Los enigmas del 28-O, entre dos esperanzas contrapuestas

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
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28 de octubre de 2019  • 00:00

Amanece un cambio político en un país agobiado por su enésima crisis económica. La intensidad de ese descalabro amenazaba con reponer una hegemonía. No ocurrió. El nuevo gobierno del kirchnerismo nace obligado a una negociación con su contracara, el macrismo derrotado, en una transición delicada y compleja. Las elecciones nunca son infalibles, pero los resultados siempre son inapelables.

Una sociedad fuertemente fragmentada, aunque esta vez en proporciones diferentes, es otro signo que las urnas reafirmaron. La colisión de esos mundos opuestos siguen siendo un peligro en momentos en que la crisis detona situaciones cada vez más complejas. Esos dos enormes colectivos tienen esperanzas contrapuestas.

La mayoría más ajustada que lo que había soñado el kirchnerismo fue la vía rápida para cortar la malaria y cerró el intento macrista de continuar un doloroso tratamiento a la recurrente inflación, la recesión y el endeudamiento. Alberto Fernández tendrá la oportunidad que también contó Mauricio Macri de recuperar la economía, aunque no contará con las esperadas herramientas del dominio absoluto del poder. Por la oposición macrista y por el frente que lo hizo presidente pero que no lidera.

La impaciencia frente a la adversidad es un signo regional que excede a las urnas de ayer y a las protestas de Ecuador y Chile. En el ciclo de elecciones presidenciales de América Latina del último año y medio fracasaron siete oficialismos. Esa intolerancia a gobiernos que no encuentran el camino o que insisten en equivocarse en modos y formas tiene en la Argentina al menos una década de persistencia. Desde 2009, las fuerzas en el poder perdieron cuatro (tres el kirchnerismo y una el macrismo) de las seis elecciones nacionales. Esa década coincide no por casualidad con la fuerte caída de los precios de los principales productos regionales (minerales, petróleo y soja).

A principios de siglo, el crecimiento chino disparó las exportaciones de la región, extendió el populismo, redujo la cantidad de pobres y disparó el aumento del gasto público. Pocos acertaron en considerar que los ingresos no eran para siempre. Y casi todos pagaron el precio electoral de la resaca.

El porcentaje significativo que apoyó a Macri hasta el final lo premió por valores intangibles que proyectan su sombra sobre el kirchnerismo: libertades públicas, respeto a las diferencias, combate a la corrupción y a la independencia del Poder Judicial. Cuatro de cada diez votantes se aferraron a esas convicciones y se quedaron en Cambiemos. Fueron los votantes más activos del oficialismo los que le impusieron la campaña al Presidente. La calle ya no es solo del peronismo, avisaron esos argentinos borgeanamente unidos por el espanto. Son los votantes que observaron que el regreso del kirchnerismo implicaba una bendición electoral a la corrupción y una aceptación al destrato desde el poder.

La derrota, sin embargo, abrirá ahora una discusión interna. Macri quedó parado como el jefe de la coalición derrotada, pero ahora deberá discutir el rumbo desde el llano. Ahora está por verse el peso de gobernar un distrito, ocupar una banca o no tener cargo alguno. Horacio Rodríguez Larreta será el opositor con mayor espacio de poder y María Eugenia Vidal, aunque fuertemente castigada, se irá de la gobernación convertida en la única referente de la clase media de la provincia de Buenos Aires desde los años del alfonsinismo. El radicalismo abrirá su propio debate para saber si quiere irse o quedarse en el espacio. Y si opta por lo segundo, en qué condiciones.

La crisis que llevó al poder a Fernández es ahora un problema del presidente electo. La intensidad de la desconfianza en el mundo de las finanzas y también de los ahorristas que desató su triunfo en las PASO lo obligará a trabajar desde hoy en un esquema concertado con el macrismo. Se abrió anoche la transición más delicada y compleja desde que Carlos Menem empujó a Raúl Alfonsín a renunciar cinco meses antes, en 1989. La única ventaja es que son 44 días.

El enfrentamiento personal entre Macri y su sucesor impone un cambio drástico hacia la cooperación. Todo lo malo que le suceda al Presidente será un problema extra para Fernández. La agenda de urgencias empieza hoy a la mañana, cuando reabran los mercados y ambos desayunen en la Casa Rosada. Y seguirá con una negociación con el FMI, que ya dijo que solo hablará con las nuevas autoridades. Fernández tiene por delante establecer puentes con Donald Trump y con Jair Bolsonaro, firmes aliados de Macri. El kirchnerismo se fue del poder con amistades tan poco recomendables como las que buscó Leopoldo Galtieri durante la Guerra de las Malvinas. Macri restableció los contactos con los países centrales, desde donde nunca llegaron las inversiones, pero sí los apoyos imprescindibles para recibir un préstamo extraordinario del Fondo.

¿Cómo podrá Fernández dar una imagen inicial diferente a la del kirchnerismo que lo impulsó a la Casa Rosada? Es una pregunta sin respuesta y por ahora atada a dos antecedentes traumáticos de validez relativa y finales distintos: Héctor Cámpora, el frustrado delfín de Perón; y Néstor Kirchner, impulsado por Eduardo Duhalde, que terminó borrado por el nuevo presidente.

La moderación que mostró el candidato Fernández espera ser reconfirmada por sus decisiones de presidente, todo en un contexto extremadamente complicado. Los recuerdos a los que apeló Fernández para llegar al poder son eso, recuerdos ajenos a esta realidad. La presidencia de Néstor Kirchner empezó luego de un desmadre sin antecedentes, cuando la economía rebotaba luego de una megadevaluación y de un default que por un tiempo dejaron al país sin la obligación de pagar deudas.

Un abismo más grande que la grieta política separa las expectativas que generó con la realidad que le tocará enfrentar a Fernández. Negociar con los acreedores puede terminar siendo más sencillo que contener el frente partidario interno. Alberto buscó los mismos aliados que Macri, mal que le pese. Son los gobernadores peronistas y la CGT, que, supone, expresan el ala más moderada, aunque voraz en la reunificación del peronismo. A ese esquema también se sumó la conducción de la Unión Industrial, en un presagio de un acuerdo al estilo del que intentó José Ber Gelbard en 1973. Es lo que escribió Cristina en Sinceramente. Tampoco faltaron curas y obispos que rezaron por el triunfo del peronismo.

El kirchnerismo propiamente dicho, que anoche tomaba el control de la provincia de Buenos Aires, escapa al control de Fernández y abre las mismas desconfianzas que obligaron a Cristina a declinar su candidatura. Los votos que lo hicieron presidente llegaron del Conurbano y fueron aportados por Cristina.

Fernández es el presidente de la reconstrucción de la alianza interna del peronismo que tramó y facilitó la expresidenta con su decisivo paso al costado. Las demandas de Cristina y el control del macrismo serán el contexto político de un inesperado presidente elegido para remediar la economía.

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