¿Una misión imposible?

Por Carlos Escudé Para LA NACION
Por Carlos Escudé Para LA NACION
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28 de enero de 2002  

El gobierno de Duhalde asumió el poder junto con la sanción de una ley de emergencia económica que, sumada a la cesación de pagos y a las restricciones bancarias impuestas en diciembre, convirtió al Estado argentino en violador de los derechos contractuales y de propiedad de una impresionante gama de intereses internos y externos. Depositantes locales cuyos dineros fueron casi confiscados, tenedores de deuda argentina defraudados, bancos que sufrieron la pesificación de los créditos que otorgaron, empresas privatizadas de servicios cuyos contratos fueron violados, exportadores de hidrocarburos amenazados con impuestos confiscatorios, fondos de pensión vaciados: ésta es la desolación real que no se puede disimular y que, frente a los ojos del secretario del Tesoro norteamericano, no es otra cosa que una anarquía económica que amenaza la gobernabilidad del capitalismo globalizado.

Esto no es poca cosa. Si bien el cataclismo desatado sobre la Argentina nos hiere a nosotros más que a nadie y daña intereses económicos europeos en mayor medida que norteamericanos, son los Estados Unidos quienes tienen la responsabilidad política de asegurar el funcionamiento del capitalismo global, lo que exige imponer el respeto de las reglas del juego. Como principal accionista del FMI, Washington tiene los resortes para dar o negar ayuda a la Argentina, y su interés en la cuestión será político antes que económico, precisamente porque el daño para los intereses económicos norteamericanos es relativamente menor, y lo que aquí importa, más que salvar la plata, es que no cunda el mal ejemplo. Si el gobierno argentino se saliera con la suya violando todas las reglas del juego capitalista, el contagio podría tener consecuencias gravísimas para la gobernabilidad del planeta. ¿Qué ocurriría si Turquía, un país mucho más importante estratégicamente que el nuestro y en dificultades financieras apremiantes, llegara a la conclusión de que puede violar tantos o más contratos que la Argentina, y a menor costo, porque al único miembro mayoritariamente musulmán de la OTAN no se lo puede dejar caer?

Para Washington tal desenlace sería mucho peor que la profundización de las pérdidas y la anarquía en nuestro país, probables consecuencias de un fracaso en acordar con el Fondo. La Argentina es un país geográficamente remoto que no controla ningún insumo esencial para las necesidades de potencia alguna y que tampoco tiene capacidad para hacer daño. La anarquía política y social que sería peligrosa en México no sería mucho más que un negocio para CNN en estas latitudes. La Argentina es el conejillo de Indias ideal para experimentar, dejándola caer si su respuesta no es la adecuada, porque el costo de que caiga es bajo y el costo de un contagio, si fuera salvada a pesar de violar las reglas del juego, es altísimo. Esto es matemático.

Es por ello que la misión del canciller en los Estados Unidos sólo puede tener éxito si nuestros representantes comprenden que habrá poco espacio para hacer comprender los límites políticos del gobierno argentino para ofrecer soluciones económicas. No habrá tolerancia para soluciones que intenten descargar la mayor parte posible de los costos de nuestra incompetencia sobre intereses externos, con la justificación de que ello es necesario para garantizar la paz social. Paul O´Neill sabe que, más allá de los errores que haya cometido el Fondo en sus recomendaciones del pasado, y más allá de los abusos por nosotros consentidos que puedan atribuirse a bancos o empresas extranjeras, a la bomba de tiempo la armamos nosotros. Su mandato es evitar que el ejemplo cunda.

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