Menem, triste y con pocos amigos, intenta digerir la derrota

No hizo declaraciones y viajó a Anillaco
(0)
16 de mayo de 2003  

LA RIOJA.- Hablar de política se convirtió en una tortura para Carlos Menem. La sensación de derrota se le echó encima desde que cristalizó su renuncia a competir en el ballottage y quedó, casi en soledad, frente a un destino político incierto.

Está triste y cansado, relataron, con amargura, dos de los pocos allegados que pudieron ayer cruzar alguna palabra, a la mañana, con el ex presidente en la residencia de los gobernadores de La Rioja, convertida en su casa cuando visita la provincia.

Alberto Kohan fue el único que se quedó todo el tiempo a su lado para acompañarlo en un día gris y frío. Y sin nada que hacer. Un puñado de empresarios locales y amigos de hace años se sumó para intentar distraerlo.

"No quiere que le pasen llamadas de dirigentes, ni va a decir una palabra a la prensa de aquí a varios días. Ni siquiera pidió que le llevaran los diarios", anunciaron los voceros habituales de Menem.

En cambio, el ex presidente aceptó pasar una tarde que parecería el sueño de un jubilado sin apuros. Comió un asado con amigos, habló de fútbol, escuchó anécdotas, jugó al pool, recorrió una granja y volvió al pueblo de sus amores para descansar.

Al mediodía, tres camionetas 4 x 4 partieron desde la capital provincial hacia la ruta que va a Anillaco por el medio de las sierras riojanas. Kohan iba con Menem en una bordó.

En las otras lo seguían el médico Alejandro Tfeli, el empresario local Pedro "Tico" Nash, el custodio Rafael Aguirre y el dueño del hotel Presidente, Aldo Elías. Daniel, el "chef personal" de Menem, conducía uno de los vehículos.

No había militantes ni curiosos para despedirlo ni vivarlo en el camino. Nadie lo había organizado. El gobernador Angel Maza, uno de los que más reclamaron que Menem renunciara a competir, sólo pasó un rato para saludar y volvió a sus tareas.

El Descanso Algarrobal, una hostería con un restaurante humilde perdido en el kilómetro 64 de la ruta a Anillaco, fue la primera parada de la caravana.

El dueño mandó a poner a la parrilla un vacío de primera calidad. Le habían avisado con poco tiempo, cuando el ex presidente decidió suspender su sesión de golf. "No va a quedar bien que me saquen fotos así", dijo a sus amigos.

Cuando llegaron al restaurante, se escucharon aplausos desde dentro, donde esperaban al visitante 12 conocidos de la zona. Más tarde también se escucharon algunas carcajadas, que celebraban aciertos o errores de una partida de pool.

Afuera el frío hacía daño. Siete muchachos de Aguas Blancas se acomodaron a un costado de la ruta, sobre la sierra pelada, y estiraron una bandera deshilachada. "Con Menem hasta la muerte", se leía en azul sobre fondo blanco.

Dos asadores entraban y salían con bandejas. La sobremesa se alargó hasta las tres de la tarde.

Parodia

Cuando al fin salió, serio, el ex presidente se enfrentó a una escena que parecía una parodia burlona de la última publicidad de su campaña electoral, esa que se conoció cuando ya nadie apostaba por que llegase a competir.

"Vamos, Menem", gritó con ímpetu tribunero uno de los militantes que sostenían la bandera. "Vamos, Carlos", replicó otro.

Menem levantó las cejas, esbozó una sonrisa de abuelo y los saludó.

Diez minutos más tarde el grupo llegó a Aminga y paró en una "granja-zoológico", que perteneció a Carlos, el hijo fallecido de Menem.

Allí rezó en una capillita blanca con una imagen de San Nicolás de Bari, donde siempre para en su camino a Anillaco, y dejó que le mostraran las refacciones que se llevan adelante en el lugar.

El custodio Aguirre, un ex boxeador que supo defender a Saúl Ubaldini en sus días de gloria, se acercó inesperadamente a la verja donde se apostaban los periodistas.

"A ver, vamos a dejarlos pasar a hacer imágenes. Sólo imágenes. Ni una pregunta, ni una respuesta. No me hagan enojar o se las van a ver conmigo", explicó el hombre, que nunca aspiró a ocupar un cargo en la Cancillería.

Menem y Kohan estaban en un tambo, mezclados entre las vacas y vestidos con un overol blanco con capucha de tela de avión y botas de goma.

"Y sí, astronauta también", bromeó Menem, a centímetros de los periodistas. Nadie atinó a preguntarle nada. "¿Todo bien, muchachos?", siguió el ex presidente. Sólo hubo tímidos gestos afirmativos.

Kohan cruzó el brazo sobre el hombro de Menem y entraron en una sala. El ex secretario general de la Presidencia parecía querer mostrar que era el único que seguía firme con su jefe, pese a que fue quien más se resistió a la renuncia electoral.

De allí partieron a Anillaco, a cinco kilómetros. Las calles estaban vacías. Nadie esperaba al visitante, que paró en la bodega (al lado de la casa de su hermano Munir) y dio una breve entrevista a la revista Gente, que se conocerá el martes.

La casa del empresario Carlos Spadone, frente a la famosa Rosadita, fue el destino final. Recibió más amigos y se quedó a completar un día que nunca hubiera querido vivir.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Politica

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.