Macri, Cristina y una grieta que promete eternidad

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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8 de agosto de 2019  • 21:22

Hija de los desvaríos hegemónicos, hermana del conflicto del campo, la grieta en la que el país hará hoy un ensayo general de votación es nieta del bipartidismo del siglo pasado. Con un poco de atención, la grieta que separa a los dos bandos descubriría que en su árbol genealógico están las diferencias políticas de la Revolución de Mayo y de los choques ideológicos y bélicos previos a la organización nacional.

Si la mirada se ajustara solo a lo estrictamente electoral, podría decirse que la Argentina ha retomado el sistema bipartidario en el que vivió todo el siglo pasado. Aun bajo esa mirada parcial hay disonancias claras: durante más de cincuenta años, hasta 1983, la competencia electoral fue interrumpida por golpes de Estado que agregaron a los militares al sistema político. Entonces, había partidos políticos donde hoy hay agrupaciones más o menos formalizadas alrededor de algún dirigente con votos propios. La idea de peronismo, como la del antiperonismo, se ha diluido en una infinita red de pases cruzados que tornan difusos aquellos nombres y categorías para esta realidad.

La grieta tiene antecedentes, pero suma sus propias características y excede las elecciones del ciclo democrático más largo de la historia del país.

Como una tenebrosa insinuación de eternidad, en el futuro inmediato, al menos en esta temporada electoral de dos o tres turnos, esa grieta promete quedarse amparada por la paridad sugerida por las encuestas de las últimas semanas. Desdibujados los puntos alternativos, aun en una elección que no elige a casi nadie como la de hoy, quedan construidas de hecho dos alianzas que en su interior incluyen contradicciones obligadas a detonar.

La grieta promete quedarse amparada por la paridad sugerida por las encuestas de las últimas semanas.

Más allá de la propia composición interpartidaria y de dirigentes de Juntos por el Cambio (ex Cambiemos), entre los votantes por la reelección de Mauricio Macri hay grupos contrapuestos. Están los que hubiesen deseado cambios económicos más drásticos que los que hizo el Gobierno empujado por la corrida cambiaria de abril del año pasado. Esos votantes desean que, por doloroso que resulte, esa transformación se profundice. Junto a ellos votarán quienes esperan que Macri encuentre la manera de morigerar las consecuencias sociales y productivas del programa. Unos y otros no están borgeanamente unidos por el amor a Macri sino por el espanto que les provoca la idea de un regreso al poder de un grupo sospechado, investigado y juzgado por graves delitos de corrupción. Esos votantes del oficialismo, los que defienden el ajuste como los que añoran el frustrado gradualismo, ponen la esperanza de un cambio político y cultural por encima de los resultados económicos. Y no soportan la idea de una bendición electoral de la impunidad.

En el kirchnerismo defienden la idea de que la economía, y su correlato en pobreza y deterioro de la calidad de vida, es un elemento que gobierna por sobre las variables que privilegian sus adversarios. En el armado del Frente de Todos, como reflejo de su estructura de dirigentes, coexiste un núcleo duro de fanáticos del kirchnerismo, especie de terraplanistas que nunca aceptarán que la estructura de la corrupción de los tres gobiernos fue sistémica y piramidal.

Alrededor de Cristina Kirchner, se construyó una alternativa que alimenta otras creencias sin antecedentes históricos que las convaliden. Es así como en el frente opositor conviven los fanáticos que apuestan a los días felices en cadena nacional bajo la tutela de la expresidenta. Y junto a ellos se acercaron algunos que creen que Alberto Fernández impondrá una moderación que rara vez ejerció como jefe de Gabinete. Es la gente que vota al kirchnerismo creyendo que ese candidato presidencial hará desaparecer sus peores características. Pensamiento mágico.

Mauricio Macri y Cristina Kirchner
Mauricio Macri y Cristina Kirchner Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli

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