Un intento por ahuyentar el malhumor social

Pablo Morosi
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6 de abril de 2014  

LA PLATA.- En diciembre de 2007, en su primer mensaje a la Legislatura, Daniel Scioli dijo que, como gobernador, su principal preocupación era revertir los acuciantes niveles de inseguridad y violencia que soportaba el principal distrito del país. También señaló que la lucha contra el delito lleva tiempo y no existen soluciones mágicas. Ayer volvió sobre ese concepto.

Inmerso en una carrera contra el reloj por sus aspiraciones presidenciales, Scioli intentó ayer aventar el creciente malhumor social por la inseguridad frente a los últimos casos registrados en el conurbano, que se sumaron a la polémica por los linchamientos de delincuentes.

Busca mostrar un gobierno cohesionado, activo y preocupado frente a la población. Sabe que del resultado de esta maniobra dependen buena parte sus anhelos.

La política de seguridad provincial ha estado guiada por cambios constantes desde la recuperación de la democracia, en 1983. Scioli heredó una declaración de estado de emergencia policial, como la decretada ayer, dictada por Felipe Solá, y la mantuvo hasta 2010. Ahora vuelve a ellas para enfrentar viejos problemas.

Scioli reunió y dividió dos veces las carteras de Justicia y Seguridad. La última que lo hizo fue en septiembre pasado, cuando recurrió al intendente de Ezeiza, Alejandro Granados, para generar un golpe de efecto frente a un electorado que marcaba la inseguridad al tope de sus preocupaciones. Granados es el tercer ministro de la gestión sciolista en el área más sensible. Sus antecesores Carlos Stornelli y Ricardo Casal tuvieron muchas dificultades para paliar el avance de la violencia delictiva y dejaron el cargo en medio de cuestionamientos.

Para la oposición y para distintos especialistas en materia de seguridad ciudadana, la gestión del área en la era Scioli generó un fuerte golpe de timón al desandar la reforma de León Arslanian, que buscaba controlar la corrupción y los abusos funcionales de la policía provincial sobreponiéndole una conducción política.

En contraste, Stornelli reinstauró la cúpula policial y les devolvió a los hombres de la fuerza el manejo de las políticas contra el delito. Lo que se conoce como el autogobierno policial. Estas medidas enfrentan al gobernador con el kirchnerismo.

Ayer, el gobernador insistió en que, como el delito cambia, el Estado debe adecuarse para perseguirlo. Ayer Scioli pareció apostar más bien a sumar efectivos a las tareas de patrullaje callejero para paliar la situación, no tanto a las tareas de prevención es eficaz. Enfático como pocas veces, ayer Scioli buscó como paraguas una frase del papa Francisco para hablar del principal origen del problema de la inseguridad: la persistencia de la exclusión de amplios sectores sociales, pero que impacta en el corazón de su alianza con la Casa Rosada.

Así, frente a un escenario complejo y adverso, y en medio del vacío que genera la inexistencia de un discurso presidencial sobre la inseguridad y el avance de las banderas de Sergio Massa, su principal contrincante en la carrera hacia la Casa Rosada, Scioli busca irrumpir con su propia impronta, como si estuviera parado solo en un ring frente a un rival feroz e inclemente: la delincuencia.

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