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Una debilidad a veces costosa

Joaquín Morales Solá
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30 de marzo de 2000  

A partir del 10 de diciembre último, cuando nuevos gobiernos asumieron en todo el país y Fernando de la Rúa accedió al poder central, Carlos Ruckauf fue convirtiéndose en uno de los políticos más populares. Primero, las encuestas lo colocaron muy lejos del Presidente y del gobernador de Santa Fe, Carlos Reutemann, pero, luego, logró pisarles los talones y terminó conformando el trípode de hombres políticos arropados por el mayor consenso social.

De la Rúa y Reutemann parecen hechos el uno para el otro. Llegaron hasta donde están cultivando un perfil bajo, muy lejos de las decisiones tajantes y valorando el prestigio de hombres de Estado por sobre cualquier otra consideración.

Ruckauf, en cambio, descubrió hace varios años el encanto de las encuestas, que no es heredado de su antecesor Eduardo Duhalde. Mucho antes, cuando lidiaba desde el peronismo con el creciente Frepaso en la Capital, se acomodó en la orilla progresista y le dedicó más de un mandoble, por ejemplo, al cuestionado líder justicialista catamarqueño Ramón Saadi.

Después, en los tiempos de la última campaña por la gobernación bonaerense, demostró que nada le era imposible si se trataba de conformar a la mayoría que aparecía, circunstancialmente, en las mediciones de opinión pública.

Esa debilidad por las encuestas resultó un buen trampolín para acercarse, en la consideración popular, a De la Rúa y a Reutemann; según Ruckauf, este último será su verdadero rival dentro del peronismo cuando se lance a la campaña presidencial por el 2003.

El mandatario bonaerense sostiene que su par cordobés, José Manuel de la Sota, esperará hasta el 2007 para disputar la presidencia. De la Sota es el más joven de los tres y tiene la posibilidad de una reelección en su provincia, que Ruckauf ha descartado definitivamente en su caso.

Sea como fuere, y siguiendo las encuestas, desde diciembre se pegoteó al Presidente y, al mismo tiempo, sacó del ostracismo a Aldo Rico para devolverlo al principal escenario de la política, de donde el ahora ministro rebelde había sido expulsado por la suspicacia popular tras su insólita alianza con el duhaldismo, en 1994.

El discurso contra Brasil, primero, y la crisis irresuelta con Rico, ahora, apartan a Ruckauf de la consideración en los sectores de poder, en el primer caso, y en los estamentos sociales medios y bajos, en el otro. Para decirlo de manera directa: la ansiedad política del gobernador ha colocado en zona de riesgo su posibilidad de ser presidente alguna vez.

La elite gobernante ( política, económica o intelectual) se disgustó al entrever que la posición de Ruckauf contra Brasil no se sostenía en la realidad, sino en los sondeos.

Después de su primer embate contra Brasil, el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini se reunió con Ruckauf, con quien conserva una vieja relación. Los dos fueron dirigentes de la Capital, aunque militando en partidos distintos.

"Carlos, estás llevando las cosas muy lejos. Hay que ser más prudentes con Brasil", le aconsejó el canciller. El gobernador pareció entender a su viejo amigo y se desacopló de su arremetida contra el vecino más importante de la Argentina. Pero poco tiempo después volvió con bríos contra Brasil, escudado en una supuesta fuga de empresas.

El problema no era interno, porque aquí se conocen los métodos políticos de Ruckauf. ¿Pero cómo explicar a Brasil que el gobernador de la provincia argentina más importante puede ser el adversario de hoy con la facilidad con que podría ser el amigo de mañana?

En tanto Ruckauf perseveraba en una colisión estéril, el Presidente (otro amigo suyo) y el canciller conseguían enderezar la relación con Brasil.

La designación de Rico fue otra apelación audaz a la opinión pública bonaerense, que -en verdad- está fatigada de vivir entre la violencia y el salvajismo. Pero fue siempre nada más que un símbolo. Rico está formado en los cuarteles, distantes a la delincuencia común. Rico no es Luis Patti, el intendente de Escobar, que -con críticas o sin ellas- se ha formado en la policía. Ruckauf no pudo convencer a Patti (entusiasmado con su propia carrera política) para que lo acompañara, y entonces echó mano de Rico.

Entre ellos, la relación fue siempre conflictiva. Un ejemplo: cuando hace 45 días un policía hirió a un deportista, confundiéndolo con un delincuente, Ruckauf ordenó la exoneración del uniformado. Rico firmó el decreto de rigor tres días más tarde del anuncio del gobernador, quien recibió la noticia de la forzada aquiescencia del ministro con una algarabía digna de mejores causas.

Hace tres semanas, Ruckauf empezó a intuir que sus vecindades con De la Rúa debían concluir para dar lugar a cierta distancia; fue cuando emprendió la cruzada contra el Mercosur. Rico no conoce de sutilezas; husmeó ese clima y avanzó con paso y peso de elefante.

Los dos caminos

Con Rico en abierto desafío al Presidente, Ruckauf tenía dos caminos: o lo confirmaba desde el exterior (creando una crisis más profunda con el poder federal) o regresaba en el acto de los Estados Unidos, donde aún está, para reclamarle personalmente la renuncia. No eligió ninguna de esas alternativas, pero dejó trascender que la vida de Rico como ministro había terminado; pecó de una ingenuidad sin medidas si creyó que con esos mensajes relevaría al viejo jefe carapintada.

Dicen que Rico tiene la renuncia firmada, pero que no se privará de someter a Ruckauf a un intenso desgaste político ni le ahorrará el trámite de reclamarle la dimisión. Entre ellos habría acuerdos y conversaciones reservadas que deben quedar aclarados antes del retiro de Rico; por eso, éste precisó desde el principio que no aceptaría un pedido de renuncia que proviniera del vicegobernador, Felipe Solá.

Por eso, también, tanto Ruckauf como Solá se negaron a instrumentar el trámite más sencillo que tienen a mano: un decreto que ponga fin a la gestión de Rico, que podría ser firmado por el propio Solá, aunque éste necesita del acuerdo previo de Ruckauf, que se lo negó.

La crisis política con Rico no está referida a la inmutable inseguridad de los bonaerenses, sino a las consecuencias de haber elegido un símbolo provocador para conformar a las encuestas, a cualquier costo y bajo cualquier circunstancia.

Las encuestas han levantado a Ruckauf, pero podrían hacer también las veces de su verdugo.

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