Reemplazar el IVA: una reforma para creer y crecer

Por Juan J. y Lucas Llach Especial para La Nación
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27 de octubre de 2000  

La economía argentina aparece hoy encerrada en una trampa.

La brecha fiscal no termina de cerrarse por el bajo nivel de actividad y la reactivación no cobra fuerza porque los inversores desconfían debido al déficit fiscal.

La debilidad de la demanda deviene en deflación, que hace más pesadas las deudas y desalienta al inversor y al consumidor, quienes prefieren esperar. La recesión genera, pues, recesión.

La fragilidad de las cuentas externas, debida en parte a la escasa competitividad de la producción nacional, potencia las dudas sobre nuestra capacidad de crecer y realimenta así la prima de riesgo y la tasa de interés Frente a un cuadro tan difícil aparecen sugerencias de políticas a nuestro juicio equivocadas.

Una es abandonar la convertibilidad, dolarizando, devaluando o haciendo ambas cosas.

Otra es no preocuparse por el equilibrio fiscal, aumentando el gasto público o bajando impuestos sin más.

La dolarización sería, en el mejor de los casos, inocua, una ilusión más convertida en desencanto. La devaluación y la prodigalidad harían trizas la confianza y acentuarían el problema mismo que pretenden resolver.

La salida del círculo vicioso de la recesión requiere, más que medidas aisladas, un shock de política económica que atienda las causas del problema y restaure así la confianza necesaria para que la rueda gire en el sentido virtuoso.

Aquí proponemos una reforma estructural que, unida a otras y a una convincente voluntad política para presentarla e implementarla, puede dar respuesta a estos desafíos, reactivando la economía con incentivos genuinos a la inversión y a las exportaciones sin tocar la convertibilidad ni abandonar la meta de equilibrar las cuentas públicas.

En los libros de texto

Economistas y tributaristas consideran el IVA como el impuesto ideal.

Al aplicarse sobre el valor que agrega cada etapa productiva y sobre todos los factores de producción por igual (tierra, trabajo, capital, tecnología), se afirma, no genera efectos cascada ni distorsiona la asignación de recursos respecto de lo que ocurriría en ausencia del impuesto.

En los ejemplos de los libros de texto se muestra "rigurosamente" que esto es así.

Sin embargo, muchos de los supuestos de esta demostración no se verifican en la realidad.

En particular, el análisis teórico del IVA supone que todas las transacciones son simultáneas, con lo cual soslaya el efecto del tiempo sobre las decisiones de los productores.

Pero un rasgo común a cualquiera de las variedades del IVA es, precisamente, que el contribuyente le anticipa dinero al Estado, porque siempre se pagó el IVA compras antes de vender.

El impacto diferencial

Este período, de duración variable, genera un costo financiero originado en la existencia del impuesto, y su valor total es igual al producto de la tasa de interés por el monto del IVA compras.

Si el impacto de ese sobrecosto fuese neutral, afectando a todas las actividades por igual, este componente del IVA -y, por lo tanto, el impuesto mismo- no sería distorsivo. Pero resulta que el impacto es diferencial, y en el mal sentido.

Las Pyme están más castigadas que las grandes empresas, porque enfrentan una tasa de interés mayor. Quien produce para exportar se perjudica, porque no recobra su IVA compras poco después de vender -como sucede con las ventas internas-, sino en plazos que pueden llegar a los nueve meses.

La inversión también está particularmente desalentada: el IVA pagado por las maquinarias y equipamientos necesarios para iniciar una actividad se acumula como crédito fiscal por un número o un sinnúmero de períodos, y este sobrecosto es rápidamente potenciado por el imperio del interés compuesto.

Cuanto mayor es la inversión respecto de la producción, más oneroso es el costo financiero asociado al IVA.

Esta imposición multiplicada viene por partida doble si la inversión se financia con un préstamo, sobre cuyos intereses también pesan tanto el IVA como el impuesto a los intereses.

Esta distorsión ocasionada por el IVA perjudica así perversamente y de modo especial a las actividades que más necesita promover la Argentina: la inversión y las exportaciones; y a las empresas que más requieren un tratamiento benigno para compensarles otras desigualdades: las Pyme.

Para mostrar este impacto diferencial, en el cuadro que sigue presentamos casos hipotéticos de empresas que inician sus operaciones con idénticos niveles de ventas y rentabilidad bajo el actual sistema impositivo, pero que difieren en cuanto al destino de la producción (mercado interno o exportaciones) y a los montos de inversión (comparamos un caso de alta inversión inicial con uno de baja inversión).

Para cada situación se calcula qué efectos sobre la tasa de retorno (TIR) de los proyectos tendría el reemplazo del actúa IVA por el IVA del manual, es decir, por un sistema en el que todo crédito fiscal se pagara instantáneamente, en el momento en que se generarse.

Devolución instantánea

Como puede apreciarse, un sistema de devolución instantánea del IVA mejoraría la rentabilidad de todo tipo de proyectos, pero la mejora sería más intensa cuanto más inversora y exportadora fuera la empresa.

El cuadro no cuenta, sin embargo, toda la historia.

Por un lado, no se han incluido allí los efectos "en cascada" que tiene la distorsión del IVA y cuya eliminación mejoraría aún más intensamente que en el cuadro la rentabilidad de las empresas.

Por otro lado, dado que el costo financiero es mucho más elevado para las Pyme, el beneficio para ellas de eliminar la distorsión del IVA sería mayor que para las empresas más grandes. Por ejemplo, para una empresa exportadora que consigue financiarse al 1%, los costos directos caerían el 3,6%, mientras que si se financia al 25%, los costos disminuirían el 5,4 por ciento.

Estos ejemplos tienen en cuenta, pues, sólo el impacto directo y microeconómico de sistema tributario, pero no sus consecuencias macroeconómicas sobre los precios intermedios y finales. Estas son, como veremos, decisivas.

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