Una banda de terciopelo y la Casa Rosada vestida de gala

La presidenta electa puso especial énfasis en la estética de la ceremonia de traspaso de mando; su marido, en cambio, organiza la marcha política a la Plaza de Mayo; regalará libros a sus invitados
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9 de diciembre de 2007  

Fueron 130 horas de trabajo divididas en sólo 10 días. En total, 18.000 puntadas. Todo... para resolver el pedido especial de Cristina Kirchner de bordar en hilos de oro dos imágenes en miniatura que llevará la banda presidencial que usará mañana.

La presidenta eligió ella misma ponerle su impronta al atributo de mando que le colocará, en un hecho histórico, su marido, Néstor Kirchner. Eligió un terciopelo como tela y decidió bordarle en ambas caras de la borla, con la que obligatoriamente termina la banda presidencial argentina, el símbolo de la Libertad de un lado y el de la República, del otro. Ambas imágenes, claro, son mujeres.

La semana que pasó, Cristina Kirchner quiso estar en cada detalle de lo que será el día más importante de su carrera política. Monitoreó la confección de la banda y los últimos retoques del bastón que talló Juan Carlos Pallarols. Empezó a dar órdenes precisas sobre los cambios que quiere en la Casa Rosada. Por supuesto, la ropa que usará mañana se mantiene en reserva, como un secreto de Estado. En cambio, fue su marido quien se encargó de controlar la organización de la marcha de militantes peronistas que la acompañará en la Plaza de Mayo cuando llegue como presidenta en funciones.

Si hay algo que Cristina Kirchner resaltó toda su vida fue la estética personal. Por eso participó activamente de la selección de los atributos de mando. Su marido ni siquiera supo de qué tela era su banda cuando asumió en 2003. Fue un gross de seda, el que usa la mayoría de los presidentes. Tampoco eligió ningún bordado especial, como sí lo hizo su mujer. Esa es, de hecho, la mayor particularidad que tiene esta banda. La gobernadora electa de Tierra del Fuego, Fabiana Ríos, tuvo los mismos sastres que Cristina, pero no pidió nada en especial. En la historia argentina, sólo Marcelo Torcuato de Alvear quiso diferenciarse y pidió bordar sus iniciales.

En la banda de Cristina hay lentejuelas y canutillos alrededor del sol, que deberá quedarle justo sobre el esternón. Ramón Díaz, el sastre de la Casa Militar, estuvo en cada prueba con la futura presidenta. Se quedó con las ganas de saber si finalmente le gustó el trabajo terminado. Cuando fue a entregársela, el miércoles pasado, ya no la vio. Igual, no hubo quejas. Tiempo tampoco. "Fue un trabajo sin descanso. No había horario de salida para nadie porque, si no, no se llegaba a terminar la borla que pidió la señora. Eso es un trabajo de artesano", contó orgulloso el sastre a LA NACION. En el armado total trabajó un equipo de cinco personas. Además de él participó la modista Claudia Martínez y el bordador Fabio Arregui. A ellos se sumaron Rubén Wieilly y Daniel Quiroga, como coordinadores.

Es sabido que la presidenta electa prefiere evitar que se conozcan las marcas de la ropa que usa y se enoja si esos datos trascienden a la prensa. Por eso, es probable que sea más fácil acceder a una copia del discurso que dará mañana en el Congreso después de jurar que conocer de antemano el modelo que estrenará en la ceremonia.

Aprovechando su efímero protagonismo, la modista que cosió totalmente a mano la banda presidencial se animó a opinar. "Lo ideal es que use un traje en colores claros. El color marfil o hueso es el más recomendado", dijo. Enseguida, el sastre acotó que él le había tomado las medidas con la forma de una pequeña hombrera de traje. Otro indicio.

La banda ya está en el Congreso. Cristina Kirchner se encargó personalmente de enviarla desde Olivos a sus colaboradores en el Senado. Allí también llegó el bastón presidencial.

La ceremonia de asunción será corta, sin demasiado apego al protocolo y muy austera, prometen en la Casa Rosada. El lugar elegido es otro pedido de la nueva presidenta. Según supo LA NACION, quería que fuera en el mismo sitio donde juró su esposo. Kirchner debió hacerlo en el Congreso porque su antecesor, Eduardo Duhalde, había sido elegido por la asamblea legislativa. Cábala o no, Cristina quiere llevarse la misma foto.

La ansiedad por el recambio presidencial también se pudo vivir dentro de la Casa Rosada. El palacio se movió estas últimas dos semanas a un ritmo frenético.

Los pasillos se convirtieron en los mejores lugares para desplegar las alfombras rojas para el ritual de limpieza.

Cada día se desenrolló una distinta para llegar a tiempo para el acto de jura de los nuevos ministros, que será mañana, a partir de las 18.

Aspiradora y cepillo en mano, una cuadrilla de cinco personas las ponía en condiciones.

Las gradas amontonadas fueron otro clásico de los últimos días de la Casa Rosada habitada por Néstor Kirchner; serán colocadas en el salón Blanco, donde asumirán los funcionarios.

Los empleados daban estos días las últimas pinceladas en los patios internos. Al menos, los lugares por los que ingresarán los invitados especiales debían estar bien prolijos.

El secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, ordenó hacer los retoques necesarios en una Casa Rosada cuya refacción sólo fue terminada en la fachada: el interior sigue desde hace tres años en plena obra.

Los obreros se chocaban el jueves con los empleados que en grandes carros trasladaban los cientos de libros que Cristina Kirchner regalará a sus invitados. Será, lógicamente, el suyo: Cristina, pensando en la Argentina , un compilado de ensayos de la presidenta con prólogo del ex mandatario chileno Ricardo Lagos.

Afuera, el montaje del gran escenario demoró cinco días. Desde allí se presentará el festival de música y política con el que el Gobierno decidió recibir a la nueva residente de la Casa Rosada.

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