Menem, autocrítico, desconfiado y hosco

Le irritan los consejos para deshacerse de las "caras viejas"
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3 de mayo de 2003  

El impacto de las elecciones del domingo en el humor y el carácter de Carlos Menem sorprendió incluso a algunos de sus más antiguos colaboradores. En cuestión de horas, se volvió un hombre más desconfiado, hosco y autocrítico.

Se pasó dos días encerrado en sus oficinas del hotel Presidente. Pidió una y otra vez explicaciones acerca de por qué lo habían alentado durante toda la campaña con pronósticos exitistas y se exaltó ante los reclamos de sus seguidores más jóvenes por la falta de una renovación de su entorno.

"¿Qué soy yo?, ¿el portero?", respondió a un grupo reducido de diputados y dirigentes que cuestionó el desfile de figuras desprestigiadas que se acercó el domingo a visitar al candidato cuando empezaba el escrutinio.

La ebullición en el menemismo derivó en una fuerte crisis, fogoneada por Eduardo Bauzá con su promocionada renuncia al comité de campaña. También el compañero de fórmula, Juan Carlos Romero, había deslizado varias veces -antes de la elección- la necesidad de despegarse del pasado.

Bauzá intentó arrastrar a Alberto Kohan, con quien mantiene una histórica diferencia de criterio. Cada uno de ellos montó un comando de campaña propio que alimentó de ideas a veces contradictorias a Menem durante el primer tramo de la carrera presidencial.

Pero al candidato las peleas intestinas le importaron menos que encontrar una forma de reaccionar. Aceptó pronto la idea de presentar de inmediato las "caras nuevas" que lo acompañarán si gana el ballottage, pero definió sus jugadas en la intimidad con Bauzá, Kohan, Carlos Corach y su hermano Eduardo Menem, que siguen siendo sus principales operadores.

"El presidente (como lo llaman todavía sus asesores) escucha a todos, pero confía en unos pocos", explicó un encumbrado asesor.

El "renunciante" Bauzá participó de todas las reuniones importantes de Menem esta semana. El candidato también tuvo a su lado casi en todo momento al eterno secretario privado, Ramón Hernández.

El animador Gerardo Sofovich -candidato a jefe de Gobierno de la Ciudad- fue otro de los interlocutores de Menem en el hotel Presidente.

Una sucesión de biombos de madera colocados a lo largo del pasillo del primer piso del hotel interrumpe desde el martes la visión de quién entra y quién sale de las habitaciones donde el candidato teje su estrategia.

"Hicimos una campaña caótica. Nos dieron datos falsos, nos faltaron fiscales y no supimos comunicar ideas claras", reconoció Menem en una de esas primeras reuniones después de la elección.

Alberto Pierri, uno de los encargados de la estrategia en Buenos Aires, fue blanco del mayor cúmulo de críticas.

El intendente Luis Patti, el diputado Oscar González y el dirigente porteño Javier Mouriño fueron algunos de los que más énfasis pusieron en la necesidad un "cambio estético" en el menemismo.

La aparición cerca del candidato de los cuestionados Matilde Menéndez, Herminio Iglesias, Víctor Alderete y Liz Fassi Lavalle, entre otros, fue tema de conversación obligado en las charlas autocríticas de los últimos seis días.

"Sáquenmelos de encima ustedes; yo no puedo ocuparme de eso", les respondió a los diputados que lo visitaron el martes. Pero dio un paso: decidió recortar al mínimo las reuniones en el hotel.

Mal humor

El Menem de los últimos tiempos valora más que nunca la lealtad de sus fieles. No es casualidad que haya bautizado así su frente electoral.

"Es un hombre menos tolerante, que no soporta la hipocresía y el oportunismo", graficó un dirigente que conversa a diario con Menem.

Por eso, le cuesta enfrentarse con ex dirigentes que estuvieron siempre a su lado y que en el hotel Presidente llaman "los piantavotos" o "los feos". Cuando otros los critican, recuerda los días de su detención en la casa de Armando Gostanian. "No eran muchos los que me bancaban", suele decir.

Otra señal en ese sentido la dio durante las últimas semanas con sus encendidas críticas a Daniel Scioli, su ex colaborador, por haber aceptado acompañar a Kirchner. En otra época habría pensado en "perdonarlo" e, incluso, convocarlo.

Desde el domingo se potenció esa conducta, mezclada con un marcado mal humor. Está más serio y no se cuida de esconder su enojo y su fastidio cuando algo no sale como pretende, agregaron las fuentes.

Tardó dos días en reponerse del golpe y terminó por aceptar el cambio formal en la campaña, cuya conducción quedó en manos de Romero.

El candidato a vicepresidente no participa de todas las reuniones estratégicas que convoca el candidato, pero logró imponer su criterio: Menem aceptó adelantar su eventual gabinete, centralizar el comando bonaerense y viajar a San Luis a rogar apoyo a Adolfo Rodríguez Saá, uno de los candidatos que más lo atacaron durante un año largo.

Es un Menem distinto, pero que mantiene una característica que destacan todos sus seguidores. No se da por vencido y sigue dispuesto a pelear en cualquier terreno para volver a su adorada Casa Rosada.

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