Una decisión que atenta contra la credibilidad en las instituciones

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15 de mayo de 2019  • 19:58

Enrique Aguilar

Hace algunos días, desde las columnas de La Nación (9/5/2019), propuse "un pacto contra la impunidad", sugerencia cuyo costado irónico acaba de ser corroborado por la realidad, siempre más imaginativa que cualquier novela.

En efecto, gracias a una decisión de nuestro máximo tribunal de justicia, las pocas esperanzas que cabía aún cifrar en la primacía de las instituciones se han visto aparentemente dinamitadas. ¿Reaccionará ante tamaño desvarío la opinión pública? ¿Cuántas muestras más de irresolución e indiferencia deberemos esperar de nuestros magistrados? ¿No es uno de los fines esenciales de este poder del Estado servir de custodio a la Constitución y, al cabo, preferir "la intención del pueblo a la intención de sus agentes"? Si Agustín de Hipona viviera entre nosotros nos recordaría sin duda aquella máxima según la cual los reinos sin justicia no son sino "execrables latrocinios".

Es cierto que, sobre la decisión de marras, como sobre casi todas las que involucran a una comunidad, no cabe esperar un criterio unánime. Gran parte del país quiere ver a Cristina presa. Otra gran parte la quiere de regreso, aclamada por sus fieles y gobernando en su mejor estilo: autoritario, altanero, imponiendo siempre su voluntad, como los reyes del derecho divino. El mismísimo Rousseau nos legó una fórmula insuperable para cuestionar esta manera de concebir la democracia: si hay aclamación, decía, "no se delibera: se adora o se maldice". Por desgracia, la historia enseña que el triunfo de la impunidad, dondequiera que sea, no ofrece mejores alternativas que esa.

La Corte Suprema puso una vez más en peligro su credibilidad que, como sigamos así, yacerá prontamente por el piso. Poco faltará para que a la expresidenta se le tienda una alfombra roja cada vez que ascienda por las escalinatas de Comodoro Py. Entretanto, sectores protagónicos de nuestra dirigencia, viejos compañeros de ruta o conversos de ocasión, ahora que las papas queman y hay que asegurarse un lugarcito, miran para otro lado o quizá, sin que nos demos cuenta, se nos ríen directamente en la cara.

Decía Tocqueville en sus Souvenirs: "el mundo es un extraño teatro, en él hay momentos en que las peores piezas son las que alcanzan mayores triunfos".

Profesor de teoría política

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