Rodríguez Saá avanza contra el pacto

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27 de diciembre de 2001  

Cuatro días después de haber sido elegido presidente por tres meses, Adolfo Rodríguez Saá ha dado los primeros pasos hacia la ruptura del compromiso peronista: quiere quedarse hasta diciembre de 2003.

La intención no debe ser despreciada. Si una habilidad política tiene el actual presidente es, precisamente, la de saber retener en sus manos el control del poder. Llegó a la gobernación de San Luis en 1983 y nunca más la abandonó, convirtiéndose en el único gobernador argentino que no cambió desde la restauración de la democracia.

La hiperkinesia y el ritmo de vértigo que le inyectó a su administración nacional no bien llegó eran necesidades casi elementales de cualquier presidente que sucediera al lento y vacilante gobierno de Fernando de la Rúa. La inmediata distensión social y política fue la consecuencia necesaria de ese brusco cambio en los modos del poder.

Sin embargo, Rodríguez Saá cometió dos errores iniciales. El primero: su rostro muestra desde la elevación presidencial una amplia sonrisa de satisfacción que no expresa la crisis que lo llevó al poder -dos días de furia social, de fuego y de violencia- que dejó más de 30 muertos en el país. El otro: anunció en el acto el default argentino como si se tratara de una virtud política o, lo que sería peor aún, como una bandera electoral.

El default es una desgracia nacional en cualquiera de sus alternativas, que se sentirá de manera grave en la economía y en la sociedad, sobre todo cuando el país compruebe que ha quedado tan aislado del mundo como después de la Guerra de las Malvinas. Puede ser que Rodríguez Saá no haya tenido otra alternativa, pero era, en todo caso, una necesidad y no una virtud.

Esa necesidad podrá tener consecuencias más o menos serias de acuerdo con la actitud del gobierno argentino frente a los organismos multilaterales de crédito y ante los acreedores. El mundo no es indiferente a las carencias argentinas (han llegado mensajes de eventuales ayudas desde casi todos los lugares con poder del universo), pero el Gobierno tiene que mostrar seriedad y previsibilidad.

Por ejemplo: ¿con qué gobierno estarían negociando en el exterior? ¿Con uno que se va en tres meses o con uno que se queda durante casi dos años? ¿Qué previsibilidad podría reclamar un presidente dispuesto a romper el compromiso con su partido?

Hay que decirlo sin vueltas: el plan político de Rodríguez Saá, deslizado a su entorno, consiste en quedarse hasta diciembre de 2003 y ni siquiera ha hecho renuncia a la elección de ese año. Las cosas son casi siempre como parece que son: se ve a un presidente en campaña en lugar de un líder aupado sobre el momento más dramático de la historia nacional reciente.

Ninguno de los problemas que despidieron a De la Rúa del poder están resueltos. Los pobres siguen siendo pobres y la clase media continúa desesperada por las cada vez más intensas restricciones a la disposición de depósitos y de salarios y por la impotencia de un sistema bancario evidentemente rebasado por la crisis.

La ruptura del compromiso peronista podría tener, además, efectos letales para la gobernabilidad del país. Otros dos dirigentes peronistas, el presidente provisional del Senado, Ramón Puerta, y el senador Eduardo Duhalde, más leales con la relación entre las palabras y los hechos, rechazaron la presidencia antes que se pensara en Rodríguez Saá, porque consideraban que no debía haber elecciones inmediatas, sino una indispensable normalización del país político y económico.

* * *

¿Qué dirán y qué harán cuando descubran que quien aceptó por tres meses proyecta ahora quedarse por el tiempo que les fue negado a ellos?

El gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, fue el líder peronista más tenaz en la argumentación de que la crisis nacional obligaba a un presidente con mandato popular directo. Su dura oposición al proyecto de Rodríguez Saá está descontada; Carlos Ruckauf, el gobernador de Buenos Aires, se manifiesta en posición "contemplativa", pero puede anticiparse que se volcará hacia donde perciba la mayoría peronista.

Puerta, Duhalde, De la Sota, Ruckauf, entre otros, no son adversarios menores dentro de un partido parcelado en muchos liderazgos.

La demagogia de los gestos (que incluyó anuncios increíbles, como el de la creación de un millón de puestos de trabajo en apenas un mes) deberá ser seguida, si el proyecto de continuidad perdurase, por la demagogia de los actos. El Gobierno no informó aún sobre el monto de emisión de argentinos que piensa hacer, pero sólo una cantidad sin ton ni son podría garantizar aquellos anuncios.

En tal caso, la Argentina habrá devaluado, porque la abundancia de argentinos les restará valor, a poco de andar, a esos bonos. ¿Por qué no devalúa entonces como enseñan los manuales de economía? Seguramente porque el mandato del presidente es demasiado breve y frágil como para tomar esa decisión. Pero si busca el atajo de otra devaluación, lo que hará será dejarle, mediante la emisión desenfrenada de bonos, una herencia maldita al próximo gobierno.

El país en llamas del 19 y el 20 de diciembre no fue sólo contra el gobierno de Fernando de la Rúa, aunque era su primer destinatario. La rebelión llevaba una crítica implacable contra un sistema político ensimismado en sus pobres intereses. No hay pruebas, aún, de que esto último haya cambiado.

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