Mauricio Macri y Alberto Fernández, dos enemigos frente al mismo karma

Martín Rodríguez Yebra
Macri y Fernández, durante el debate presidencial del domingo pasado
Macri y Fernández, durante el debate presidencial del domingo pasado Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
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25 de octubre de 2019  • 12:24

Una exagerada fe en sus virtudes embarcó a Mauricio Macri con rumbo a un fracaso económico en el lejano 2015. Percibía que su sola llegada al gobierno, junto a un equipo de gerentes no contaminados por los males de la política, iba a provocar el shock de confianza que desataría una tempestad de inversiones.

A esa esperanza responde el diseño de su programa inicial. Había que abrir la economía, acabar de un día a otro con los cepos y promover un ajuste suave, socialmente tolerable, que requería dosis excesivas de deuda. Cuando dos años y medio después el crédito se cortó de golpe, de las inversiones no había ni noticias. La realidad lo sacudió sin reformas de fondo aprobadas y con una factura impagable arriba de la mesa.

El consecuente cóctel de recesión, inflación y devaluaciones propició la reunificación del peronismo digitada por Cristina Kirchner, que quedó en condiciones de acceder otra vez al poder sin siquiera haber ensayado una autocrítica por el paupérrimo estado en que dejó las cuentas públicas al cabo de ocho años de gestión.

Alberto Fernández, el favorito a convertirse este domingo en presidente electo, coquetea con el vicio fundacional de Macri. De su discurso se desprende una creencia ciega en que su aterrizaje en la Casa Rosada es garantía suficiente para que el país recupere un camino del crecimiento.

Anuncia un acuerdo de precios y salarios que ponga límite a la inflación y mejore el poder adquisitivo de la gente. Ve inevitable extender los controles cambiarios a los que tuvo que rendirse Macri tras las PASO, no reniega de la emisión monetaria para financiar déficit y prepara una renegociación dura con los acreedores que permita estirar los plazos de pago. Tal vez también una quita considerable.

Al igual que Macri, relega las reformas de fondo y no queda claro si sopesa con rigor la inclemencia del contexto en que le toca moverse. Parece suponer que su dominio de las variables políticas, a partir de la construcción de una coalición granítica, le dará las herramientas para atravesar la crisis.

Basta que se vayan "ellos" y asuma él para que el país pueda despegar hacia el desarrollo. Tal cual creía Macri allá por 2015 y en cierta medida mantiene hoy: el racional optimista de su candidatura consiste en afirmar que los males actuales de la economía argentina responden a una anomalía electoral basada en el miedo a un regreso del populismo kirchnerista.

En la lógica de Alberto Fernández, basta que se vayan "ellos" y asuma él para que el país pueda despegar hacia el desarrollo

A Macri y a Fernández los une la convicción nada original de que la Argentina está condenada al éxito, pero choca recurrentemente con una facción obstinada -o perversa- que se empeña en evitarlo.

Es un canto a la negación del otro. "No aceptamos que quienes destruyeron el país ahora nos digan con el dedo en alto que ellos son los que saben. Ellos no cambiaron", exclamó Macri en el debate del último domingo. Fernández retrucó: "Nos endeudaron, dejaron gente sin trabajo. Es lo que hacen cada vez que llegan al poder y después nos quieren hacer creer que los argentinos cada diez años chocamos contra la misma piedra. La piedra son ellos".

Lo que dicen las plazas

Las plazas macristas claman contra el populismo y ensalzan a un líder al que los pronósticos otorgan pocas opciones de seguir en el gobierno; transmiten un fervor equiparable al de las plazas que despidieron a Cristina en 2015 con lágrimas y promesas de resistir la instauración de un modelo liberal.

El desdén al adversario nubla la mirada, alimenta el mesianismo y aleja la posibilidad de construir soluciones negociadas, perdurables.

Cada proceso electoral enciende la fantasía de empezar todo de nuevo y que esta vez va a salir bien. El iluminado del momento solo tiene que sentarse en el sillón de mando y desplegar sus saberes para que la magia ocurra.

Pero demasiado menudo los giros son de 360 grados. Liberales o estatistas, de izquierda o de derecha, autoritarios o republicanos llegan arropados por el ego y terminan en el punto de inicio. Perdidos en el laberinto de la inflación, enredados de regulaciones, agobiados por las deudas sin pagar. Un karma que les deja el único y módico consuelo de que siempre habrá un culpable que señalar.

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