Rastros de la muerte y el descontrol en la Avenida de Mayo

Fue escenario de los enfrentamientos
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22 de diciembre de 2001  

Sobre el asfalto de la Avenida de Mayo al 600 queda una mancha marrón. Es sangre. Sangre de un joven al que anteayer mató la policía de un balazo en la cabeza.

José Gómez sigue afectado por lo que presenció. “Le dispararon en la cabeza desde allá y la sangre le chorreaba por encima de la oreja. Era un chico... Iba para la plaza junto con un montón de pibes y la policía venía hacia acá desde la 9 de Julio”, dice mientras señala la esquina de Chacabuco.

Allí hay una sucursal del banco HSBC cuya fachada parece un colador. Por los tiros que alguien disparó desde el interior del edificio y por piedras que tiraron manifestantes enfurecidos. Un patrullero con tres efectivos custodia la entidad bancaria. Decenas de operarios trabajan desde temprano para reemplazar los vidrios oscuros por maderas que pintan de negro, pero está por anochecer y todavía no terminaron.

Gómez es el encargado de un edificio donde funcionan varias escribanías. Justo enfrente de la entrada de la Avenida de Mayo 665 quedó tendido uno de los siete muertos anteayer en la ciudad. “La ambulancia llegó pronto -cuenta-, pero creo que ya estaba muerto. Cayó cuando recibió el tiro.”

Habla lento y con cierta dificultad. Tiene los ojos húmedos y mira a su alrededor incrédulo. El quiosquero de al lado, que anteayer no trabajó, lo escucha atento. “Los vidrios de la óptica de acá al lado no los rompieron. Tienen una suerte, nunca les pasa nada”, dice en busca de algún consuelo.

Un aparato de Telefónica de Argentina destrozado, un tacho de basura arrancado de cuajo, un McDonald’s saqueado al que sólo le dejaron tres banderas argentinas y algunas mesas, y restos de una barricada completan la imagen de la cuadra de Gómez.

“Basta de impunidad”, “Lucha popular”, “Santucho”, “Montoneros”, “Patria o grupos económicos”, son algunas de las leyendas que se leen en la avenida que anteayer fue escenario de desmanes, excesos y muertes.

El local de regalos Wright tiene la secuela de una piedra en una de sus vidrieras. Pero está abierto y no tiene las persianas cerradas como Musimundo y algunos otros comercios de la zona que, por seguridad, prefirieron no abrir. Todos los bancos de la avenida, un Galicia y un Francés, entre otros, reemplazaron temporalmente sus cristales por maderas.

En la Librería de las Luces un empleado acomoda los ejemplares en una mesa ubicada en la vereda. “Yo no vi al muerto. Fue más allá”, aclara. En la esquina de la Avenida de Mayo y Bernardo de Irigoyen cayó otro. Un joven que con cascotes enfrentó a policías armados. “Hay cosas que no hay que hacer. No entiendo por qué tenés que romper los vidrios de locales y edificios para protestar contra un gobierno. Esto era un caos total”, dice, serio, el librero.

Sebastián atiende el quiosco de esa esquina y es hijo del dueño de una zapatería lindera cuya vidriera quedó destrozada. “Nosotros cerramos a las dos de la tarde, cuando empezó todo, pero nos quedamos encerrados hasta después de las ocho porque no podíamos irnos por los gases y el descontrol”, explica.

Cuenta después que los policías se ubicaron contra una pared y los manifestantes arrancaron y rompieron los bancos de cemento de la avenida 9 de Julio y con esos cascotes atacaron a los uniformados, que resistieron un instante y luego comenzaron a disparar.

Trabajo doble

Juan Pérez es un empleado de Cliba y conversa en la esquina de Bernardo de Irigoyen y Rivadavia con otro señor. Frente a ellos hay un supermercado Norte que fue saqueado. Como los demás barrenderos que tienen asignada la zona del Centro porteño, ayer tuvo muchísimo trabajo. “Hay tanta mugre. Sacamos bolsas y bolsas con cascotes y hasta gomas quemadas. Como ayer (por anteayer) hubo paro y no trabajamos, hoy lo hacemos desde las 6 de la mañana hasta las 9”, explica, resignado.

El encargado del Petit Café, de Carlos Pellegrini y Roque Sáenz Peña, Omar Latorre, se siente mal. Pero no está enfermo. “¿Querés que te diga cómo estoy?”, pregunta a LA NACION. “Tengo unas ganas de llorar que me muero. Yo no tengo la culpa de lo que hizo De la Rúa. Además, si se hubiera ido 24 horas antes habría evitado esto y también las muertes”, razona.

Latorre tiene 43 años y siempre trabajó en gastronomía. “Esto ayer era Beirut”, dice. Los manifestantes rompieron todos los vidrios de su local, se llevaron bebidas importadas y cervezas, destrozaron la chopera, robaron la computadora e incendiaron más de cien sillas y treinta mesas. “Perdí 25 lucas largas -calcula-. Pero por suerte no nos incendiaron, como al McDonald’s de enfrente. Si lo hubieran echo, nos fundíamos, porque por el olor no podíamos abrir por tres meses.”

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