Luis Majul: "El Presidente, atrapado entre Cristina y su propia incapacidad para escuchar"

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18 de agosto de 2020  • 21:42

  • Durante la campaña, el Presidente pidió de manera expresa a todos los votantes que, cuando lo registraran metiendo la pata, se lo hicieran saber. Bien. Ayer salieron miles a la calle para decírselo con fuerza y claridad. Pero hoy, cerca del Gobierno, no mostraron demasiada empatía ni ganas de escuchar. Es más: a través de sus voceros, minimizaron el acto, con el argumento que entre la gente no había ni uno solo que los hubiera votado en la segunda vuelta del año pasado.
  • Hubiese sido más inteligente tomar parte del reclamo y anunciar que se pondrían a trabajar, para mejorar lo que pudiera ser modificado. Anunciar, por ejemplo, que retiran el proyecto de reforma judicial, igual que lo hicieron con el de expropiación de Vicentin.

  • En cambio optaron por habilitar a algunos de sus más polémicos y controvertidos defensores, como Aníbal Fernández y Juan Grabois. Aníbal Fernández le faltó el respeto a los miles de argentinos que salieron a la calle. Los mandó a una enorme sesión de terapia de grupo. Justamente él. Uno de los dirigentes con peor imagen de la Argentina.
  • Nada menos que él, que todavía no terminó de procesar, después de más de cuatro años, la derrota electoral que sufrió contra María Eugenia Vidal, y parece estar hablando desde ese pequeño lugar de político sin votos.
  • ¿Y qué decir sobre Juan Grabois? Es una suerte de poli-ladron. El mismo que por un lado justifica a la gente que "sale de caño a robar" y por el otro quiere anotar la patente de los manifestantes que fueron al Obelisco con varias pero precisas consignas para que los metan presos por violar la cuarentena.
  • Los voceros del oficialismo no solo salieron a decir que era una marcha que solo representaba los intereses del expresidente Mauricio Macri y la exministra de Seguridad y presidenta de Pro Patricia Bullrich.
  • También salieron a meter pánico, con la idea de que se contagiaría todo el mundo. Pero sobre la hipótesis de que solo se trata de los sectores más radicalizados de Juntos por el Cambio. ¿Cómo están tan seguros? ¿Les fueron a preguntar a uno por uno?
  • Entre las críticas y las consignas más repetidas, en la ciudad de Buenos Aires y en la mayoría de los centros urbanos se pudieron ver, una y otra vez: la idea de que Cristina debe responder ante la Justicia por todas las causas de corrupción donde aparece procesada (no lo expresaron con tanta delicadeza y suavidad, sí con mucha insistencia); el supuesto de que el Presidente es una suerte de títere de la vicepresidenta; el rechazo a la reforma judicial y la ampliación de la Corte Suprema de Justicia; el hartazgo por la cuarentena interminable, y por el discurso del miedo que desde algunos sectores del Gobierno quieren imponer, en vez de apelar a la responsabilidad individual y social de todos los argentinos.
  • El Presidente tiene un serio y grave problema: todavía le faltan 3 años y medio de mandato y su desgaste, en parte debido a la pandemia y el remedio de la cuarentena prolongada, es evidente y preocupante.

  • Como se puede dar cuenta hasta un niño, Alberto Fernández parece atrapado entre la enorme presión que ejerce de manera constante Cristina Fernández y su propia incapacidad para escuchar e interpretar el actual humor social.
  • Algunos de sus amigos más fieles le están advirtiendo que la caída de su imagen podría ser aún más pronunciada. Y le susurran al oído que el creciente malestar es debido a la imposición de una agenda de los temas de Cristina, y no los problemas reales que necesita solucionar el país cuanto antes.
  • La mayoría de los argentinos no pide ni impunidad para Cristina, ni una moratoria especial para Cristóbal López. No reclama que los jueces dejen a la vicepresidenta en paz ni la reapertura de los casinos ni los bloqueos ilegales a las plantas de las empresas que impulsa Hugo Moyano y sus secuaces.
  • La mayoría de los argentinos está cada vez más preocupado, en primer lugar, por la economía; en segundo lugar, por la inseguridad; al mismo tiempo quiere y necesita que los niños vuelvan a la escuela; y muchos que todavía no pueden hacerlo regresen a trabajar. Cosas muy sencillas, pero muy vitales, que están a kilómetros de distancia de lo que están gestionando Cristina y los chicos grandes de La Cámpora.
  • La vicepresidenta quiere echar a los empujones al procurador Eduardo Casal; ella desobedeció, junto a los senadores oficialistas, el fallo de una jueza, lo que puso a las instituciones en un serio conflicto de poderes y ahora pretende desplazar de sus despachos a tres camaristas porque teme que fallen en su contra en causas como Los cuadernos de la corrupción, de la que es una de las principales procesadas.
  • Parte de la sociedad, en cambio, asistió azorada a decenas de casos de inseguridad protagonizados por delincuentes que salieron por el Covid-19 y volvieron a delinquir.
  • Como si esto fuera poco, hay una suerte de interna entre los ministerios de Seguridad de la Nación y de la Provincia que ahora atraviesa el caso de Facundo Astudillo, con hipótesis encontradas e intereses cruzados, que incluyen una campaña preelectoral para instalar a Sergio Berni como candidato para las elecciones del año que viene.
  • El escenario de fondo no es otro que la crisis económica más grave de la historia. Una crisis que ya presenta un aumento de la pobreza entre los niños y la población en general, que superaría el récord de la que se produjo por la crisis de diciembre de 2001.
  • Una pérdida del poder adquisitivo del salario en general y de los haberes jubilatorios en particular, que acaban de sufrir un nuevo ajuste. Y una amenaza de devaluación a la que quieren tratar de evitar con un nuevo cepo a la compra de 200 dólares mensuales y otras medidas con las que no se terminan de poner de acuerdo.
  • El Presidente está atrapado entre Cristina y su negativa a escuchar los reclamos sociales. Alguien debería avisarle que debe salir de ese laberinto, porque en el medio estamos la mayoría de los argentinos.

Por: Luis Majul

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