Los gases, las piedras y las balas surcaron el cielo de la ciudad

Policías y manifestantes se trenzaron en una batalla campal
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21 de diciembre de 2001  

Al pibe, de cabeza rapada y remera negra gastada, le chorrea la sangre por el brazo derecho. Y parece no darse cuenta. "Vamos vieja, aguante", arenga, y corre por Maipú hacia Diagonal Norte con un cascote enorme en la mano.

De ese lado vienen los gases que tira la policía y el humo de los bancos incendiados. Son las 18, la batalla campal ya dura varias horas y no tiene visos de aflojar.

Una columna de unas 500 personas avanza por Diagonal Norte hacia la Plaza de Mayo. La policía no deja de disparar balas de goma y de lanzar granadas de gases.

Las emanaciones no hacen llorar: provocan vómitos y mareos. Algunos se limpian la cara y se mojan el pelo en la fuente que tiene en su entrada el Banco General de Negocios. Otros chupan limones, que neutralizan los efectos de los gases.

Una tanqueta de la Guardia de Infantería avanza hacia la multitud y un grupo de cinco jinetes de la Policía Montada corre por Maipú detrás de muchachones de pantalones cortos y torso descubierto.

Los cronistas de LA NACION quedan encerrados en un recoveco del Banco Credicoop cuando llegan los caballos. Las baldosas hacen patinar a uno de los equinos que subió a la vereda. Caen el animal y el policía.

Las herraduras pasan a centímetros de la cara. Un policía quiere que le entreguen a un hombre de pantalón corto y mochila verde que encontró refugio en el interior del banco.

"Sacalo o tiro la granada adentro", grita quien parece ser el jefe de los policías montados. Desde el piso superior de un edificio le tiran con una botella llena de agua. El oficial se enardece y desenfunda la pistola 9 milímetros reglamentaria. Levanta el brazo y apunta. Pero no dispara. Afortunadamente, a la noche habrá que contar un muerto menos.

A caballo y a pie

Los policías se mueven a caballo, de a dos en motocicletas, en patrulleros, carros antimotines y a pie. Parecen tener un plan: desalojar el microcentro y empujar a las columnas hacia la 9 de Julio.

Los pibes también tienen un plan: atacar a los policías y romper los frentes de los locales, sobre todo los de los bancos.

"Ahorrá las piedras para tirarles a los cobanis (policías)", recomienda un muchacho a otro que se ha ensañado con un frente de blíndex que no termina de caer. "Dejalo que se descargue", dice otro. "Pensá que es la cara de De la Rúa", lo incita. Y aquél vuelve a la carga con más fuerza. Unas sogas aparecen de repente y cruzan la calle de lado a lado. Los policías a caballo ya no podrán correr por allí.

Los mensajeros en moto son aliados de los manifestantes. El gremio que los agrupa avisó a las agencias que pagaría el día de cada motociclista. Se mueven por todo el microcentro y se ocupan de avisar ante cada nueva carga de la policía.

Cuando aparece una columna del Partido Obrero (PO) por Avenida de Mayo con una bandera roja arrecian los silbidos y las protestas. La bandera desaparece. Se trata de un síntoma de la revuelta: no hay sindicatos o grupos políticos que dirijan la batalla.

Desde la plaza del Congreso avanza una multitud con piedras y palos hacia la Casa Rosada, cuando la noticia de la renuncia de De la Rúa ha empezado a circular. Pero no hay euforia. Hay bronca.

Sigue la destrucción de teléfonos públicos y vuelan las piedras contra comercios. Ya nadie distingue si son bancos, quioscos o restaurantes.

Pese al desbande, el dueño de un bar español logra convencer a un muchacho con aspecto punk que no le rompan más vidrios. La lluvia de piedras se detiene.

Aunque De la Rúa ya perdió el poder, la caza de los policías no se detiene; efectivos en moto siguen su ronda. En la esquina de Libertad y Mitre un grupo comenta las últimas noticias. Un policía levanta un fusil y apunta. Pero no dispara. Otro muerto menos que contar.

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