Rosario y Salta, testigos de un 25 de Mayo diferente

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION
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25 de mayo de 2008  • 08:42

Todos los indicios prometían desde ayer que el acto que el sector agropecuario realizará esta mañana, en Rosario, quedará incorporado a la colección de grandes movilizaciones espontáneas de la historia reciente. No son tantas: los actos de cierre de campaña de Raúl Alfonsín e Italo Lúder en 1983, la protesta por la inseguridad convocada por Juan Carlos Blumberg en 2004, tal vez ninguna otra. Es decir: una especie de relanzamiento del gobierno a la menos uno.

Hasta el filo de la medianoche un gentío animó la ciudad, sobre todo en la orilla del río, en la costanera que antaño ocupaban los talleres del Ferrocarril Central, desde Parque España hacia el norte. Entre los manifestantes se descubrían ruralistas y legisladores y era llamativa la presencia de jóvenes, muchos de ellos acampando en carpas o casas rodantes. Desde 48 horas antes ya era imposible conseguir habitaciones en los hoteles y las casas de familia comenzaron a recibir a los forasteros, a veces por un módico alquiler, a veces gratis. Por el centro rosarino hormigueaban anoche visitantes de todo el país, casi siempre identificados con la divisa de su procedencia: Cipoletti, Chaco, La Rioja podía leerse en las pancartas o carteles. Nadie registró dificultades para llegar.

Un veterano dirigente del radicalismo local pronosticó que hoy, junto al Monumento a la Bandera, habrá alrededor de 300.000 personas. Claro, Rosario es el corazón urbano del entramado cerealero que se vio afectado por el impuestazo del 11 de marzo. Es también una plaza opositora: Cristina Kirchner ganó la provincia de Santa Fe arañando, por 1000 votos. En la ciudad que hoy se convierte en el centro de la protesta obtuvo 206.000 votos. Elisa Carrió le ganó al conseguir 260.000.

El gobierno nacional seguirá las alternativas de la concentración rosarina desde Salta. Por la tarde, cuando todo haya pasado, se podrá evaluar si la decisión de contestar a una concentración con otra fue sabia o si, al contrario, reforzará la impresión de aislamiento social que comenzó a rodear a la administración Kirchner y que revelan, crueles, las encuestas. Para ello será clave observar el tono de los discursos y la orientación de la liturgia. ¿Cristina Kirchner presidirá una celebración institucional o encabezará un acto de facción?

La rigidez frente a los planteos del agro es el credo kirchnerista desde el jueves pasado. Esa noche, cuando terminó la reunión del jefe de Gabinete y el ministro de Economía con los presidentes de las cuatro entidades ruralistas, desde los despachos oficiales se realizó una convocatoria de urgencia a las demás instituciones empresariales para que acompañaran a la Presidenta en la ceremonia salteña de este mediodía. La UIA y Adeba fueron las primeras en excusarse. Fue mejor no llamar a las demás. El resto del empresariado ya había prestado su servicio hace una semana, al publicar una solicitada instando al campo a negociar. Los buenos oficios terminaron allí.

De la temperatura que adquieran los discursos de hoy dependerá, en gran medida, que mañana puedan retomarse las negociaciones, como prometió el ministro Carlos Fernández al cabo del último encuentro. El gobierno y los ruralistas corren hoy el riesgo de quedar atrapados en el "efecto barricada" que ellos mismos provoquen con su oratoria. ¿Habrá una respuesta desde el Monumento a Güemes para lo que se diga en el Monumento a la Bandera?

Hasta anoche, los dirigentes rurales apuntaban a moderar a sus bases para que no se reanude el paro, por lo menos hasta el miércoles. Pretenden que el gobierno formule alguna respuesta sobre el núcleo del conflicto: la presión tributaria que cae sobre los productores desde que se dispusieron las retenciones móviles. Los funcionarios no rozaron siquiera el punto durante la entrevista del jueves. Se limitaron a proponer una discusión sobre la reposición del mercado de futuros eliminando el tope a partir del cual el fisco se queda con casi toda la renta de los productores de oleaginosas.

Si el presidente de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi, amagó con quedarse a dormir en el Ministerio de Economía, fue porque advirtió tarde que ni él ni sus colegas habían sido contundentes en el planteo de su exigencia principal: que la alícuota fijada en marzo se retrotraiga al 35% de retenciones para los precios actuales. No hay señales de que este punto forme algún día parte de la agenda del oficialismo.

Otros renglones del pliego que se negocia también son críticos: desde las exportaciones de carne –que se redujeron todavía más a partir de las últimas regulaciones oficiales—hasta las de granos. La incertidumbre es tan grande que los expertos calculan que la siembra de trigo –que debería culminar en estos días—podría reducirse entre un 10 y un 20% respecto de la del año pasado.

Si se anuncian medidas económicas en Salta, serán de otro orden. El gobierno prepara un programa para los próximos 60 días que podría tener un adelanto gaseoso en el acto oficial de hoy. Incentivos para ampliar la oferta de petróleo y derivados, reducción del impuesto al cheque, estímulo a las actividades que agreguen valor a la producción de granos, podrían formar parte de ese haz de iniciativas.

En otras carpetas se acumulan propuestas para suscribir el pacto corporativo denominado "del Bicentenario": blanqueo impositivo para capitales repatriados, un seguro de tasa de interés para la industria con el que cargaría el Banco Central, desgravación del impuesto a las ganancias para la reinversión de utilidades de las Pymes, etc. Recuerdos del acuerdo que el gobierno no pudo firmar en la fecha patria y que, tal vez, se suscriba el 20 de junio o el 9 de julio.

La intransigencia oficial con el campo está complicando a algunos funcionarios. Anoche, después de una reunión informal en Rosario, los dirigentes rurales impugnaron por primera vez al principal negociador, Alberto Fernández. Manifestaron, también por primera vez, que desean hablar con quienes deciden. Mencionaron a Néstor Kirchner y también, para no faltar el respeto, a Cristina Kirchner. El esposo de la Presidenta apareció en esta oportunidad de manera formal en labios de los representantes del campo. Desde el primer día ellos especulan con pedirle un audiencia al ex presidente, a sabiendas de que es quien regula el ritmo del conflicto desde Olivos. "Él es al gobierno lo que los autoconvocados son al campo: la posición extrema, sin la cual no hay acuerdo posible" razonó un importante dirigente agrario anoche ante LA NACION.

El conflicto es lluvia ácida sobre el jefe de Gabinete. Su principal rival, Julio De Vido, no puede borrar un esbozo de sonrisa de sus labios. Ya hizo varias demostraciones delante de sus superiores de estar en condiciones de reunir las firmas del "Acuerdo Económico-Social del Bicentenario" cuando se lo pidan. Siempre que Fernández liquide el entredicho con el campo, claro. Desde varias usinas oficiales se lanzan versiones sobre el alejamiento del principal negociador del gobierno. Hasta podrían traer desde Tigre a Sergio Massa para reemplazarlo, lo mortifican. También el nombre de Carlos Zannini atormenta a Fernández, de quien algunos amigos porteños se despiden: gente tan disímil como Víctor Santa María o Aníbal Ibarra.

No es la única interna de este 25. Daniel Scioli mira con preocupación cómo la Casa Rosada selecciona a otros gobernadores cada vez que monta una tribuna. En el acto de Almagro el bendecido fue el chaqueño Jorge Capitanich. Hoy le toca a Juan Manuel Urtubey, gobernador de Salta. Tal vez ninguno de los dos festeje el halago de los Kirchner: conducen provincias con un electorado agropecuario que podría castigarlos por su afinidad con el poder central. Pero en la intimidad del gobierno la lectura es otra: Capitanich y Urtubey son dos instrumentos con los cuales la Presidenta y su esposo le muestran a Scioli que no es la única solución con la que cuentan para sobrevivir en la crisis.

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