Protagonistas de una noche que hará historia

Los vecinos que iniciaron la protesta
Evangelina Himitian
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23 de diciembre de 2001  

Ollas, cacerolas, tapas, sartenes.

Hasta hace una semana ésos eran artículos domésticos ignorados por la prensa, excepto por algún suplemento de cocina.

En los últimos minutos del miércoles, en una jornada cargada de violencia, en la que los saqueos, los piquetes y los desbordes sociales estuvieron a la orden del día, miles de argentinos comenzaron una estruendosa manifestación a fuerza de ollas y sartenes.

Comenzó en los balcones de Palermo. Se extendió a las calles. En cuestión de minutos, millares de vecinos espontáneamente inundaron de un son metálico las principales ciudades del país.

Algunos aseguran que los antecedentes de esta expresión popular sólo pueden encontrarse en los sucesos del 25 de Mayo de 1810. O tal vez en la actitud de los criollos que se defendieron de las invasiones inglesas con agua y aceite hirviendo.

Lo que es seguro es que en los libros de historia que en el futuro narren los últimos días de Fernando de la Rúa al frente del Gobierno los cacerolazos ocuparán un rol protagónico.

Las que siguen son tres historias de quienes dicen haber iniciado, a su modo, la protesta latosa en barrios de Palermo, Recoleta y Las Cañitas.

Vecinos de Cavallo

Eran poco más de las 23 y las calles de Palermo estaban desiertas. Desde su departamento de Libertador al 2200 -en la vereda de enfrente del edificio en el que vive el ex ministro de Economía Domingo Cavallo-, Mabel Sing, una odontóloga de 49 años y su esposo, Jorge, seguían las palabras de De la Rúa en cadena nacional.

"Nos sentíamos desolados. Hablaba de un país que no era el nuestro. Nos quedamos mudos, sin saber qué hacer", narró Mabel. De pronto, el silencio desapareció. Un rumor metálico empezó a rodar por toda la ciudad. "Nos asomamos al balcón... ¡Eran cacerolazos, acá en Palermo! Nunca habíamos participado de una protesta, pero sentíamos la necesidad de decir basta", dice Mabel.

Marcelo, su hijo de 15 años, buscó una olla y una bandeja y comenzó a hacer batifondo."Se empezó a juntar gente en la esquina y, sin pensarlo dos veces, para allá nos fuimos. Todo era muy raro. Nunca me imaginé, así, cacerola en mano, frente a lo de Cavallo."

Cuando volvieron a su casa, cerca de las 4, la olla y la bandeja estaban deformadas a fuerza de golpes. Marcelo le preguntó a su mamá si las tiraba a la basura. Mabel dudó: "No, mejor ponelas en el lavadero. Quién sabe si no las vamos a volver a necesitar".

Recoleta a puro bombo

Con el bombo bajo el brazo y junto con su hermano, que le arrancaba quejas metálicas a una gran cacerola, la madrugada del jueves último encontró a Marcos Malbrán recorriendo las calles porteñas. A los gritos, pidiendo que el gobierno terminara su mandato.

La travesía comenzó cuando se declaró el estado de sitio. "Nosotros iniciamos el cacerolazo en Billinghurst y Las Heras", cuenta orgulloso. Marcos tiene 28 años, vive en Recoleta y está a punto de recibirse de abogado. Vestido con bermudas de marca y zapatos náuticos cuenta su experiencia. "Fuimos caminando hasta el Congreso. No hubo violencia ni disturbios. Eran todos chicos como yo, gente que necesitaba salir a la calle", dice.

Dos de los amigos que lo acompañaban le gastaban bromas. A ellos mismos les cuesta imaginar a este futuro abogado de Recoleta castigando el parche de un bombo para pedir que un presidente deje su cargo.

El levantamiento de las ollas

Marta Gómez jura que no volverá a subestimar el poder de la sartén que se usa en su casa para preparar tortillas. Ni el plato de metal de su perro Shannon. Ni las cacerolas viejas que, reemplazadas por otras con teflón último modelo, pasearon por su casa de Chenaut 1845, sin rumbo certero. Hasta el miércoles último.

Hasta ese día, Marta, que hace 20 años trabaja en el Estado Mayor Conjunto, nunca había imaginado que un levantamiento con cacerolas, ralladores y sartenes pudiera llevar a un presidente a dimitir. Tampoco que iba a ser ella quien estuviera al frente de esa protesta en el corazón del selecto barrio de Las Cañitas, donde vive.

Poco después de las 23, Marta armó a su nieta Nadia, de tres años, y a su hija Jésica, de 15, con cacerolas y las condujo al boulevard de Chenaut esquina Báez. Y empezó el estruendo.

"Al principio, el barrio estaba mudo. Al oírnos empezaron a bajar los vecinos. Eramos más de 300. Ahora los vecinos que participamos nos saludamos por la calle con cierta complicidad. A partir de ese día Las Cañitas, creo, se volvió más un barrio como los de antes", dijo emocionada.

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