Los rastros de una guerra que marcó la historia de la isla

Visitó los cementerios argentino e inglés
(0)
23 de octubre de 2000  

PUERTO ARGENTINO.- Los dos son cementerios militares, pero no es necesario conocer la historia para saber dónde descansan los vencedores y dónde los vencidos. Basta visitarlos, como hizo el jueves último el ex canciller Guido Di Tella, para notar la diferencia.

El ex funcionario comenzó temprano a la mañana en Darwin, el de los argentinos, y luego partió a San Carlos, al de los británicos. Repitió en ambos el mismo ritual: se persignó al entrar, dejó una ofrenda floral y caminó durante 15 minutos con la mirada clavada en el piso.

"Esto me quiebra", dijo Di Tella con gesto serio. Se refería a las tumbas, el signo más elocuente de lo que ocurrió en estas tierras hace apenas 18 años.

Las 234 de los argentinos ocupan un espacio hundido en el valle cercano a la ciudad de Darwin. Son simples cruces blancas, y pequeñas placas en los casos en que los soldados pudieron ser identificados. Una cerca de madera las rodea intentando ofrecer protección del viento que sopla fuerte y constante. La naturaleza no ofrece demasiado: en los alrededores hay un par de lomas y tierra árida. No mucho más.

Los británicos, en cambio, descansan a metros de la bahía de San Carlos, uno de los paisajes más conmovedores de estas islas. Son sólo 15, el resto yace en las afueras de Malvinas, y están contenidos dentro de un corral circular de 20 metros de diámetro y hecho con piedras blancas. Imita las construcciones que hacían los primeros colonos de estas tierras para guardar su ganado. Hay pasto y lápidas de mármol con los datos de los caídos y sus condecoraciones.

Pero la principal diferencia entre un cementerio y el otro es que el de San Carlos está custodiado por una bandera británica. En el de Darwin, en cambio, no hay ninguna.

Dedicación completa

Di Tella y su familia dedicaron su último día completo en las islas Malvinas a la guerra de 1982. El viernes último, por la tarde, abordaron el vuelo de LanChile a Río Gallegos luego de una intensa semana en las islas. En sus valijas, el ex canciller se llevará entrevistas con el gobernador, Donald Lamont, y los consejeros, algunas palabras amistosas y, hasta el momento, ninguna expresión directa de rechazo.

Además, logró pelearse con su sucesor, Adalberto Rodríguez Giavarini, y ocupar nuevamente el escenario político, aunque más no sea por unos días.

No es que todos aquí estén conformes con su presencia. Si nadie protestó públicamente es más bien porque los opositores decidieron que lo mejor era ignorarlo.

El viernes por la noche hubo un festejo, en el Victory Bar, por la partida de Di Tella, que se promocionó con descuentos en la cerveza. Todo muy british . No fueron tan elegantes, en cambio, algunos suscriptores del semanario Penguin News en sus cartas de lectores.

"Reconciliación. ¡Ustedes saben dónde se la pueden meter!", escribió PC Miller a los argentinos.

La hostilidad de este hombre fue, por ahora, la excepción y no la regla. El clima fue tranquilo.

Si hasta dos de los consejeros que en un principio se negaban a recibir a Di Tella terminaron cenando con el ex canciller en un restaurante y a la vista de todo el mundo. Las heridas de la guerra siguen muy abiertas entre muchos malvinenses, pero la furia corrió por dentro.

Es que el conflicto de 1982 quebró la historia de este pueblo en dos. Todos aquí recuerdan la noche del 1º de abril, cuando el gobernador Rex Hunt habló por la radio local para avisar que los argentinos navegaban hacia las islas y que había peligro de invasión.

Sus temores se confirmaron al otro día, y ya nada fue igual. Si hasta el paisaje de las Malvinas guarda recuerdos de aquellos días.

Di Tella recorrió, además de los cementerios, la bahía de San Carlos y la zona de Pradera Verde, dos los escenarios más importantes de la guerra, y lo pudo comprobar con sus propios ojos.

En San Carlos está el cementerio británico y las playas donde desembarcaron sus tropas. En Pradera Verde, los argentinos perdieron una de las batallas más cruentas y decisivas para el resultado final de la contienda.

Pradera Verde -Goose Green, para los malvinenses- es también un pequeño pueblo que supo de tiempos más prósperos, cuando el negocio de la lana todavía no había sido desplazado por la pesca como la principal fuente de ingresos de esta zona.

Rastros de la guerra

Di Tella pasó por allí y pudo ver rastros de los militares argentinos, como un galpón con un letrero indicando que alguna vez, y por unos días, perteneció a la Fuerza Aérea Argentina. Su dueño se ocupó de tachar la caligrafía argentina con abundante pintura negra.

Otro de los galpones, bastante más grande, tiene escritas las letras POW en toda la extensión de su techo. Es la abreviación de prisoners of war , e identificaban al lugar elegido por los ingleses para confinar a los soldados argentinos luego de la rendición.

Di Tella siguió camino bordeando una cancha de golf lindante a un campo minado, almorzó pasta en un hostal y partió para la zona de San Carlos, donde el 21 de mayo de 1982 comenzaron a desembarcar las tropas británicas que recuperaron las islas.

Cuesta imaginarlo, pero este pequeño caserío habitado por seis personas y un par de ovejas albergó una enorme maquinaria de guerra.

Hasta allí volaban los aviones argentinos para bombardear los barcos enemigos anclados en la bahía. Nicolás Di Tella, uno de los nietos que acompañan al ex canciller, encontró un cartucho británico.

El; su padre, Luciano, y su abuelo Guido firmaron el libro de visitas al cementerio y buscaron abrigo dentro de la camioneta todoterreno que los transportaba.

El hombre que hizo de la seducción su principal herramienta política lucía conmovido y molesto.

Balbuceó algunos insultos contra Leopoldo Fortunato Galtieri y emprendió la retirada rumbo a Puerto Argentino.

Tenía una cita impostergable en The Globe, el pub que frecuentan los malvinenses.

ADEMÁS
Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.