grave lo que viene pasando con el miedo instalado entre políticos, empresarios y periodistas. Sobre todo porque el que construye su poder con miedo no tiene otro remedio que mantenerlo con más miedo. Pero para quien quiere ser presidente es ineludible salir al cruce y combatir los miedos. Esa es la madre de todas las batallas. Porque es la que articula el resto de los problemas. Lavagna y/o cualquier opositor debe fijar posturas rigurosas e innegociables frente a la patota oficial que castiga con los mecanismos más diversos cualquier tipo de disidencia. Quien logre ponerse al frente para combatir el pánico habrá dado un paso trascendente.

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Hasta ahora esa valentía y sensibilidad para ponerle límites al autoritarismo aparecieron con más potencia por afuera de la política partidaria. En la iglesia de monseñor Joaquín Piña, que se escandaliza frente a un gobernador que quiere convertir a Misiones en un feudo; en el sindicalismo de Victor de Gennaro, que no se rinde pese a tantas tentaciones; en un sector del periodismo; en la dignidad indomable de la Corte Suprema de Justicia y -más tímidamente- en algún empresario que no está dispuesto a tolerar que un presidente le ordene a quién debe apoyar y/o votar en las próximas elecciones.

Kirchner se dio cuenta rápidamente: no es el tiempo de los tibios. Una cosa es Ricardo Lagos y otra es Fernando de la Rúa. Lagos jamás perdió su excelencia intelectual, su capacidad de análisis y de gestión, pero se ganó el corazón de los chilenos el día que le dijo cuatro verdades a los gritos a Pinochet por televisión.

El próximo líder político deberá tener las convicciones bien puestas y encabezar la pelea por recuperar la máxima libertad posible en todos los planos. Es la única manera de transmitirles confianza a los ciudadanos comunes y estimularlos a tomar posiciones más audaces frente a los atropellos cotidianos de la intimidación del Estado.

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