No hay libertad si no hay derecho a la vida

Cristina Miguens
Cristina Miguens PARA LA NACION
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16 de abril de 2018  

Como en 1994, durante la reforma constitucional, otra vez me encuentro defendiendo la vida del niño por nacer. Hace unos días expuse ante legisladores de la Cámara de Diputados lo que ya entonces había escrito para LA NACION. Sostenía que el aborto es una lucha de poder, en la que se enfrentan dos derechos: el del niño a la vida y el de la madre a la libertad de elegir.

La falacia radica en equiparar dos derechos que tienen distinta jerarquía según los bienes que protegen, ya que uno es precondición del otro. No hay libertad sin vida. Pero todo derecho se sustenta con fuerza y los niños por nacer carecen de ella: no votan, no cortan calles, no vociferan ni hacen campañas. Solo cuentan con la ley para ser protegidos del terminal abuso de poder que es un aborto. Insisto, "terminal" porque aquí no se interrumpe nada, se termina con una vida.

Legalizar el aborto es una aberración jurídica en una democracia, porque es admitir que el poder otorga derechos y avalar el uso de la fuerza para resolver conflictos de intereses, la ley del más fuerte. Por eso, el aborto es, además, lo contrario al feminismo, que históricamente surgió como un movimiento de mujeres para enfrentar el abuso de poder de los varones y del patriarcado. Mal podríamos nosotras hacer lo mismo. El espíritu feminista no es otra cosa que reivindicar el respeto por el otro, en especial por el más débil.

Transcurridas más de dos décadas, hoy tengo una cosmovisión más amplia, que incluye el alma además de la razón. Madurar es ampliar la conciencia. También el mundo cambió. Potenciado por las redes y las tecnologías, surge un nuevo paradigma que trasciende el individualismo. Hoy se protegen los derechos de las minorías y de los más débiles, incluyendo la conservación del planeta.

Sin embargo, desde el punto de vista de los principios y de los valores humanistas, el aborto sigue siendo la mayor contradicción en los avances de la conciencia universal. Según la OMS, todos los años mueren 56 millones de niños por abortos legales o ilegales, un holocausto silencioso.

Que el lugar más inseguro y peligroso para estar sea el útero de nuestra madre es signo de la desorientación que padecemos. Porque más allá de la razón, los seres humanos tenemos el alma, una conciencia profunda que nos guía en la búsqueda de sentido. Por eso que una madre elija terminar con la vida de su hijo no solo es un grave extravío, sino también el mayor símbolo de la oscuridad espiritual de nuestro tiempo.

La autora tiene estudios en teología y es directora de la revista Shopia

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