Recuperar la virtud de los silencios

Daniel Scarfo
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20 de febrero de 2015  

En los textos sapienciales, el silencio suele ser señal de sabiduría, y la locuacidad, de estulticia, de allí que no sea recomendable ceder a otros el silencio. Por otra parte, hay un dominio vital vedado a la palabra que es memoria de las huellas y de la sensibilidad, no de las palabras o de la voluntad. Esa memoria era la que estaba marchando, y el agua parecía querer saciar la sed de los desiertos de una democracia que anhelaba ser más que un discurso dañado por los picarescos usos del lenguaje. Porque las huellas y el grito de "Nunca Más" eran los de 1983.

La marcha del 18-F, convocada por los fiscales en homenaje a la muerte de Alberto Nisman, fue un ejercicio de conocimiento producido a través del cuerpo silenciado de un fiscal. Y se caminaba con enorme dificultad entre millares de paraguas sin saber cómo expresar ese conocimiento, sensibles ante lo inaudito. Se escuchaban en la manifestación los sonidos de un discurso sólo presente en la memoria.

Quienes marchaban no lo hacían con alegría inaugural, pero testimoniaban el conocimiento de lo que importa en la vida humana, caminando en la escritura de ese mismo silencio, interrumpiendo la monotonía de la palabra, buscando otra que albergue y restaure el lenguaje de la ausencia, sin poder articularla al estar aún muy cerca de lo sagrado de la muerte.

Cualquier cambio sustancial en el país tendrá que arrancarles primero el poder a las fatigadas, criminales, corruptas, hipócritas, escenográficas palabras.

Por eso, muchos marchaban como náufragos empapados de sudor y lluvia, centenares emergían de y se sumergían en las bocas del subte como si huyeran de una sudestada, todos aún sin un alfabeto común, pero ansiosos por encontrarlo y decididos a no aceptar el regreso de la violencia.

Constreñidos al silencio, los cuerpos formaron un manuscrito aún ilegible que escribieron sin hablar.

No es desdeñable el lenguaje de una presencia. En el testimonio de esta manifestación estuvo implícito el rechazo a cualquier discurso trivializador o legitimizador incapaz de dar cuenta de la historia de un crimen.

Exigiendo la letra perdida en silencio, claro está, porque en ese doliente y poderoso espacio se nos ha dejado no porque lo hayamos escogido. Porque lo que ha quedado por decir es el desastre: ruina de ciertas voces, anticipo de lo que vendrá. En Enrique VIII de Shakespeare la reina Catalina, llevada por un sentimiento de venganza, habla mal de su enemigo muerto, y su fiel amigo le advierte: "Noble señora, los vicios de los hombres quedan grabados en bronce, sus virtudes se escriben en el agua".

El autor es sociólogo

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