Un maestro de la supervivencia

El ex presidente logró reconstruir su poder político y procura volver
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1 de mayo de 2003  

Marcó a fuego la década que lleva su apellido y, más sintomático y premonitorio aún, marcó desde el ostracismo los años de lo que parecía su muerte política, cuando sólo los suyos seguían llamándolo "presidente".

Carlos Saúl Menem realizó dos obras enormes por las cuales se lo vitupera y elogia con una simetría geométrica.

La primera fue cambiar para bien o para mal el país que recibió de un Raúl Alfonsín que dejó el gobierno con anticipación.

La otra obra -consecuencia parcial de la anterior- fue, y es, conservar el poder. Para ello contó con socios involuntarios. La Alianza, que se había improvisado como su contracara, lo reemplazó para continuar su política económica. Y lo que alguna vez pareció su oposición más firme, la de Elisa Carrió, se construyó a partir de la denuncia del menemismo, y en esa denuncia pareció agotarse.

Finalmente, casi todo cuanto hizo y deshizo Eduardo Duhalde fue con Menem como punto de referencia. Es decir, contra Menem.

Así se mantuvo y creció después de no figurar en las encuestas porque su intención de voto no llegaba al zócalo de los sondeos.

Una de las claves para entender a este descendiente de sirios nacido hace 72 años en el pueblo riojano de Anillaco es que creció en la política y en el poder como un marginal.

La dictadura militar lo arrancó de la gobernación de La Rioja, en la que hizo gala de eclecticismo político, para confinarlo en el buque 33 Orientales.

En julio de 1989 ocupó la Casa Rosada y de un manotazo dio vuelta al peronismo y le arrió las banderas. Jibarizó el Estado privatizando sin mucha prolijidad empresas públicas que pasaron a operadores internacionales y grupos locales asociados.

Agotadas las privatizaciones, el régimen tuvo que financiarse con deuda externa. El ministro de Economía Domingo Cavallo había derrotado la inflación del 4900% anual y había instaurado la estabilidad económica a costa, según algunos de sus adversarios, del desempleo.

En la década menemista la desocupación subió del 6 al 14% y la deuda externa creció de 59.000 millones de dólares a 140.000 millones.

Pero también fue la época de la estabilidad económica y política, por lo que mucha gente lo valora, y de los viajes al exterior para una gran porción de la clase media gracias al uno a uno. La época en que terminaron las asonadas militares con la derrota de los carapintadas aquel 3 de diciembre de 1990.

"Si negociábamos -contó- íbamos a estar igual que antes, con eso de "la casa está en orden". A mí no me harían lo que le hicieron a Alfonsín." No se lo hicieron. Un mes después indultó a los ex jefes de las juntas del Proceso y a Mario Firmenich.

También fue la época del alineamiento total con los Estados Unidos y la época de las buenas relaciones con Israel, pese a las voladuras de su embajada y de la AMIA.

Uno de los factores decisivos para su permanencia en el poder y su supervivencia fuera de él ha sido su capacidad para establecer acuerdos.

Con Alfonsín acordó el Pacto de Olivos el 14 de noviembre de 1993, que le permitió la reelección y marcó el ocaso de la oposición radical.

Tras dejar la Presidencia, la causa del contrabando de armas lo llevó a prisión. No fue el único escándalo que sacudió su gobierno. Una justicia acusada de lenta y a veces de presuntamente adicta impidió que llegaran a mayores el Yomagate, IBM-Banco Nación y el contrabando de oro, casi todos salpicados de muertes de causa dudosa.

Los casi dos años y medio en que Menem estuvo fuera del poder fueron los de mayores revelaciones sobre muchos de esos escándalos, que llevaron a 23 de sus ex funcionarios a la Justicia.

Que el ex presidente no sucumbiera en ese clima es un logro sorprendente.

Más sorprendente aún es el fracaso de sus opositores.

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