Un repliegue de los Kirchner

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION
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23 de julio de 2008  • 16:21

El reemplazo de Alberto Fernández por Sergio Massa en la Jefatura de Gabinete significa, antes que nada, un repliegue de los Kirchner. Massa es uno de los jóvenes dilectos del almácigo de Olivos. Más que Juan Manuel Urtubey, más que Jorge Capitanich, más que Florencio Randazzo. Por eso recibió el premio. Aunque es imposible saber si él, que se sueña gobernador bonaerense y presidente de la Nación, no habrá entendido la designación como un castigo.

El nuevo jefe de Gabinete cultiva la intimidad de los Kirchner. Pertenece al elenco estable de los fines de semana de Olivos, donde además de jugar al fútbol accedió durante los últimos años a lecciones semanales sobre los criterios con que la pareja gobernante administra el poder y el gobierno.

Además de ese vínculo primario, Massa selló hace tiempo una alianza con Julio De Vido, que se extiende más allá de la militancia oficialista. Acaso como ningún otro contertulio de la quinta presidencial, el joven intendente de Tigre urdió en los últimos años una red de relaciones personales con los principales hombres de negocios que integran el capítulo empresarial del kirchnerismo.

Alberto Fernández había decidido hacía tiempo alejarse del Gobierno. Antes inclusive de la votación de las retenciones móviles en el Congreso. Pero si hubo un indicio que precipitó su decisión fue la festiva estatización de Aerolíneas Argentinas protagonizada, el lunes, por sus enemigos internos, De Vido y Ricardo Jaime. Dicen que la fiebre que le impidió asistir al acto en el Salón Blanco le permitió a Fernández meditar sobre su inserción en la política. Tal vez no hacía falta la fiebre y hubiera bastado con las imágenes televisivas de esa ceremonia. Fue el último motivo para su larga disidencia.

Con la incorporación de Massa al gabinete los Kirchner privilegiaron un objetivo: terminar con la guerra de bandos en su propio equipo. La administración del conflicto entre dos alas enfrentadas suele ser una estrategia adecuada para cuando se atraviesa una era de bonanza política. Las crisis, en cambio, suelen aconsejar a los líderes la supresión de matices y la reducción del pluralismo. Al contrario de lo que espera, en esos casos, la opinión pública.

Las hostilidades declaradas contra Julio Cobos fueron la primera manifestación de esta tendencia. ¿La designación de Massa es, más sutil, la segunda? De cómo se conteste esta pregunta depende, es muy probable, el curso que tome la crisis del oficialismo.

Jovial, bien articulado, pragmático -lo demuestran las variaciones de su foja de servicios, que van desde la Ucedé al duhaldismo pasando por la adhesión a Palito Ortega- y dialoguista, el nuevo jefe de Gabinete es a pesar de su corta edad un político ultraprofesional. Posee el arte suficiente como para disimular detrás de un cambio de superficie una fenomenal inercia de fondo.

Por eso habrá que observar su agenda, muy precisa y urgente, para detectar si este ascenso es un giro o una manera de garantizar la continuidad bajo un nuevo ropaje: desde la normalización del Indec y el sinceramiento de las estadísticas, hasta la reconexión con el mercado internacional de crédito y la definición sobre la deuda con el Club de París; desde la contención del gasto público y la asignación de subsidios, hasta la moderación de la política salarial, ese temario es un papel de tornasol para interpretar si se adoptará una nueva lectura de los problemas del país o si, en cambio, estará más garantizado que antes el acatamiento a las obsesiones de Néstor Kirchner.

Un enigma clave para quienes en las últimas horas pidieron autocríticas. Entre ellos, el primero, Daniel Scioli. También para controlarlo a él y a su crucial provincia de Buenos Aires se destacó esta mañana, al lado de la Presidenta de la Nación, a un intendente del conurbano.

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