Ante una democracia carente de equilibrios

Joaquín Morales Solá
(0)
24 de octubre de 2011  

Anoche, cuando Cristina Kirchner se convirtió en la presidenta más votada desde 1983, saldó una deuda familiar con la historia. Su esposo fue, al revés, el presidente encumbrado al poder con el menor porcentaje de votos en la historia. El récord pasa de la familia a la política cuando se advierte que, al mismo tiempo, ayer se produjo la diferencia más grande, enorme y extraordinaria entre el vencedor y el segundo candidato con más votos.

La Presidenta se alzó con tal victoria sin deberle nada a nadie, sin oponentes de envergadura a la vista y con una política territorial y legislativa casi monocolor. Una democracia sin equilibrios es un error de muchos protagonistas políticos, pero es lo que le aguarda a la Argentina durante un tiempo aún incalculable.

Una sociedad abúlica con la política, una economía que crece a un ritmo sólo por detrás de dos países célebres por sus crecimientos (China e India), la fragmentación de los opositores y la elaboración de una campaña electoral casi perfecta son algunas de las razones que están detrás de semejante triunfo de Cristina Kirchner .

Sin embargo, el contrato sustancial de la Presidenta con la sociedad está claramente respaldado en la economía. El kirchnerismo puede equivocarse en la interpretación exacta del voto, pero Cristina carece de ese derecho. El crecimiento, el crédito, los aumentos salariales, los subsidios hasta para los sectores pudientes y el dólar subvaluado se inscriben en los párrafos más importantes de ese contrato de la sociedad con su presidenta.

Cristina Kirchner no llegó al paraíso político de ayer cómodamente. Conoció la gloria y el dolor en dosis idénticas y en un mismo año. Pero los primeros tres años de su gobierno fueron un infierno político. Su gestión comenzó con la denuncia en los Estados Unidos de que Alejandro Guido Antonini Wilson había desembarcado en el aeropuerto de Buenos Aires una valija venezolana con 800.000 dólares para financiar la anterior campaña presidencial de Cristina. Sucedió dos días después de su asunción, en diciembre de 2007. Tres meses más tarde, su gobierno dictó la resolución 125 sobre las retenciones a la soja, que inició la guerra perdida con el campo. La guerra, la derrota, el abandono de muchos sectores del peronismo y la posterior crisis dentro de su propio gobierno marcaron a fuego todo el año 2008.

Año difícil

La crisis económica internacional y la sequía empujaron el año 2009 hacia una recesión (economistas privados calculan que hubo una caída del 3 por ciento del PBI) que el Gobierno nunca reconoció. La Presidenta se hundió en las encuestas y durante esos dos años merodeó sólo el 20 por ciento de aceptación popular. En junio de 2009 sucedió el fracaso electoral del kirchnerismo en las elecciones legislativas de mitad de mandato.

En marzo de 2010 empezó de nuevo el crecimiento económico en la Argentina y, también, una mejoría lenta de Cristina en las mediciones de opinión pública. La economía es, sin duda, su encanto. La recuperación política coincidió en el tiempo con síntomas habituales de que la salud de su esposo se encontraba seriamente dañada. Néstor Kirchner sufrió reiteradas crisis arteriales durante varios meses. El ex presidente murió súbitamente en la mañana del 27 de octubre de 2010. En verdad, fueron tres años casi dramáticos para la persona de la Presidenta y para su política.

Cristina Kirchner entró a 2011 con el uniforme de viuda, con la solidaridad popular que producen esas tragedias y con una economía que regresaba a sus mejores momentos de bonanza y de entusiasmo social. Nunca descendió de la cima de popularidad que alcanzó cuando los argentinos entrevieron en ella a una presidenta inesperadamente viuda.

Sus opositores no leyeron los datos de la economía y se encerraron en los pronósticos previos a la muerte de Néstor Kirchner; para ellos, el kirchnerismo estaba terminado y sólo debían competir entre opositores para alcanzar un poder que estaba vacante, a la vuelta de la esquina. Ese error de evaluación los llevó al desastre electoral de ayer, que no se cifra sólo en una derrota (previsible, según los números de la economía), sino en su enorme magnitud. En 2007, Cristina Kirchner prometió una mayor institucionalidad (que no concretó nunca), una política exterior más activa y protagónica (que los problemas internos postergaron) y la designación de ministros con mejor presencia, con más formación y con niveles más altos de aceptación popular. Sergio Massa, Martín Lousteau y Graciela Ocaña encarnaron esa política. Todos se fueron, y se fueron muy mal con la Presidenta.

Cristina Kirchner confesó luego que estaba arrepentida de haberlos designado. No nombró a ministros mejores que los que se habían ido. ¿Por qué se arrepintió? La independencia de criterio de aquellos ex ministros se convirtió en un pecado imperdonable para los nuevos códigos del cristinismo.

Verticalismo

Ni siquiera Juan Domingo Perón aplicó la famosa teoría del verticalismo peronista como lo está haciendo ahora la jefa del Estado. La crisis política y social de 2008 parece haber marcado no sólo su política, sino también a su persona.

La lealtad ciega es la primera y casi excluyente virtud que les reclama a sus ministros y funcionarios. La Cámpora es hija de esa tendencia a exigir una obediencia sin condiciones. Los ministros ignoran a veces hasta las políticas que ellos mismos administran. Ese estilo sirve para gobernar la bonanza política y económica, pero nunca dio resultados para administrar la adversidad.

Con las elecciones, Cristina Kirchner saldó ayer también una cuestión matrimonial. Siempre había estado Néstor Kirchner detrás de la construcción del poder familiar y de los propios éxitos electorales de la Presidenta. Ayer, por primera vez, la victoria fue exclusivamente suya. ¿Qué hará en adelante? ¿Cómo administrará el enorme tamaño de su poder (que nunca lo tuvo ni su esposo) y las condiciones adversas de la economía internacional, que coincidirán con el agotamiento de algunas variables de la economía local?

La Presidenta no quiere ver, por ahora, esos eventuales infortunios. El propio peronismo no tiene experiencia histórica en la administración de la adversidad, porque siempre se fue del poder después de un segundo mandato consecutivo. Esta es la primera vez que tendrá un tercero, que podría señalar el tiempo en que la historia y la economía reclamarán una rendición de cuentas. La fortuna política es siempre sólo una contingencia.

MÁS LEÍDAS DE Politica

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.