Una forma de actuar que se agotó

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION
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26 de marzo de 2008  

Hasta el discurso de ayer de Cristina Kirchner sobraban evidencias de que el modo de relación entre el Gobierno y los mercados está agotado. Pero la respuesta de la Presidenta al conflicto con el campo demostró que la crisis se extiende a la política.

Anoche se le contestó al mensaje presidencial con el mismo cacerolazo que escuchó Fernando de la Rúa cuando ratificó a Domingo Cavallo. Quedó de manifiesto un delicado malentendido entre el oficialismo y una franja importante de la ciudadanía. También se hizo notorio que para las autoridades no está clara la conveniencia de revisar el modo con que vienen gestionando las relaciones de poder.

El conflicto con el campo ya había excedido la dimensión sectorial. Alberto Fernández y Martín Lousteau provocaron lo que ellos mismos venían augurando en el oído de la Presidenta mientras peleaban contra Julio De Vido y Guillermo Moreno: la política intervencionista a la que Néstor Kirchner se abrazó hace casi cinco años tocó su límite.

Ese es el problema que afloró debajo del conflicto agropecuario: entró en crisis una forma de gerenciar la economía, que, encapsulada en el enorme margen de maniobra que provee el superávit del Tesoro, ignoró a los mercados y sustituyó el diálogo sectorial y las reglas de largo plazo por las medidas inconsultas y prepotentes.

Estas notas fueron tan consustanciales con la política oficial que se podría pensar que, con el paro del campo, estalló el modelo. Habrá un antes y un después de este conflicto para toda la economía. Es difícil que la Presidenta pueda autorizar en adelante, en cualquier área, una medida como la que desató la convulsión agraria sin explorar antes un acuerdo con los actores involucrados. Podría haber llegado a este convencimiento por mero ejercicio de su sensibilidad política. Pero necesitó de un trauma.

Este desajuste económico no es ajeno a una crisis política que comienza a mostrarse crónica. El desborde de los productores sobre las entidades rurales manifiesta en ese sector específico una debilidad más extendida de la esfera pública argentina: la falta de densidad de las organizaciones civiles. El solipsismo del Gobierno hace juego con esa fragilidad de la dirigencia social. En estos días sobran las evidencias. La CGT se presta a ser una fuerza de choque del poder político y los líderes industriales corren presurosos al llamado de los funcionarios para escenificar una contradicción artificial, ya que casi todos ellos son productores agropecuarios. Cada uno pasará su factura corporativa por los servicios prestados.

El Gobierno paga el costo de esta anemia, que inhabilita cualquier negociación por el temor de los dirigentes agrarios a quedar desautorizados. Sin embargo, a los funcionarios les cuesta conectar este fenómeno con el estilo de liderazgo de los Kirchner, quienes se regodearon en los últimos cinco años de alcanzar el consenso social sin mediación alguna de los partidos políticos, la prensa o las entidades del empresariado. Sería injusto reprochar al ex presidente y a su esposa la debilidad del entramado institucional de la dirigencia argentina. Pero es evidente que hicieron muy poco a favor de su autonomía y consistencia. La erupción agropecuaria es otro episodio del reino de la acción directa, igual que las asambleas de Gualeguaychú, los cortes de ruta de los piqueteros, la toma del colegio Carlos Pellegrini o el menos oneroso cacerolazo de anoche.

Al descalificar con declaraciones radiales u operaciones de prensa a los líderes agropecuarios, igual que al confiar a la familia Moyano -o a las barras bravas ligadas a ella- la disolución de los piquetes, el Gobierno no hace más que agravar el problema que, por otro lado, padece.

Si los Kirchner estaban llamados a una misión histórica, ésta era la de favorecer una reparación de la política que le devolviera a la acción de gobierno la credibilidad perdida. Reponer la rutina institucional allí donde predominaban los cacerolazos y el "que se vayan todos". Esa tarea está pendiente mientras la crisis de la vida pública comienza a insinuarse crónica.

La falta de reflejos de los funcionarios que están al frente del conflicto obliga al pesimismo. La Semana Santa encontró a Cristina Kirchner en El Calafate, el mismo lugar en que se recluyó su esposo durante la protesta por el asesinato de Axel Blumberg o después del incendio de Cromañón. En vez de convocar a un par de ministros para dar la sensación de cierta actividad, no permitió siquiera que le tomaran fotos. Si se quería dar la sensación de aislamiento, misión cumplida. El discurso de ayer sólo demostró que la Presidenta había estado ausente.

Alberto Fernández vuelve a demostrar en la gestión del conflicto una falta de ductilidad que había quedado demostrada en el caso Borocotó, en la campaña contra Mauricio Macri o en la negociación con Uruguay por las pasteras. Al buscar el auxilio de los gobernadores, agregó el problema de la coparticipación al de las retenciones. Irritó más los ánimos calificando de extorsionadores a aquéllos a quienes debería sosegar. Toleró la movilización de los camioneros, sin advertir que los que protestan en las rutas no son los ejecutivos de saco y corbata a quienes Guillermo Moreno suele amedrentar en su despacho del microcentro (el camionero, perspicaz, acampó a un costado). Anoche se tranquilizó pensando -y lo dijo- que "los que protestaron en Capital son los que votaron a Carrió".

El endurecimiento oficial dice buscar "el desgaste del campo". Es muy probable que ese objetivo se alcance algún día. Pero antes llegó el desgaste del Gobierno. Gobernadores como Juan Schiaretti, Jorge Capitanich o Sergio Urribarri, que en otro momento se hubieran sumado a la intransigencia de la Casa Rosada, claman por un acuerdo. Sufren tensiones en sus gabinetes y aconsejan una corrección urgente de las medidas antes de que la protesta gire hacia ellos: al tucumano José Alperovich ya le sitiaron un campo. El kirchnerismo gremial también mostró sus grietas: Moyano no consigue que los sindicatos rurales quiebren la protesta.

Pero la fractura más importante provocada por el conflicto con el campo está oculta en el corazón del gabinete. Julio De Vido y Moreno contemplan con los brazos cruzados el primer experimento de gestión sectorial de Fernández y Lousteau. No conspiran contra ellos (aunque haya empresarios que vuelven a hablar del desdoblamiento del Ministerio de Economía en Hacienda y Producción). Sólo esperan que el péndulo de la política sectorial vuelva a sus manos. Si es que el canibalismo no los devora a todos.

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