
Narcisismo autoritario, una tara incurable
El líder absolutista no la pasa bien: todo le parece poco y siempre quiere más.
En el fondo es un gran inseguro porque supone que la repetición para siempre en letanía de su nombre y de su imagen es imprescindible para que su poder inspire respeto con el mismo temor y admiración que provoca una divinidad entre sus feligreses.
Ese tipo de líder no tiene sentido del ridículo y si, por casualidad, alguna vez llegase a percatarse del papelón, una corte de obsecuentes a su alrededor le impedirán flaquear, aplaudiéndolo y adulándolo de manera tan desproporcionada que cualquier homenaje volverá a parecerle razonable y hasta mezquino.
A diferencia del peronismo fundacional, que introdujo libros de lectura obligatoria en los años iniciales de la escuela primaria, en los que Perón y Evita aparecían en casi todas las páginas igualados con los símbolos patrios y con el amor filial hacia los padres, el kirchnerismo ha sido más inorgánico y desordenado en este tipo de estímulos, pero no por ello menos activo.
Recurrir a nombres y a imágenes personalistas de un gobierno es más propio de Kim Jong-Un, que piensa eternizarse mientras pueda como el dictador supremo de Corea del Norte, mas no debería ser un recurso para una presidenta constitucional como la argentina, cuyo mandato, para colmo, se extinguirá en apenas tres meses. Pero, aunque en vez de terminar, estuviese comenzando su gestión también sería reprochable.
Es un mecanismo lógico en regímenes autoritarios y personalistas como el franquismo, el maoísmo o el castrismo, no de una democracia.
La figurita utilizada en el rompecabezas de la revista que el Ministerio de Desarrollo Social está haciendo circular en algunas plazas no es la de un presidente abstracto, remite claramente a Cristina Kirchner. Agrava una cuestión más: se sugiere su imagen como representación única del Estado.
La Constitución Nacional, es bueno recordarlo, instituye tres poderes en igualdad de condiciones (Ejecutivo, Legislativo y Judicial). El kirchnerismo ejerce de manera despótica el primero; doblega al segundo imponiendo su mayoría numérica e intenta "democratizar" el tercero con todo tipo de hostilidades y nombramientos.
El asombroso mundo de Zamba, Tecnópolis, el izamiento de banderas de La Cámpora a cambio de actos solidarios en escuelas, los espacios dedicados a la "década ganada" en el Museo del Bicentenario y en el Centro Cultural Kirchner son tan sólo algunos de los más importantes contenidos y espacios que van actuando por goteo sobre las conciencias y las mentes de los más chicos. No se pretende educarlos con espíritu curioso y desafiante que los conviertan con el tiempo en ciudadanos inteligentes y libres. Se busca, en cambio, plantarles axiomas indiscutibles para que cuando hayan madurado sus personalidades naturalicen todo aquello que les fue sembrado en sus mentes y corazones casi de manera subliminal y acrítica.
No se los prepara para crecer en la diversidad política propia de una democracia. sino que se los somete a una suerte de adiestramiento perruno. Se pretende condicionarlos a automatizar respuestas de fidelidad a un amo (en este caso, una ama absorbente y única).
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