Los sutiles giros de Kirchner

Joaquín Morales Solá
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21 de abril de 2004  

La retórica sirve a veces para cubrir, como las hojas del otoño, el territorio real de la política. Digan lo que digan, Néstor Kirchner está dando sutiles giros para salir del claustro que sólo contiene a él y a sus hombres más fieles; ellos gobiernan en una especie de círculo cerrado. El resto de los dirigentes políticos -y del propio gobierno- es sólo un espectador inerte.

Sin embargo, a la catarata verbal del lunes, para anunciar un vasto plan de seguridad, asistieron los gobernadores como invitados especiales, por primera vez desde que Kirchner es presidente. Ahí estaban, fundamentalmente, Felipe Solá, de Buenos Aires; José Manuel de la Sota, de Córdoba, y Jorge Obeid, de Santa Fe. Los tres venían ronroneando su ofuscación desde el último congreso del Partido Justicialista, cuyas resoluciones fueron dinamitadas luego por el Presidente.

En esa tarde de torrentes orales, Kirchner se olvidó también de sus potenciales proyectos de hegemonía, si es que éstos existieron alguna vez, para dar cabida al anuncio de la reforma política. Esa reforma fue la ausencia más iridiscente de los casi doce meses de gobierno del actual mandatario. Prometiendo una épica del cambio, había perdido, sin embargo, la brújula de la reforma más elemental y necesaria de la Argentina posterior a la crisis.

La reforma anunciada contiene el fin de las listas sábana, el voto electrónico y una firme reglamentación de las campañas electorales y de su financiación.

Dijeron que la reforma contendrá más decisiones aún, pero sólo con las consignadas se habrá dado ya un significativo paso hacia una política mejor.

Hay una vieja corporación que resistirá esas mutaciones. Pero Kirchner tiene en sus manos, todavía, el recurso de la consulta popular, que podría arrasar a la corporación conservadora.

Voluntad de cambio

Una mayoría de la sociedad confía aún en la voluntad de cambio del presidente de la Nación, aunque la confianza en la administración ha descendido un 15 por ciento, según la medición de abril del índice de confianza en el Gobierno realizada por la Universidad Di Tella.

Las encuestas, sus desdichados serruchos con picos que bajan y suben, eran la apuesta presidencial para esquivar la política.

Pero, se sabe, una cosa es reformar la política y otra, evitarla.

¿Cuál fue la estrategia hasta ahora? Arar en los parajes políticos de otros.

Por ejemplo, Kirchner clausuró el diálogo con De la Sota y se dedicó a seducir al intendente de la capital cordobesa, Luis Juez.

Mandó al desván a Obeid cuando percibió que éste no rompería nunca con Carlos Reutemann, porque el actual gobernador lo necesita para asegurar la gobernabilidad de la provincia.

Aquí y allá

"Ninguneó" a Solá y a Eduardo Duhalde e incitó a su ministro del Interior, Aníbal Fernández, a desafiar al duhaldismo por la candidatura a gobernador en 2007, aun contra la aspiración de Hilda González de Duhalde. Reclamó a otros dirigentes duhaldistas de la provincia que armaran líneas propias y alejadas del ex presidente.

La Argentina será difícil de gobernar si su presidente no enhebra una mínima malla de contención con cinco o seis dirigentes políticos: Duhalde, Solá, Obeid, De la Sota, dentro del peronismo, y Ricardo López Murphy y Elisa Carrió, fuera del oficialismo.

Pero, al mismo tiempo, intentó cortarle las piernas a Carrió cuando le cooptó a Rafael Romá y a Graciela Ocaña.

A López Murphy, en tanto, le dedicó el arma más letal de la política: la indiferencia.

Con Duhalde tiene su única relación teatral. Jamás se le escapa a Kirchner una frase crítica sobre el ex presidente, ni aun entre colaboradores que no constituyen su círculo más próximo.

Duhalde hace lo mismo. Pero los dos se miran con desconfianza y están cargados de discrepancias mutuas.

La última objeción de Kirchner refiere a las declaraciones públicas de Duhalde.

"¿Para qué habla de política?", interrogó aquí y allá. ¿De qué otra cosa podría hablar Duhalde? Sea como sea, es un método sin destino: el país político es demasiado complejo como para que el Presidente controle hasta las declaraciones de sus dirigentes más empinados.

En ese paisaje previo de descalificaciones e indiferencias, aparecieron los gobernadores en la Casa Rosada.

Algo ha cambiado o algo está, en el olfato presidencial, a punto de cambiar. ¿Tarde? Es probable que de algunas cosas ya no se pueda volver.

Negativa

Ni Solá, ni De la Sota ni Obeid -con la compañía política de Duhalde- están dispuestos a firmar el proyecto de ley de coparticipación federal que, según el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), debería estar concluido en junio próximo.

Se trata de una ley federal y necesita, por lo tanto, de la firma previa de los gobernadores para pasar luego al Congreso.

De la Sota ha hecho de esa ley una cruzada política. Por fin, Kirchner lo verá en la oposición a su gobierno, donde lo ubicó hace mucho sin ningún argumento.

Para De la Sota se trata de la oportunidad de debatir la relación definitiva entre el Estado nacional y las provincias.

Además, desliza siempre un ingrediente político: "No quiero que Kirchner decida los recursos de Córdoba con el humor del día", ha dicho el gobernador.

¿Qué husmea el Presidente en su decisión de girar? El mejor plan de seguridad, si así fuere el que se anunció, necesita tiempo, tal vez mucho tiempo; no se espanta a los criminales revoleando papeles en la mano.

Elementos volátiles

Por lo demás, el tamaño de la crisis energética depende de elementos tan volátiles como la intensidad del frío en el invierno o la densidad de las lluvias en la región donde están las represas hidroeléctricas. Pero la sociedad no culpará a Dios por no haber resuelto los problemas de la política.

Kirchner intuye, en última instancia, que las perspectivas no son aliadas suyas y que la omnipotente soledad del Gobierno pertenece a un tiempo que ha concluido.

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