Una apuesta al fin del peronismo

Joaquín Morales Solá
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23 de abril de 2014  

Prometer que no robarán, que dialogarán y que respetarán las reglas del juego democrático puede parecer una oferta demasiado módica. Pero las promesas deben ser coherentes con el tiempo que les toca.

La condición elemental del documento frenteamplista presentado ayer en sociedad no habla mal de sus firmantes; sólo describe los apetitos básicos de una sociedad que se está despidiendo de un largo y errático gobierno. Lo que el Frente Amplio-UNEN promete es lo que falta. Sobran los errores. Ya los conocemos.

Una política fanática, una sociedad duramente dividida, una economía aislada y pequeña para su potencialidad, una devastada noción de la moral pública, un sentido autoritario del poder democrático. Eso es la herencia que está en juego.

Resulta hasta conmovedor que la Presidenta haya reducido las conquistas de más de una década de poder kirchnerista a una buena temporada turística en Semana Santa. ¿Cuántos argentinos se movilizaron en esos días no laborables? ¿Un millón y medio? ¿Dos millones? Menos del 5 por ciento, en el mejor de los casos, del total de la sociedad argentina.

La Presidenta sabe que se va, irremediablemente, pero no le gusta el país que dejará. Su discurso está impregnado de esa queja que no dice. Prefiere subrayar, como siempre, que se trata de una realidad fabricada por los periodistas. Jamás reconocerá que es el resultado de la construcción que ella misma hizo de la realidad.

¿El final de Cristina será el final del peronismo? El Frente Amplio apuesta a que la sociedad argentina está dispuesta a soltarles la mano a los peronistas. Es cierto que varias encuestas señalan una creciente fatiga social con el peronismo, después de que éste ha gobernado 23 de los últimos 25 años.

Sin embargo, debe señalarse que la sociedad argentina es una cosa cuando les habla a los encuestadores y resulta otra cosa en un domingo de elecciones.

Es igualmente veraz que el kirchnerismo dilapidó uno de los capitales más valiosos del justicialismo, que era el control de la calle. Ya sea por la rebeldía piquetera o por el increíble apogeo del delito, los argentinos han perdido su relación con el espacio público en ciudades y pueblos.

La decadencia de la economía eliminó, además, otra garantía que el kirchnerismo le daba a la gente común. Nunca aseguró el orden público, pero les garantizó a los argentinos durante varios años que un alto consumo, peligrosamente promovido, les aportaría una cómoda vida dentro de sus casas. Las cosas ya no están bien ni dentro ni fuera de la casa.

¿Está la Argentina preparada para ser gobernada por una dirigencia no peronista? Ésa es una pregunta sin respuesta. Desde Elisa Carrió hasta Mauricio Macri, pasando por el radicalismo y el socialismo, todos creen que un gobierno sin peronistas podría cambiar la historia del país. No hay mucha experiencia previa en los últimos 30 años de democracia. En rigor, esa experiencia sin peronismo sucedió, desde 1983, sólo en los cincos años y medio de Raúl Alfonsín.

La Alianza que ganó en 1999 tenía ya un fuerte componente peronista, que le aportó su coalición con el Frepaso, integrado mayoritariamente por viejos militantes peronistas. De hecho, muchos funcionarios de la Alianza, que entonces provenían del Frepaso, integraron e integran el gobierno de los Kirchner. El Frente Amplio que se presentó ayer tiene sólo una pincelada peronista con la presencia de Pino Solanas, que tiene más trayectoria que actualidad en el justicialismo.

La novedad histórica es que el peronismo está sufriendo, por primera vez desde su fundación, las consecuencias de las políticas dispendiosas que aplicó.

Ni Perón ni Menem debieron hacerse cargo de eso. Ninguno de ellos tuvo un tercer mandato consecutivo, como sí lo tuvo el kirchnerismo a través de los dos Kirchner.

Por primera vez desde 2003, también, el peronismo padecerá una fuerte división de su propio voto en elecciones presidenciales. Los dos Kirchner unificaron el voto peronista en 2007 y en 2011; sólo en elecciones legislativas el peronismo fue dividido en los años kirchneristas.

Si Sergio Massa y Daniel Scioli están condenados a la separación, la pregunta que hay que hacer es si les pasará lo mismo a los que no son peronistas. En la cúpula del Frente Amplio se discute sobre ideologías. En las segundas líneas con ambiciones en provincias y municipios se debate sobre el poder.

Arriba tienen predilección por las categorías de izquierda y derecha. Más abajo quieren llegar a los gobiernos locales y para eso necesitan al Pro de Macri. Esa diferencia crucial sobre la materia en discusión es el principal problema de la coalición presentada ayer.

Algunos dirigentes frenteamplistas temen que, al final, las elecciones de 2015 terminen por ser una interna abierta del propio peronismo. Igual o parecido que en 2003.

Los argentinos se harían cargo, en tal caso, de resolver la interna entre Scioli y Massa. Es en ese punto donde apareció la figura de Mauricio Macri. "La República es más importante que las ideologías", dijo ayer Carrió, la primera que planteó la necesidad de analizar la incorporación de Macri a la interna del Frente Amplio. El intenso debate frenteamplista de los últimos días, debe aceptarse, colocó a Macri en una lugar expectante entre los presidenciables que antes no tenía.

No obstante, tanto Carrió como Ernesto Sanz, presidente del radicalismo y candidato presidencial, creen que la eventual incorporación de Macri sólo será, si es, al final de un proceso lento, arduo y difícil.

Macri no dice nada, pero tampoco le gusta que su nombre esté dando tantas vueltas en medio de una interna en la que no mostró, hasta ahora, voluntad de participar. El problema de Macri es el mismo que el de Hermes Binner o el de muchos radicales. ¿Cuántos votos perdería cada uno de ellos si todos se aliaran en una misma constelación? ¿Qué harían los socialistas de Binner si debieran votar por Macri? ¿Qué dirían los seguidores de Pro si debieran elegir a Binner?

El nombre Frente Amplio provoca interpretaciones distintas entre los actuales frenteamplistas y el macrismo. Tienen razón los integrantes del Frente Amplio argentino cuando ven cierta similitud ideológica con el Frente Amplio uruguayo, que lleva casi una década gobernando. En ambos casos se trata de coaliciones de izquierda y de centroizquierda. Macri no se asemeja a la ideología, pero aspira a fundar aquí la experiencia uruguaya.

El Frente Amplio uruguayo surgió como una tercera opción entre dos partidos históricos ( los blancos y los colorados) que gobernaron Uruguay durante décadas. El Frente Amplio se hizo fuerte primero en el municipio de Montevideo y luego conquistó el poder nacional.

Dos presidentes frenteamplistas han sido elegidos ya en Uruguay, consecutivamente, Tabaré Vázquez y el actual, José Mujica. Macri piensa en los peronistas y en los radicales cuando sueña con repetir la experiencia uruguaya de un tercer partido que desalojó del poder a dos partidos históricos.

Las encuestas irán marcando el camino de los acuerdos por venir. Sería siempre más fácil llegar a un trato electoral entre los no peronistas si los dos candidatos peronistas se separaran del resto en las mediciones de intención de voto.

Pero eso no ha sucedido todavía. Todos están obligados a ir a una segunda vuelta. Y todos creen tener derecho a participar del ballottage. Los no peronistas acordarán, en definitiva, sólo cuando deban optar entre el acuerdo o la ruina.

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