Muestran los sondeos un castigo a Kirchner

Joaquín Morales Solá
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25 de octubre de 2006  

Los conflictos políticos recientes se están haciendo sentir en la solvencia electoral del presidente Néstor Kirchner. Acostumbrado a mediciones de intención de voto que superaban claramente el 60 por ciento de voluntades a su favor, el Presidente está hoy en el 50 por ciento de los que dicen que votarían por él. “Ha bajado unos 12 puntos en el último mes y medio”, dijo un conocido encuestador que pidió reserva de su nombre.

Sin embargo, la otra novedad de las encuestas más recientes es que ninguno de sus eventuales opositores ha cosechado las pérdidas electorales de Kirchner. Todavía el Presidente –y su esposa– sigue estando a gran distancia de sus más conocidos adversarios.

Graciela Römer, Enrique Zuleta Puceiro y Analogías sitúan la intención de voto a favor de Kirchner en una cifra promedio del 50 por ciento (el rango va entre el 49 y el 52 entre los distintos encuestadores). Si se mira bien, ésa es la aceptación más real y explícita con la que cuenta el jefe del Estado; son encuestados decididos a votar por Kirchner y, por lo tanto, están de acuerdo con él y con sus políticas.

La aceptación de su gestión o la imagen presidencial (cuyos guarismos suelen estar por encima de la intención de voto) son difíciles de calificar, porque los encuestadores suman, por lo general, una serie de opiniones que no siempre son compatibles. Ya se sabe que al Presidente le agradan cifras de simpatía que superen el 70 por ciento de las opiniones consultadas.

La eventual candidatura presidencial de la senadora Cristina Kirchner está siempre muy por debajo de las seducciones que logra su esposo. Diez puntos menos en las mediciones de Zuleta Puceiro y de Römer y 20 puntos menos en la de Analogía; en este último caso, Cristina sólo araña el 31 por ciento de la intención de voto.

Si bien hay cierto acuerdo entre los encuestadores sobre las mediciones del Presidente y de su esposa, la disidencia entre ellos es evidente cuando se trata de medir a los dirigentes opositores. Para Zuleta Puceiro, que hizo la encuesta más amplia (1100 entrevistas domiciliarias en todo el país), Roberto Lavagna tiene un 14,5 de intención de voto; Elisa Carrió, un 9,7, y Mauricio Macri, un 8,3. Todos suben cuando se los mide frente a Cristina, aunque Carrió es la que más aumenta: cosecha cinco puntos más.

Para Analogías (900 casos domiciliarios en todo el país), ningún dirigente opositor llega al 10 por ciento de la intención de voto cuando se los pone a competir con el Presidente: Macri, el 8,9; Carrió, el 7,8, y Lavagna, el 7,5. Frente a Cristina, Macri llega al 13 por ciento; Lavagna trepa al segundo lugar con el 11 por ciento, y Carrió llega al 10,7.

Según el informe de Römer (600 entrevistas domiciliarias en el área metropolitana), los opositores logran estos porcentajes frente a Kirchner: Macri, un 14,1; Carrió, un 10,1, y Lavagna, un 9,5. Todos vuelven a subir entre dos y un punto si la candidata del oficialismo fuera la senadora Kirchner.

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Nadie puede desconocer que la intención de voto del Presidente es robusta aún. Lo que extraña es la pérdida sufrida en los últimos 45 días, cuando todavía falta un año para las elecciones presidenciales, cuando la economía está en una ponderable cima de crecimiento y cuando la oposición tiene sólo figuras esfumadas como referentes electorales.

Una conclusión posible es que el Presidente ha cometido varios errores políticos en los últimos tiempos. Se trata de cosas que ha hecho o que ha dejado hacer, pero que lo han distanciado de los sectores medios de la sociedad. Ninguna de las encuestas mencionadas incluyó, por falta de tiempo desde ya, los violentos desmanes de San Vicente de la semana última. "No quiero contar la cantidad de votos que hemos perdido en la Capital Federal y en el norte del Gran Buenos Aires después de San Vicente", especuló, por ejemplo, un alto funcionario nacional.

Un período de errores puede iniciarse con la sobreexposición de Luis D Elía en la pobre contramarcha hecha para contrarrestar la de Juan Carlos Blumberg en la Plaza de Mayo para denunciar la inseguridad. El problema de la inseguridad es la primera prioridad de la sociedad argentina en casi todas las mediciones de opinión pública. Otro error político fue la aparición de una fuerza de choque paraoficial, liderada por Sergio Muhamad, para enfrentar a los duros sindicalistas del Hospital Francés.

Queda aún el error político, no mensurado por las encuestas de marras, de haber dejado en manos de los sindicalistas y de sus barrabravas el traslado del cadáver de Perón a la quinta de San Vicente. Pero lo que se cuestiona, o parece cuestionarse, es un discurso crispante del poder, seguido, además, de la violencia explícita de grupos cercanos al Gobierno.

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El problema es que la oposición, a su vez, no logra conquistar nada de lo que el poder derrocha. Una mortificación recurrente de Lavagna es cuando lo acusan de indefinición. Acepta sólo que no ha definido su candidatura. Nada más. "¿Quién se ha definido contra Hugo Chávez más claro que yo? ¿Quién denunció que hay dos inflaciones distintas en el país? ¿Quién expuso que se está despilfarrando el superávit fiscal?", suele ofuscarse.

Es cierto, por otro lado, que cualquiera que conversa con funcionarios nacionales puede advertir, rápidamente, que el ex ministro de Economía es, para la mirada del Gobierno, el adversario electoral más serio. Incluso las críticas independientes al Gobierno, vengan de donde vinieren, son tomadas como una simpatía implícita por Lavagna. Quizá porque cree en la medición de Zuleta Puceiro (que ubica a Lavagna por encima de los otros adversarios) o porque desconfía de un efecto Alckmin, el candidato presidencial brasileño que terminó captando a los sectores medios y altos de Brasil y obligó a Lula a una segunda vuelta; lo cierto es que el Gobierno desconfía más de Lavagna que de Macri o de Carrió.

Pero Lavagna no puede deshacerse de sus propios conflictos. Ha cortado relación (¿temporaria o definitivamente?) con el radicalismo cuando se vio inmerso en las históricas e intensas luchas internas de ese partido. Y el peronismo está detrás del jefe con poder y difícilmente se vaya de ahí, salvo que las encuestas pongan en serio riesgo al jefe, cosa que no sucede aún.

Mauricio Macri no logra definir su convivencia con Ricardo López Murphy. La presencia de Sobisch en las cercanías de Macri es un elemento de ruptura para López Murphy. Pero éste aspira a sumar a ese espacio a Patricia Bullrich, una dirigente trabajadora y con cierta popularidad. El problema es que Bullrich tiene una relación fría con Macri o Macri es frío con ella.

Aun con sus errores a cuestas, inexplicables muchos de ellos, Kirchner tendrá todavía margen para seguir derrochando simpatías sociales si la oposición no revisa sus propios errores. El riesgo es que aún falta un año para las elecciones y todo se torna imprevisible. Harold Wilson, un ex primer ministro británico, solía decir que una semana es mucho tiempo para la política. Doce meses en la Argentina son lo más parecido que hay a la eternidad.

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