"Sentí tanto miedo como indignación"

El relato de la víctima de un saqueo Liliana Rubeis trabaja en una carnicería del barrio platense de Los Hornos Durante el ataque sólo atinó a esconderse en un rincón al reparo de las piedras Le robaron hasta la cartera
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23 de diciembre de 2001  

LA PLATA.- En los ojos de Liliana Rubeis, de 39 años, todavía se advierte tristeza y pesar. El miércoles último, en la carnicería donde trabaja desde hace tres años, tuvo que enfrentarse con decenas de personas que ingresaron por la fuerza y saquearon el comercio.

En pocos minutos sintió un torbellino de sensaciones: terror, desesperación, angustia, desprotección, bronca, indignación y tristeza. Mucha tristeza.

Los 700 pesos que gana mensualmente tienen que alcanzar para mantener a sus dos hijos -Lucas, de 8 años, y Silvina, de 18- y a su marido, que está desocupado. Pasó por varios momentos difíciles, cada fin de mes es uno de ésos, pero dice que jamás hubiera pensado en saquear un negocio ni en robar.

Pero a ella le robaron. Mientras la mayoría de la gente tomaba distintos cortes de carne y gaseosas, un grupo de jóvenes le quitó la cartera, en la que sólo tenía 15 pesos, una bolsa con cambio y el teléfono semipúblico del local.

Rubeis vive en el barrio platense de Los Hornos y todos los días toma un colectivo, a las 6.10, que la lleva hasta la esquina de las calles 122 y 532, donde se encuentra una de las sucursales de la cadena Frigorífico CERB Ganadera. Durante la media hora de viaje hace un repaso mental de todo lo que tiene que hacer en el día.

Con sus hijos sólo se reencuentra a las 22.30: "El negocio no tiene horario corrido, pero yo me quedo para ahorrar dos viajes y, de esa manera, hacer que mi sueldo rinda un poco más", asegura.

El miércoles último tenía que abrir la carnicería a las 16.50, pero desde hacía media hora el barrio estaba convulsionado por los saqueos que cometía casi un centenar de personas enfurecidas.

"Llamé por teléfono al dueño y me dijo que esperara un poco más. Yo veía que cada vez estaban más cerca. A las 18 volví a llamarlo y me dijo: "Abriles la puerta y que se lleven todo lo que quieran»", contó Liliana.

Pero la mujer ni siquiera alcanzó a rodear el mostrador, porque una lluvia de piedras destruyó las vidrieras y el local fue invadido: "Me escondí en un costadito para que no me tiraran cascotes o vidrios. Pero no podía creer lo que veía: además del caos y el desastre, porque rompían todo, había muchos clientes de la carnicería llenándose las manos. Pensaba en mis hijos, que estaban solos, y sentía ganas de desaparecer de ese lugar".

Su miedo se transformó en indignación cuando vio a los jóvenes que arrebataban su cartera y el dinero y arrancaban el teléfono semipúblico.

"A mí el sueldo no me alcanza, pero no salgo a robar negocios. Los clientes que saquearon nunca más aparecieron por acá", dijo con la voz firme.

Ese día pudo volver más temprano a su hogar. "Pero antes fui a ver a mi papá, que sufre del corazón, para decirle que estaba bien. El me llevó hasta casa", contó Liliana.

Lucas y Silvina ya sabían lo que había ocurrido. Una vecina que tiene televisión por cable les había avisado que su madre estaba en las imágenes, en medio de una batalla campal.

"El más chico corrió, me abrazó fuerte y empezó a llorar de una manera... con una congoja...", dijo la mujer, y no pudo terminar la frase.

Después de un llanto compartido y catártico, cada uno se bañó y Liliana preparó la cena. Luego, durmieron. Al día siguiente se despertó a las 4 y se levantó a las 5, porque ya no podía dormir: "En mi cabeza tenía la imagen de la gente arriba del mostrador".

A las 6.10 tomó el micro.

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