Sombras en la sucesión

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION
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23 de mayo de 2013  

Cuando el ex presidente de México Vicente Fox se encaminaba a dejar el poder, contrató a un consultor y le dijo: "Necesito mejorar mi imagen para que quien me reemplace no encuentre ventajoso ensañarse conmigo investigando casos de corrupción".

Fox puso el foco en un problema que amenaza el proceso sucesorio de Cristina Kirchner. Los escándalos que sacuden a su administración y a su entorno familiar reducen las opciones para elegir un delfín. En los términos de Fox: dado el deterioro del prestigio presidencial, a quien ocupe la Casa Rosada a partir de 2015 le puede resultar muy tentador congraciarse con la opinión pública subiendo al patíbulo a figuras estelares del gobierno actual.

Esta dinámica tiene efectos paradójicos. La caída en la popularidad, en vez de inspirar en el oficialismo un movimiento de regeneración, induce a un mayor repliegue. Cuanto más amplio es el descrédito, más urgente la necesidad de garantizar la lealtad del legatario. La forma extrema de esa fianza es la reelección. Como parece inviable, desde el corazón del oficialismo se lanzó un candidato cuya fidelidad estaría asegurada: Diana Conti y Edgardo Depetri postularon a Amado Boudou para 2015. Nadie imagina arrebatos revisionistas en Boudou.

La Presidenta está paralizada en medio de la crisis. Apena s atinó a ordenar a Lázaro Báez lo que algunos periodistas piden de ella: que abra las puertas de su casa para demostrar que no hay una bóveda. Es el colmo del debate para quien, en Egipto y hace más de mil años, fue arquitecta.

La otra respuesta a las denuncias fue autoincriminatoria: el Gobierno indicó a la AFA que haga coincidir los partidos con Periodismo para Todos , el programa de Jorge Lanata, para televisarlos en ese horario por Canal 7. A fin de que quede claro que la TV oficial será puesta al servicio de una maniobra de ocultamiento, Gabriel Mariotto confesó que el Gobierno necesita un programa más competitivo que el de Víctor Hugo Morales o 6,7,8 . Todavía no se sabe qué efecto tendrá el cambio sobre el nivel de audiencia de Lanata. Lo único seguro es que, en el empeño por "democratizar la palabra", el kirchnerismo terminó silenciando a sus propios apologetas, condenados ahora a un horario marginal. Estrafalaria forma de censura.

La administración carece de una defensa más firme que estos reflejos rudimentarios. El gabinete está desgastado y la señora de Kirchner se resiste a cualquier renovación, abrazada al viejo consejo de su esposo: "No saques a nadie, porque los echados empiezan a contar cosas de vos". A juzgar por varios ejemplos, tenía razón.

Los funcionarios que no exhiben grandes heridas de combate no se acercan a las llamas. Como las revelaciones sobre movimientos de dinero se reducen a la familia de la Presidenta y su entorno empresarial, la dirigencia política siente que el drama le es ajeno. Esta indiferencia se proyectó la semana pasada sobre el Congreso. Nunca Miguel Pichetto y Aníbal Fernández fueron tan generosos con el tiempo concedido a la oposición como durante la reunión de comisiones en que se discutió el blanqueo. Hasta hubo un episodio hilarante cuando un peronista sugirió que la defensa de ese polémico proyecto quedara a cargo de la senadora por Santa Cruz. Como se llama María Ester Labado, debió volver sobre sus pasos.

Los empresarios también se distancian del alboroto. Cristóbal López, por ejemplo, extranjeriza sus compañías y, mientras tanto, recurre a algunos poderes permanentes para dejar sentado: "Mi fortuna no se hizo con este gobierno. Trabajo desde los 14 años. El casino me lo asignó Duhalde y no soy el único socio. Yo me sentía amigo de Kirchner, pero nunca supe si él se sentía amigo mío". Estas excusas, sin embargo, no alcanzan para que algunos estudios jurídicos lo acepten como cliente.

Todo se aleja. Pero es la propia Cristina Kirchner quien, con su estilo de liderazgo, se ha privado de una red de contención. La idea de que la política se agota en el vínculo carismático entre ella y "su pueblo" resulta verosímil cuando se disfruta de un 70% de imagen positiva. En la pendiente, acelera la caída. El Gobierno no dispone de un gabinete o un elenco partidario que le sirva de resguardo. Tiene un solo escudo: la Presidenta emitiendo tuits o perorando por cadena nacional. Demasiado poco, sobre todo porque su discurso se va reduciendo a un inventario de logros, recitados con el tono de un reproche.

La falta de empatía de la Presidenta para las relaciones personales no es ajena a los escándalos que la tienen desvelada. Testigos de la vida cotidiana de Olivos aseguran que ella estaría pagando el precio de haber cortado con una corriente de dinero que fluía, a través de intermediarios, hacia las manos de su esposo o de Daniel Muñoz, el secretario que acaba de ser imputado por el fiscal Ramiro González. Uno de esos habitués lo explica así: "Cuando Néstor murió, Cristina dijo: «No quiero saber nada de lo que sucedía antes». Hubo empresarios que debieron regresar desde Olivos con la valija que habían llevado. A un famoso funcionario, cercano a dos fuerzas de seguridad, le ocurrió lo mismo". Según estas fuentes, la Presidenta no previó que su desdén no interrumpiría los negocios, que siguieron realizándose, sin monitoreo. "Así se llegó al escándalo de (Leonardo) Fariña y (Federico) Elaskar -dice el confidente-, con mejicaneadas cruzadas, pases de facturas y visitas a los medios para extorsionar y cobrar deudas".

La ausencia de Kirchner tuvo otra consecuencia no prevista. Muchos de sus antiguos colaboradores, arrojados del palacio por la viuda, relajaron sus costumbres entregándose a "exteriorizaciones voluntarias de activos", como el oficialismo llama al blanqueo. Muñoz o Rudi Ulloa, ya no se sienten obligados a una vida recatada en homenaje a la estética de un poder que los ignora. Al periodismo o a la oposición les bastó con mirar a aquellos a los que Cristina Kirchner había apartado de su vista para encontrar una cantera de irregularidades.

Los que conocen el submundo kirchnerista temen por las novedades que puedan aportar algunos electrones fuera de órbita. Observan a dos empresarios con complicaciones judiciales. Gustavo Juliá, detenido en España por una operación de narcotráfico, y Claudio Cirigliano, dueño del ferrocarril TBA, con prisión domiciliaria por la masacre de Once.

Juliá alquiló durante un par de años sus jets a Lázaro Báez. Ejecutivos de su empresa refieren, con asombrosa precisión, la existencia de un "avión recaudador", que paseaba por distintas capitales del interior recogiendo paquetes que contendrían dinero, generado en las direcciones de Vialidad. El destino de esos viajes, aseguran, sería siempre El Calafate. Báez terminó comprando una de esas aeronaves a Juliá. Amigos de Cirigliano aportan datos similares. Recuerdan las visitas de Ricardo Jaime y de su álter ego, Manuel Vázquez, a Olivos, para dejar bolsos en las manos del secretario Muñoz.

Los expertos en logística que divulgan estas versiones aseguran que si algún fiscal consiguiera los cruces telefónicos de los involucrados, empezando por Báez y por Fariña, el escándalo adquiriría otras proporciones. ¿Aparecería el número de Néstor Kirchner quien, por su legendaria desconfianza, no dejaba a nadie sin control? Son más que hipótesis.

El desgaste en la imagen del Gobierno resquebraja a todo el oficialismo. Y la Presidenta, en vez de ensayar alguna forma de consenso, insiste en la polarización. Anteayer, en La Plata, el kirchnerismo volvió a hostigar a Daniel Scioli. El protocolo, controlado por La Cámpora, lo ubicó en el rincón más oscuro del escenario. Cuando el locutor mencionó su presencia, lo abuchearon.

La postulación de Boudou es la otra cara del mismo maltrato. Es verdad que Conti y Depetri necesitan halagar el oído de la Presidenta para conseguir sus propias reelecciones. Pero desnudan un dato relevante: que la Presidenta se siente halagada con la postulación de Boudou para 2015.

El aval al vicepresidente demuestra la divergencia de diagnóstico que separa a la señora de Kirchner de quienes la critican. Ella no cree estar al frente de una administración en crisis. Supone que su experimento es tan exitoso que sólo se lo puede desafiar mediante un golpe de Estado que, en vez de irrumpir con los tanques en la calle, apela a las denuncias de los medios. Para ella, los que van por todo son los otros.

Estas premisas pintan un escenario en blanco y negro. Quienes aspiran a representar algún matiz prefieren retraerse. El mejor ejemplo es Sergio Massa, quien está todos los días un poco más lejos de competir en 2013. Al menos hay una buena noticia para Scioli.

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