Un país mejor o uno que parezca nuevo

El nuevo gobierno desoyó el reclamo del anterior cacerolazo y debió sufrir otra insurrección pacífica
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30 de diciembre de 2001  

Hace poco más de una semana, el tin tan de las cacerolas, ollas, sartenes y latitas de gaseosas puso fin a un ministro y casi inmediatamente a un gobierno, al que poco antes episodios más violentos o delictivos habían hecho tambalear. Anteanoche, las mismas, pero ya mucho más maltratadas y abolladas cacerolas desalojaron de la estrecha vecindad de un nuevo Presidente a uno de los dirigentes políticos más cuestionados por la sociedad en la última década.

Anteayer, como hace siete días, la espontánea, pacífica y multitudinaria protesta obtuvo un rápido y contundente resultado, producto tanto de la fuerza real de los manifestantes como de la debilidad que depara a los destinatarios del reclamo el cenagoso piso de su representatividad.

Anteanoche, otro gobierno volvió a temblar, aunque las imágenes de violencia del final de la protesta, que obligaron a los manifestantes pacíficos a dispersarse, hayan sido para las flamantes autoridades, curiosa y sugestivamente, demasiado parecidas a la salvadora campana que marca el final de un adverso round de boxeo.

Una vez más, y casi como una burda metáfora de su pertenencia social, los que reclamaban sin excesos habían quedado en el medio. En el medio del descontrol de unos y la falta de respuestas o la sordera de otros. En el medio de esa sensación de desprotección e incertidumbre que ya no los paraliza, sino que los moviliza, aunque, anteayer, como hace una semana, no tuvieran líderes ni esperados salvadores a la vista para reemplazar a los que quieren echar.

Tal vez por eso, ni la violencia que pretende desnaturalizar sus reclamos y los asusta consigue paralizarlos. Los que cambiaron su pertenencia a la mayoría silenciosa por la inclusión en la orquesta del tin tan se aprestaban desde las primeras horas de la tarde de ayer para un nuevo concierto. Y ya han puesto a funcionar su eficiente máquina de convocar, todo un símbolo de una nueva era y del sector al que mayoritariamente representan: el e-mail.

Si hace 12 años, como muchos dicen, a la cortina de hierro terminó de levantarla la televisión, se puede decir que a las autoridades nacionales las tienen por el aire con Internet.

En apenas horas, la red de redes es un gigantesco pregonero que pone en alerta y en marcha a cientos de miles de personas. El correo electrónico potencia y amplifica la bronca, el reclamo; transmite con rigor el desprecio que algunos dirigentes generan en la sociedad.

Aunque algunos de sus prontuarios puedan estar engrosados por el desprecio, la percepción, la intuición y hasta el imaginario colectivo, al que ya ningún exabrupto o exceso de muchísimos de sus dirigentes consigue sorprender. Así nadie duda de la espontaneidad y legitimidad de los cacerolazos, como sí sobran las sospechas sobre las motivaciones, los impulsos y los objetivos de los violentos.

Los cacerolistas de Hamelin ahora desde el e-mail y las radios -otro fenomenal instrumento de movilización espontánea- proponen no protestar más allá de los límites de sus balcones y zaguanes para no exponerse a la provocación o para no aportar combustible a un fuego al que los responsables en apagarlo parecen no prestarle demasiada atención.

Al menos eso se desprende de lo que presumen y dijeron ante cada micrófono que se les acercó los que anteayer protestaron.

Esta vez el hartazgo fue corporizado por el incomprensible festival de risas de quienes en realidad se habían presentado como los médicos que atenderían a un enfermo muy grave, por la imposición de cargos y la recepción a dirigentes que hace ya más de 10 años que no consiguen revertir el descrédito social, por la sucesión de anuncios y promesas, muchos contradictorios y varios angustiantes, y por las ambiciones de perpetuidad en medio de la precariedad y la provisionalidad de la mayoría.

Un sector de la sociedad busca, sin duda, un país que sea mejor. Otros, simplemente un país que sólo parezca nuevo. Dependerá de qué lado se incline la balanza para recuperar la necesaria credibilidad en la dirigencia y restablecer la imprescindible fortaleza de las instituciones, debilitada por la sordera y la falta de respuesta y por la desesperación y la angustia.

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