Sin autocrítica. Sin pruebas. Sin pésame

Martín Rodríguez Yebra
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27 de enero de 2015  

Encontró un autor intelectual: el espía Antonio Stiusso. Sugirió el nombre del autor material: el informático Diego Lagomarsino. Y dejó bien en claro quién había sido la verdadera víctima: ella.

La Presidenta le habló finalmente a una sociedad conmocionada desde hace una semana por la muerte de Alberto Nisman. Expuso sus certezas desprovistas de pruebas para describir un complot ideal que esclarece no sólo la desgracia del fiscal que la acusó de encubrir a los terroristas que volaron la AMIA.

La trama explica también las denuncias de corrupción que se acumulan contra ella y su entorno. Nada es casual, como le gusta decir.

Hasta la puesta en escena reforzaba la idea. Eligió mostrarse vulnerable, sentada en una silla de ruedas y con la bota ortopédica a la vista, lejos del escritorio que suele usar para sus discursos por cadena nacional.

Ajena a cualquier autocrítica, Cristina Kirchner intentó construir un alegato de defensa de su gestión de la causa AMIA, pero terminó por redondear un relato inquietante del Estado que ella conduce desde hace ocho años. Un país en el que oscuros agentes de los servicios de inteligencia son capaces de comprar voluntades, extorsionar y hasta matar para defender su poder.

La respuesta que ofreció fue una reforma del aparato estatal de espionaje preparada de urgencia durante el fin de semana. Así, enmarcó la muerte de Nisman en la guerra paraestatal desatada en los últimos años y que su gobierno falló en controlar.

Pero el cambio propuesto aporta poco más que un cambio de nombre. La futura Agencia Federal de Inteligencia retendrá gran parte de las funciones de su predecesora. Se le encomienda explícitamente involucrarse en investigaciones de delitos complejos, entre los que se incluyen los "económicos y financieros" -una puerta abierta a las arbitrariedades del Gobierno-.

Al nuevo organismo le quitará el área de escuchas telefónicas: decidió transferírsela a la Procuración General. Es decir, le entrega el monopolio de los secretos a Alejandra Gils Carbó, la abanderada de la justicia militante. La reforma saltea a la inteligencia militar, bastión del cada vez más influyente general César Milani. El kirchnerismo no perderá el control de un resorte de poder del que hizo uso y abuso en los últimos 12 años.

Al dinamitar la vieja SIDE, la Presidenta intenta dibujar un ideólogo en las sombras de la muerte de Nisman. Del asesinato, aunque se cuidó de no decir la palabra.

La lógica implícita de su discurso por cadena nacional es que Stiusso y el sector de los servicios que se opuso al acuerdo con Irán por la causa AMIA convirtieron a Nisman en un instrumento de venganza. Le escribió la denuncia de encubrimiento y se encargó de eliminarlo para que las sospechas embarraran al Gobierno.

Puesta a dilucidar el misterio, insinuó que Lagomarsino podía ser algo más que el hombre que le prestó un arma a Nisman un día antes de morir. Presentó dos pruebas irrefutables: el hombre es un "feroz opositor" al kirchnerismo de acuerdo con sus expresiones en Twitter y, para colmo, uno de sus hermanos trabaja en una firma del Grupo Clarín -algo que la empresa desmintió al instante-.

No ofreció hipótesis alguna para explicar por qué las fuerzas de seguridad a su cargo no pudieron proteger a un funcionario judicial que estaba bajo amenaza y que había presentado una denuncia incendiaria contra la cúpula del Gobierno.

Desde anoche la fiscal y la jueza que investigan cómo murió Nisman cuentan con la presión adicional de saber qué resultado espera la Presidenta.

"A mí no me van a extorsionar. No les tengo miedo", dijo Cristina Kirchner sobre el final de su discurso.

Una población que esperaba mensajes tranquilizadores en este verano de espanto se encontró con la declaración de otra guerra imaginaria. Tan carente de empatía que ni siquiera fue capaz de incluir el cortés consuelo de un pésame a la familia de un hombre muerto.

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