Una compañía que describe la decadencia

Joaquín Morales Solá
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25 de febrero de 2010  

Carlos Menem es la figura política más impopular del país, según una encuesta hecha a fines de enero último por la consultora de Hugo Haime. Lo sigue de cerca en esa carrera por el disfavor social el ex también ex presidente Néstor Kirchner. Los dos demostraron ayer, paralizando al principal cuerpo parlamentario del país, que merecen la aversión popular que supieron conseguir. Encerrados entre resentimientos y caprichos, ambos se destacaron en la víspera por las acciones que menos valora (o que más desprecia) la sociedad argentina.

Kirchner sólo alargó su agonía parlamentaria en medio de pésimas novedades judiciales, que lo obligarán a luchas más desiguales por los recursos fiscales, y de la más grandes manifestación piquetera de los últimos años, que enfureció la vida de los porteños. La Argentina nunca cierra ningún capítulo de su historia: el país actual no es muy diferente del que Kirchner recibió hace casi siete años.

Quitarle el quórum a una sesión parlamentaria es el recurso de los que van a perder. ¿Para qué le huirían a la votación si tuvieran la mínima esperanza de ganarla? Menem nunca votará con el kirchnerismo; puede deducirse, por lo tanto, que el oficialismo perderá el control del Senado en los próximos días. Pero el ex presidente de la década del 90 sentó un precedente demasiado peligroso: los Kirchner comprobaron ayer que pueden inmovilizar al Senado con sólo provocar la ausencia de uno de los senadores opositores. Elisa Carrió y Gerardo Morales negociaban anoche para que la oposición condicionara su asistencia a la Asamblea Legislativa del lunes, donde hablará Cristina Kirchner, a un compromiso firmado del oficialismo de que no cerraría de hecho el Congreso con el mecanismo del quórum.

Aquella tarea de cooptación disimulada no será fácil para el gobierno, pero tampoco imposible. Después de todo, la oposición está integrada por dos bloques grandes (el Acuerdo Cívico y Social y el peronismo disidente) y por una serie de pequeños bloques de uno o dos senadores. Es cierto también que cualquier senador que cruza la frontera hacia el oficialismo, de manera directa o indirecta, es ahora el centro de serias sospechas públicas. La pregunta reiterada de ayer era si existieron acuerdos entre Menem y el gobierno y, si los hubo, en qué consistían.

Para responder a esos interrogantes hay que remitirse a las cosas probadas. Una de ellas es que Menem fue sospechosamente esquivo en los últimos días y en las últimas horas. Su propio hermano, Eduardo Menem, no pudo hablar con él desde el sábado. Su ex ministro del Interior Carlos Corach, que intentó ayer una gestión desesperada para que se presentara en el Senado, no pudo hablar por teléfono con el ex presidente. Sus colegas del bloque de senadores tampoco pudieron llegar a él.

Otro hecho comprobable es que Menem estaba quejoso con sus compañeros del peronismo disidente en el Senado. "Me ningunean", lo oyeron desahogarse en días recientes. Algunos senadores opositores suponían que su ausencia de ayer respondía a su perdurable vocación por sobresalir; también habría buscado de esa manera recobrar cierto protagonismo senatorial en el futuro inmediato.

Sin embargo, también es cierto que el gobierno estaba enterado de la deserción de Menem. Los senadores oficialistas dicen que no incumplieron ningún acuerdo porque en la comisión de labor parlamentaria, Miguel Pichetto anticipó que su bloque daría quórum si la oposición tenía los 37 senadores. La oposición estaba segura de que alcanzaría ese número y, por eso, aceptó que se votara por unanimidad al peronista José Pampuro como presidente provisional del cuerpo. Es decir: no ató esa votación (que ya contaba con el consenso de todos los bloques) a la votación por las comisiones.

Una orden fulminante llegó luego de Olivos: los senadores oficialistas debían abandonar el recinto cuando se comprobara que a la oposición le faltaba un senador. En resumen, Kirchner sabía que Menem no regresaría de La Rioja, mientras sus colegas de la oposición todavía lo esperaban. Varios senadores oficialistas se enteraron en el recinto de que debían salir de la reunión cuanto antes. Una batahola entre ellos se armó luego, fuera ya del recinto, porque muchos no entendían por qué los sometía Kirchner a semejante desgaste social. El ex presidente y hombre fuerte del gobierno los obligaba, otra vez, a cambiar las reglas del juego en medio de un partido.

Menem y Kirchner tienen muchas cosas en común, pero sobresale una: los dos sólo miran el corto plazo y desdeñan el futuro más inmediato. Los dos son hoy más impopulares que ayer, aunque ayer se hayan dado el gusto de privarla a la República de una de sus instituciones fundamentales, ya sea por venganza, por conveniencia mutua o por simple capricho. Los dos volvieron ayer (Kirchner lo hizo en pública, además), sin cambios.

Menem vendrá a votar con la oposición en los próximos días. Sus compañeros de bloque podrán ningunearlo, como él dice, pero Kirchner lo agravió y lo ofendió con una pertinacia propia de los conversos. "Jamás votará con el kirchnerismo; su límite es hacer picardías como las de ayer", dijeron quienes los escuchan con frecuencia.

El destino quiso que el mismo día que Kirchner se notificaba de la irremediable pérdida del Senado (y eso significa, después de todo, la ausencia del oficialismo en el recinto), la Justicia le hiciera saber que no podrá evitar el Congreso para resolver el conflicto por las reservas nacionales. La Sala IV de los Contencioso Administrativo se respaldó en la posición de la Corte Suprema de Justicia (dejar que interactúen los poderes elegidos de la Constitución) antes que aceptar la insoportable presión del oficialismo. Así, las instancias inferiores de la Justicia comenzaron de hecho un vuelco notable en sus posiciones prooficialistas de los últimos tiempos. Ganó la independencia de la Corte Suprema.

Con pérdidas en el Congreso y en los Tribunales, los Kirchner tropezaron, ayer también, con otro abandono irreparable para ellos: perdieron el control de la calle. El piqueterismo antikirchnerista juntó ayer más gente que cualquier agrupación oficialista. Los piqueteros anti K tiene algo de razón: ¿por qué los planes social deberían tener como beneficiarios sólo a los amigos del poder? Eso no justifica, desde ya, el método que trastorna a los argentinos inocentes de cualquier culpa.

Kirchner eligió en su momento piqueteros amigos como fuerzas de choque y como centros de distribución de la clientela política. Nunca imaginó un plan integral para sacarlos de la pobreza estructural, de la dependencia económica y de la inopia educativa. El resultado de su gestión en esos sectores castigados por mil crisis es muy pobre. La mayoría de ellos se le sublevó ayer y al más notorio de los líderes piqueteros amigos del kirchnerismo, Luís D´Elía, se pasea en estos días por Irán, invitado por un gobierno de antisemitas que convirtieron a ese país en la nación más fanática y peligrosa del mundo actual. Tal vez Menem y D´Elía sean los últimos aliados, virtuales o prácticos, de Kirchner. Las compañías describen también la decadencia.

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