Una década de frívolo despilfarro que ya "fue"

Por Sylvina Walger Para LA NACION
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15 de mayo de 2003  

Los adolescentes suelen ser categóricos a la hora de firmar el certificado de defunción de una moda. "Fue" dictaminan, dejando sentado que de eso no hay retorno. Parafraseando a la juventud, hoy sabemos que, además de habernos convertido en el hazmerreír de los corresponsales extranjeros, Menem, previa infantil pataleta, "fue".

La incógnita que permanece es la de si con él también desaparece eso que supo conocerse como "menemismo". Un entrevero de impunidad, corrupción, arrogancia y amoralidad que durante una década hechizó a la sociedad argentina, encantada con el aceto balsámico, la mostaza de Dijon y los viajes a Miami.

Una década de frívolo despilfarro que fracturó a esta nación entre ricos y pobres y que acentuó las peores mañas del caudillismo: el clientelismo, el patrimonialismo y el personalismo. Los verdaderos padres del "que se vayan todos".

Síntoma más que causa, el menemismo calzó como la horma de un zapato en una sociedad a la que años de censura, incertidumbre, cambio continuo de gobiernos y su consiguiente falta de un orden jurídico estable permiten definirla como educada en un permanente desprecio por la ley. Esto explica que las discutibles prácticas del "menemato" se convirtieran, para muchos argentinos, en actos gloriosos y ejemplificadores.

* * *

Jefe de una familia de equilibristas emocionales poco apegados al diván, Menem no vaciló en recurrir a métodos poco ortodoxos (aunque no por ello menos celebrados) para quitarse a su legítima esposa de encima; mostrarles a sus compatriotas que era capaz de conducir una costosísima Ferrari (regalada, claro) a contramano de las reglas del tránsito y hasta autoproponerse como premio Nobel de la Paz. Por primera vez la cultura del "vivo" tenía su sede en la Casa Rosada.

La megalomanía suele ser mala consejera, tanto como los entornos adictos. Creyeron que con cargarle el hundimiento del país a la Alianza (a la que nadie niega su compulsión a la equivocación permanente) la gente reclamaría su retorno. No imaginaron que cuando se desciende a cartonero la culpa es de todos.

La segunda mala pasada se la jugó la impunidad del lobby del hotel Presidente. La reaparición de los procesados y del colágeno indiscriminado enfrentó a una sociedad que compra los remedios por unidad con su propio espejo. Eso es lo que les habían prometido que serían.

El ex presidente menospreció la astucia de Duhalde, quien, al igual que su archienemigo, no conoce otra forma de hacer política como no sea la del caudillo. Enfrentados ambos al estilo matones de barrio, jamás se cruzaron entre ellos verdaderas acusaciones. Nunca Menem le recordó a Duhalde sus tribulaciones con el Banco Provincia ni el otro recurrió al tráfico de armas. Ambos envolvieron a los argentinos en una personal interna peronista de la que estuvo ausente todo lo que se relacionara con el interés nacional.

Las fortunas gastadas en choripanes, autobuses y dádivas le dieron mejor resultado al presidente interino, que además supo encontrar al caudillo más presentable de todos los reinos de Taifa de los que se compone la Argentina.

Se supone que hoy comienza una nueva etapa, si por nueva etapa se entiende un cambio de caras. No parece fácil que el nuevo presidente, tres veces reelegido como gobernador de su provincia, reticente a la hora de explicar el destino de las regalías petroleras y con sólo el 22 por ciento de los votos, pueda asegurar un cambio en la cultura política local.

Por lo pronto, el único cambio seguro es que en vez de estar Bush en la asunción del mando se haga presente Hugo Chávez, y no sé cual de los dos me parece peor.

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