Un camionero inmanejable

Fomenta su fama de rebelde, es amante del boxeo y evangelista; escapa al lugar común del sindicalista enriquecido
Fomenta su fama de rebelde, es amante del boxeo y evangelista; escapa al lugar común del sindicalista enriquecido
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20 de marzo de 2000  

Su primera y trabajosa conquista sindical pasó a la historia. Un jovencísimo Hugo Moyano se desempeñaba como chofer de un camión de la empresa mudadora Verga Hermanos y reclamó ante los patrones la provisión de mamelucos.

Después de días de batallar, la empresa cedió: entregó la ropa de trabajo con un enorme cartel con el nombre de la compañía en la pechera. Más allá de las valoraciones por el éxito conseguido que hacían compañeros de otras firmas, Moyano supo que esa lucha por nuevos logros para los trabajadores debía ser parte de su vida.

A los 56 años el camionero marplatense (su ciudad adoptiva, porque nació en La Plata) se encontró con su minuto de gloria cuando un congreso gremial lo impuso como secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT). Fue el jueves último, en el miniestadio de Ferro, una fiesta del sindicalismo rebelde, que volvió a mostrar la fractura del movimiento obrero.

Moyano pasó a ser el hombre que se diferenció de Rodolfo Daer, el secretario general de la CGT oficialista, que negoció con el gobierno de Fernando de la Rúa el proyecto de reforma laboral que ya tiene media sanción en el Congreso.

Cosechó fama de duro porque fue un opositor a las líneas internas de la CGT y fortaleció su fama cuando marcó diferencias con la política laboral de Carlos Menem.

Esa brecha lo llevó a fundar el Movimiento de los Trabajadores Argentinos (MTA), desde el que se erigió en una de las figuras sindicales que, en 1994, le pegó el más duro golpe a ese gobierno con un paro y una movilización multitudinaria.

Otra vez, durante una manifestación, alentó que varios trabajadores pasearan, a modo de parodia, un féretro con la leyenda "revolución productiva", una de las promesas electorales que había formulado Menem.

Se jacta, en su círculo de amigos y también ante quien quiera oírlo, de haber sido no sólo un crítico de Menem sino casi un enemigo político. Basta recordar que, en 1995, un acercamiento a Carlos "Chacho" Alvarez, distanciado definitivamente del peronismo, lo llevó a dar su apoyo a José Octavio Bordón en las elecciones presidenciales.

Perón, Rucci y Hoffa

Moyano se define como un peronista sin retorno. Su historia lo respalda. Creció al calor de la ortodoxia gremial peronista y durante los convulsionados setenta, cuando imperaba el debate ideológico, se sumó a la Juventud Sindical Peronista, que llevaba la impronta de Augusto "Lobo" Vandor.

Pero no se cansa de pregonar su admiración por José Ignacio Rucci. Dice que lo admiraba desde sus tiempos de lechuza, como llaman en la jerga de los camioneros a los que se inician y viajan al lado del conductor.

Detrás de la sonrisa franca, pero con una mirada que marca distancia, puede llegar a admitir su admiración por Jimmy Hoffa, el líder del gremio de los camioneros norteamericanos que llegó a manejar un millón de afiliados y que, finalmente, sucumbió al poder de la mafia.

Sus detractores lo castigan por lo bajo y lo acusan de infiltrar a los "pesados" del gremio de los camioneros entre los barrabravas de Independiente, club del que es hincha. Dicen, con simplismo, que hace lo mismo que Hoffa.

La historia más oscura de los muchachos de Moyano se asocia con un congreso gremial en Ezeiza. Agosto de 1996. La reunión del comité central confederal de la CGT tenía como misión anunciar formalmente que cumpliría un paro de 36 horas.

Disparos incluidos

Cuenta la historia reciente que la columna que guiaba Moyano pretendió entrar, con chapa de guapos, en el predio donde debía realizarse el congreso. En la puerta, trabajadores del gremio de la construcción (Uocra) se lo negaron. Creció la tensión, sonó un disparo de arma de fuego y se produjo la batahola. El resultado: seis heridos y el total desprestigio para Moyano.

No fue el único incidente en que se vieron envueltos los camioneros. El 20 de noviembre de 1997, una marcha convocada por la CGT contra la aduana paralela volvió a terminar en escándalo. Si bien no hubo heridos, los camioneros se trenzaron con otros sectores.

"¡Negro (así lo apodan a Moyano), paralos! ¿No ves que van a hacer un desastre?", imploró otro dirigente que compartía la tribuna con el camionero antes del comienzo del acto.

Demudado, lívido y tomándose la cabeza, Moyano no hizo ni una seña para controlar a sus muchachos. Sobrevino el caos. Los que lo vieron flaquear aquella vez pusieron en duda su fama de duro.

Es amante del boxeo y hace un culto de la familia. Es evangelista y siempre pone a resguardo su vida privada. Aunque traiciona esa regla cuando el tema gira en torno de las travesuras de sus cinco nietos.

Del medio campo al frente

Los que lo conocen hace mucho no dudan en afirmar que lleva una vida sana, la misma casi que en sus épocas de futbolista.

Moyano fue un destacado mediocampista del Pompeya, un equipo de la B de la liga marplatense. También llegó a jugar en Unión, pero el trabajo lo obligó a postergar su sueño de llegar al círculo grande del fútbol.

No se mueve en autos importados con vidrios polarizados, no usa relojes suizos ni vive en una mansión o algo parecido, como otros dirigentes gremiales.

"Yo soy un simple trabajador", repite con monotonía Moyano cuando se sienta a charlar sobre estrategias sindicales, muchas veces asado de por medio y con algún tango de fondo.

Su capital lo hizo, cuenta, en tiempos en que fue diputado provincial del Partido Justicialista, en 1991.

Con la fuerza que le dieron los años y sus aliados políticos llegó a ser una figura con peso propio. Mucho tienen que ver el transportista Juan Manuel Palacios, Gerardo Martínez (Uocra), el mecánico José Rodríguez y los míticos Lorenzo Miguel (UOM) y Saúl Ubaldini (cerveceros).

Con ellos, Moyano se envalentonó y le hizo el primer paro con movilización a Fernando de la Rúa, hace un mes. "Yo no me entrego ni me vendo, y no estoy solo", pregonó desde un palco que dio la espalda a la Casa Rosada.

Era el principio de la fractura del movimiento sindical. "Los gordos", como se conoce a Daer, al mercantil Armando Cavalieri, a Carlos West Ocampo (sanidad), a Oscar Lescano (Luz y fuerza) y a Luis Barrionuevo (gastronómicos), entre otros, no podían hacer más que criticar a Moyano por su actitud antidialoguista con el Gobierno.

No le importó. Dio el portazo. Sabe que está en el centro del escenario y no lo amedrenta sumar nombres a su lista de enemigos o, simplemente, de rivales políticos: Menem, Armando Caro Figueroa, Daer y, ahora, el ministro de Trabajo, Alberto Flamarique.

Pero se lo toma con humor. Y dice: "Como buen camionero que soy, nunca pudieron manejarme".

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