Nuestro diálogo infecundo

Nicolás José Isola
Nicolás José Isola PARA LA NACION
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11 de febrero de 2020  • 17:25

SAN PABLO. Una parte de la vida pasa por nuestras conversaciones cotidianas. En ellas, hablamos con familiares, amigos y compañeros de trabajo sobre las noticias, expectativas y deseos en la vida. Cuando estas conversaciones se centran en la situación económica y política de los últimos tiempos, muchas veces emerge un oráculo final: "este país es inviable".

Ese diagnóstico muestra a Ezeiza como una salida factible. "Hay que irse, este país no tiene cura". Si usted nunca lo dijo, lo escuchó. Se trata de una decepción incorporada: metida en nuestros cuerpos. El tango como ADN.

Frente a este paisaje desahuciante, polarizarnos nos brinda automáticamente compañía. Al tomar posición, encontramos un nosotros que nos hospeda y nos cobija. Pertenecer nos da una referencia. Es ese kilómetro cero ideológico desde el cual medimos todas las distancias. Nos provee cohesión, seguridad y status. Como adolescentes disputando con sus padres, la negación del otro nos sostiene en el ser.

Este combate tribal impide los matices. Hacer distinciones es de cobardes: hay que poner el pecho y bancar los trapos.

En este sentido, la baja capacidad para leer el propio fracaso por parte de Juntos por el Cambio solo oscurece más este irreflexivo paisaje lunar. A eso se suma un creciente envalentonamiento para combatir a los adversarios políticos, que ya nacieron envalentonados y son incapaces de reconocer sus errores. Así, el ego de la soberbia se devora todo.

Buscar pensar por afuera de la opción binaria, genera la inmediata reacción de alguno de los bandos que increpa: "cuidado, no te equivoques, no existe la imparcialidad, todo es ideología". ¿Traducción? "Metete en nuestro barro, es ellos o nosotros, a los tibios los vomitamos".

Este mensaje apocalíptico inscrito en el cotidiano umbral de nuestra conversación pública detesta las tonalidades y convida a la reyerta. Distinguir sutilezas está prohibido, cacarear es lo que cuenta. Una guerra fría permanente en la que los dos grupos coinciden en azuzar al vacilante.

En el festival del espanto usted tiene que elegir de qué lado del pasillo va a reservar su butaca. Eso sí, el pasillo tiene que quedar libre. Está prohibido nadar en aguas intermedias. Este multiple choice argento tiene sólo dos opciones: amigo o enemigo. La tercera alternativa no existe, se trata del confinamiento a la no identidad: ser invisible.

Esta opción lo coloca a uno en el territorio del "todoeslomismo", ese ámbito al que van a parar los ciudadanos de Corea del Centro, país habitado por los expulsados por la policía aduanera del kirchnerismo y del antikirchnerismo. Parias que no se la jugaron. Pusilánimes ideológicos.

Yo, oficialismo, gobierno por decreto porque vos no votás mis leyes en el Congreso, hasta que llega la hora en que vos sos gobierno y derogás mis decretos. Un volantazo tras otro.

Visiones opuestas que no consiguen dialogar y juegan al filo de los mecanismos burocráticos para imposibilitar al otro. Suma cero.

Se dirá que esta cerrazón dual es global, que basta mirar las discusiones en Estados Unidos, Francia o España, y que, además, en nuestro país estas hostilidades son antiquísimas, que unitarios y federales, Rosas o Urquiza, peronismo o antiperonismo, etc. Cierto, pero este es nuestro tiempo. La historia ayuda a entender los orígenes, pero poco puede hacer para sacarnos el dolor que produce este ditirambo agotador, escrito circularmente en nuestro inconsciente colectivo. Ningún psiquismo aguanta vivir en una crisis constante.

Ser argentino es nocivo para el cuerpo. Excitados por la discusión mediática, estamos siempre en movimiento, saltando una y mil veces en el minitramp de nuestra bronca. Frenéticamente inamovibles. Estáticos, pero agitados.

Como niños caprichosos, pareciera que lo importante no es construir el propio castillo de arena, sino pegarle patadas al que armó el contrincante. Mientras tanto, no importa cuando, en la tele oímos hablar sobre un "proyecto de país" que siempre es "el de esta parte, el nuestro, el de no-ustedes".

Mirar a la Argentina es como ver una película de acción pero que nunca termina de progresar. Vuelan los golpes pero la trama no avanza: es la fruición del combate sin resolución. Una pelea constante sin desenlace. Tensión infecunda.

Frente a este escenario, quienes tenemos menos de cincuenta años debemos hacernos cargo de una responsabilidad cívica de primera magnitud. La salida no es otra que aprender a escuchar y dialogar con menos trampas y trabas, priorizando la honestidad.

Algunos dicen que el gran problema es que este último producto está en faltante.

* El autor es filósofo y doctor en Ciencias Sociales. Coach Ejecutivo

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