Perdió todo y no encuentra consuelo

Viajó de China a la Argentina para trabajar en un mercado que fue atacado
Ángeles Castro
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21 de diciembre de 2001  

Las lágrimas que caen de los ojos de Wang Zhao-He dicen mucho más de lo que este ciudadano chino puede expresar en palabras. Habla un castellano muy pobre y, por el estado de shock que sufre desde anteayer, apenas articula frases entendibles. Su rostro recorrió el mundo transformado en imagen de TV. Wang es el oriental captado por las cámaras llorando desconsoladamente mientras le vaciaban su comercio.

Su gesto triste, cabizbajo, simboliza con claridad el miedo y la frustración que invadieron al hombre, de 40 años, al tiempo que una multitud -unas 300 personas- saqueaba el supermercado donde trabaja -trabajaba- en Gaona 4602, en la ciudad bonaerense de Ciudadela.

Sentado en el umbral del local ahora vacío, con los vidrios rotos y el interior a oscuras, recuerda la agresión y llora. "En China viven 1300 millones de personas y hay muy poquitos delincuentes. En la Argentina son 35 millones y muchos, muchos ladrones. Hay que... -relata y mueve la mano en representación de un castigo físico o de la pena de muerte- a todos."

Wang, "Juan" para los vecinos que lo rodean en la puerta del comercio, no termina de entender lo sucedido. Según sus acompañantes, no comprende la diferencia entre un delito común y el desborde social del que fue víctima anteayer.

Claro, en su China comunista natal el Estado mantiene el orden sobre la base de un control absoluto de la vida cívica. Cuando llegó a la Argentina, hace un año y medio, Wang jamás imaginó que acá el abanico abría tantas alternativas.

Vino de la mano de su cuñado, Li, y de su concuñada, Liu Yu Bing, los dueños del supermercado asaltado, para quienes realiza -realizaba- tareas de limpieza y vigilancia. Y dejó a su mujer y a su hijo de 12 años en la provincia china de Fujian.

Para allá desea regresar hoy, después de los incidentes que destruyeron el local y los sueños del hombre. "Ya nos robaron más de 20 veces. Cuando entraron al negocio pensé que era un robo cometido por diez personas, las primeras que llegaron. Después vi venir a otras 300. Me golpearon cuatro veces", describe y marca los lugares del cuerpo donde recibió las lesiones.

Más lágrimas ruedan por sus mejillas y Wang no abandona su posición, sentado en el umbral.

Otra actitud lo impulsó oportunamente a dejar el puesto como empleado municipal en su país y viajar a la Argentina. Allá -explica- ganaba el equivalente a 80 pesos mensuales y aquí, alrededor de 500, que rigurosamente enviaba a su familia en el exterior.

Pero la delicada situación social local complicó ahora sus planes: se quedó sin trabajo y ni siquiera puede retornar a su patria porque vino con un contrato por cinco años.

"Me siento mal. Tengo miedo, sí. Los delincuentes vienen armados y gritan: ¡Plata, plata, plata! Hay muchos y la policía no responde, aunque la llamamos", repite. Anteayer, mientras el mercado era robado, tampoco acudió. Y Wang no comprende, porque los manifestantes no sólo vaciaron el local: también robaron dinero y ropa a la familia, que habita en la planta superior.

Wang continúa en silencio. Cuando llega el momento de la despedida, se pone de pie, propina dos fuertes apretones de mano y, al fin, sonríe por única vez en la tarde.

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