Postergan la cumbre del Mercosur de Montevideo

Iba a empezar ayer; temen un contagio
Jorge Elías
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21 de diciembre de 2001  

MONTEVIDEO.- No hablaban de otra cosa, con la vista fija en los noticieros, mientras temían o imaginaban situaciones similares en sus respectivos países. Eran los cancilleres del Mercosur (menos Adalberto Rodríguez Giavarini), de Chile y de Bolivia, reunidos para la cumbre del bloque regional que, por el vacío de poder de la Argentina, ha quedado demorada, en sus aspectos sustanciales, hasta nuevas fechas: del 18 al 20 de febrero.

Cinco presidentes, entonces, rubricarán hoy una declaración política en la que expresarán su solidaridad con la Argentina. Que ayer, en medio del naufragio del gobierno de Fernando de la Rúa, no era en defensa de él en particular, sino del país en general, según dijo a LA NACION el canciller uruguayo, Didier Opertti: "Todo el mundo está con ustedes -agregó-. Existe preocupación por la situación social, económica y política. Y la tendencia, hasta ahora, es desfavorable. Pero, al menos, no hay ruptura institucional, sino convulsión interna".

El consuelo no alcanzó en una rueda de prensa en la que los rostros de los cancilleres Opertti, Soledad Alvear (Chile), Celso Lafer (Brasil) y Gustavo Fernández Saavedra (Bolivia) no reflejaban más que pesar. O pesadumbre. Por la Argentina estaba Horacio Chighizola, todavía segundo de la Cancillería, mientras Marcelo Ruffinelli (Paraguay) iba al encuentro del presidente paraguayo, Luis González Macchi, en el aeropuerto.

Las imágenes del caos en la Plaza de Mayo eran elocuentes, pero, no obstante, la mayoría se resistía a la idea de que De la Rúa renunciara. Por más que Sebastiao Do Rego Barros, embajador saliente del Brasil en la Argentina, vaticinara que no iba a llegar al final de su mandato, en 2003.

Posición que Lafer, siempre conciliador, procuró descafeinar: "El Brasil confía en que el gobierno argentino sabrá encontrar los medios y los modos de equilibrar satisfactoriamente los problemas y los desafíos que se anteponen a la nación argentina -dijo-. En este momento difícil, la Argentina cuenta, como siempre, con la decisiva solidaridad y el apoyo del Brasil".

¿La Argentina o Afganistán?

Las palabras de De la Rúa, por la tarde, lejos estuvieron de serenar los peores presagios. Sobre todo, por el impacto escaso que tuvieron entre los cancilleres y sus delegaciones, según confió a LA NACION un diplomático argentino. Al punto de mirarse entre sí, algunos de ellos, y preguntarse si estaba refiriéndose a la situación de su país, con pedradas, humaredas y muertos frente a sus narices, o de Afganistán.

Las versiones acechaban, mientras tanto. Pero no había canciller capaz de emitir media palabra sobre una situación que, según Opertti, no podían entender mejor que los argentinos. Que, a su vez, tampoco entendían. Chighizola, serio e incómodo, apenas dijo: "No voy a hacer ningún comentario y les pido que se ahorren las preguntas porque no voy a referirme a asuntos de la política interna de mi país mientras estoy fuera de mi país".

Caía la noche. Tanto para Montevideo como para De la Rúa. Con presidentes que, a medida que iban arribando, meneaban la cabeza frente a la mera mención de una renuncia que, más allá de la violencia hecha imágenes, parecía impensable. "Con Cavallo pudo ser suficiente, pero antes de que ardiera Buenos Aires", confió a LA NACION un diplomático brasileño.

Y la radio del taxi anunciaba a los choferes que el peso argentino pasaba a cotizarse a 7 pesos uruguayos; es decir, la mitad que el dólar. Y la gente, en las calles, confesaba que algún pariente pobre (ergo, radicado en el país) pensaba volver cuanto antes. Y la cumbre, a pesar de la presencia de cinco mandatarios, rozaba cumbres borrascosas por la ausencia, o la falta, de uno de los dos socios más importantes; del que asumirá, a pesar de ello, la presidencia pro témpore del Mercosur.

Y, entre cuchicheos, el temor del efecto contagio. O arrastre. Tal como advirtió el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, a Rodríguez Giavarini en momentos en que, curiosamente, el país más convulsionado de la región se convertía en el primero, y en el único, en prometer el despliegue de tropas hacia Afganistán. Por más que, en realidad, quede a la vuelta de la esquina. O cruzando el charco.

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