Un juez en la montaña rusa

Hernán Cappiello LA NACION
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22 de diciembre de 2009  

Norberto Oyarbide está acostumbrado a las emociones fuertes. Su carrera judicial de casi 15 años se parece a la montaña rusa: estuvo en lo más alto cuando manejó causas pesadas para el poder y en lo más bajo cuando estuvo a punto de perder su cargo en un juicio político, luego de que se difundieran por televisión imágenes suyas en un burdel gay.

En todos los casos demostró cintura política para defenderse de las acusaciones en la adversidad y salir airoso, aún cuando sobreseyó a los poderosos. Oyarbide fue capaz de dosificar su exposición pública al mostrarse en causas resonantes -como la de la mafia de los medicamentos, Skanska, o el enriquecimiento del ex secretario de Transporte Ricardo Jaime- que lo invistieron los últimos seis meses de un halo de superjuez. Cuando estaba en la cima de esa popularidad, sobreseyó al matrimonio presidencial, como si el aura de independencia que se había ganado pudiera hacer pasar inadvertida su resolución, por otra parte, muy prenunciada en los despachos de tribunales.

Oyarbide, de 53 años, gustos refinados y muy cuidadoso en el vestir, ingresó en los tribunales como pinche en 1984, hizo la carrera judicial, ganó por concurso un cargo de secretario y llegó a ser fiscal federal durante el menemismo, cuando León Arslanian fue ministro de Justicia.

En menos de cuatro años su carrera se enturbió cuando un adicionista del restaurante el Mirasol, lo denunció por amenazas y salió a la luz pública un video en un burdel homosexual. Se lo cuestionó porque se sospechaba que merced a sus aceitados vínculos con la Policía Federal protegía este tipo de establecimientos.

Todo el proceso fue un escándalo. Oyarbide confesó sentirse "un muerto social" y verse "como el Río de la Plata". Hoy asegura que su fe religiosa, a la que se abrazó más que nunca en ese momento, fue su consuelo. El 11 de septiembre de 2001, el Senado lo absolvió. Su reivindicación judicial fue lenta y silenciosa. Abandonó el alto perfil y se dedicó al trabajo con puntillosa obsesión. En tribunales le reconocen su apego a ocuparse de los detalles y supervisar el trabajo.

Volvió a exponerse a las miradas, cuando alternaba sus tardes en Comodoro Py con jornadas de relax en el spa Colmegna, del microcentro, famoso por sus masajes. Dejó pasar algunos años para regresar al Mirasol, de La Recova. Pero volvió y ahora es habitual verlo almorzar hasta tarde en una mesa de un rincón apartado, que utiliza como si fuera la extensión de su despacho.

En el gobierno su interlocutor es el jefe de gabinete Aníbal Fernández, con quien mantiene buen diálogo.

En sus épocas de alto perfil, suele recibir a los periodistas con anteojos negros en la puerta de su casa, a media mañana, antes de salir para su despacho. Sus conferencias de prensa diarias le valieron una reprimenda de sus superiores de la Cámara Federal, quienes le recordaron el decoro que deben guardar los magistrados. Fue sólo una advertencia.

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