Una nueva situación

José Claudio Escribano
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23 de octubre de 2000  

Dejad al Presidente viajar a España en paz. Ha cumplido, al fin, con su deber; es decir, ha cumplido consigo mismo.

Dice Ciorán que los espíritus necesitan una verdad sencilla, una respuesta que los libere de los interrogantes. Esa verdad le estuvo escamoteada al pueblo.

Dos semanas había durado el calvario informativo sobre la suerte de un secretario de Estado y, después de su renuncia, del viernes último, otra semana, por lo menos, habría transcurrido si el Presidente se hubiera decidido a aceptarla sólo a su retorno de España, que fue lo último que se había sugerido desde Olivos, ese mismo viernes.

Anoche se supo algo tan simple como que el doctor Carlos Becerra sucederá al señor Fernando de Santibañes en la Secretaría de Inteligencia del Estado. El Presidente ha comenzado a comprender, pues, que su criterio sobre el valor del tiempo, que no fue tropiezo para su gestión como diputado, senador o jefe del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, puede ser un obstáculo insalvable cuando el país todo ha pasado a estar pendiente de sus actos y de sus gestos.

De la Rúa pisa ahora un terreno nuevo, que es el de jefe del Estado. No todos van a tener presente que, a esta misma altura de su gestión, en 1990, el presidente Menem llevaba al país derecho a una segunda hiperinflación -después de la de Alfonsín- y sus consejeros volaban a Córdoba con la voluntad de incorporar al gabinete nacional, en la desesperación, al gobernador radical de Córdoba, Eduardo Angeloz.

No todos van a tener en cuenta los primeros tramos del anterior presidente, porque los errores del pasado no suelen servir de consuelo colectivo cuando el presente aflige por múltiples razones.

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Si era perjudicial para el Gobierno y la marcha del país el riesgo de tanta dilación en aceptar la renuncia del señor Santibañes, la de anoche ha sido, entonces, una buena noticia. Y puede ser mejor aún si se la interpreta como un signo de que el Presidente ha comprendido que las verdades sencillas, como las de saber definir un problema en el momento preciso, hay que transmitirlas de modo abierto, sin temores, vacilaciones o caprichos.

Difícilmente el doctor De la Rúa podría haberse encontrado con un mayor número de amigos que los reunidos anteayer, al mediodía, en una fiesta campestre de casamiento, realizada en el partido de Exaltación de la Cruz, provincia de Buenos Aires. Si alguien reconstruyó para su conocimiento el tema dominante de las conversaciones, y si lo reconstruyó bien, habrá sabido que no había en las tertulias entre mesas, y en el parque vasto, más que votos para que resolviera, pronto y con tajo limpio, una situación que tenía a todos perplejos.

También dice Ciorán que "refinando nuestros suplicios tomamos conciencia de nosotros mismos". Han sufrido estos meses los amigos del Presidente, o sea quienes se niegan a desinteresarse por su suerte; pero también ha padecido el actor principal en medio de tantos desvelos. Por eso, la principal pregunta política últimamente ha sido: "¿Cómo está el Presidente?"

Anoche, decidió el tajo. Ha comenzado a cumplir consigo mismo.

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Los anuncios de anoche fueron precedidos, por lo menos, por tres paradojas: A la que era una cuestión de elemental justicia distributiva de sanciones políticas para todos los que han estado, con razón o no, objetivamente involucrados en el escándalo del Senado, se la quiso transformar en una cuestión ideológica, con un llamativo anacronismo de teorías conspirativas.

A lo que a la lógica política indicaba como una exasperante voluntad de retención de influencias, se la quiso convertir en lo opuesto, en medio de un sugestivo montaje de dramatizaciones televisadas.

A lo que debió haber sido el simple trámite de un funcionario relevado por cuestiones internas de Estado, se le dio viento internacional, con consultoras financieras que entraron a terciar con sus opiniones en el debate.

El Presidente probablemente se encargará una vez más de hacerles saber que él se basta para atender lo que a ellas preocupa. Está en ejercicio, después de todo, un presidente sensible a la visión liberal de la economía y cuya política es, en un capítulo esencial, aplastar el inmenso déficit fiscal heredado.

El Presidente requiere, sí:

* Que nadie dinamite tontamente los acuerdos legislativos que necesita gestar dentro de la Alianza y en relación con otros partidos, para que pueda haber leyes.

* Que el doctor Raúl Alfonsín, por el solo hecho de ser presidente de la Unión Cívica Radical, comprenda que cualquier palabra que pronuncie en materia económica la deberá filtrar en adelante por el tamiz de la eubolia, tan recomendada por Azorín en "El político" y que, siendo una de las virtudes pertenecientes a la prudencia, ayuda a hablar convenientemente. Es un ruego que el país le hace al doctor Alfonsín.

Torpedear a la Alianza desde el Gobierno es siempre una alternativa, temeraria, pero posible a condición de: primero, que el Presidente esté dispuesto a asestar un "delarrurazo", esto es, un fujimorazo a la argentina; segundo, que haya de su parte, lo que es difícil, un espíritu tan escasamente democrático como el del señor Fujimori. La otra posibilidad de gobernar sin la Alianza es recostarse sobre el justicialismo, pero no se ve cuál sería la ganacia para alguna de las partes.

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Cuando el humor predomina, sólo se ve un lado de las cosas.

Estos días, la Corte Suprema de Justicia de la Nación volvió a ser noticia porque su presidente fue reelegido con su propio voto. Se ha olvidado algo no menos importante: la actual composición del más alto tribunal de la Nación quedó configurada por el doctor Menem. Y no sólo era una práctica en desuso respetar la integración de la Corte después de un cambio de presidente, sino que se había perdido la idea de cuánto significa haber logrado que, como ocurre hoy, nadie se sienta en situación de impugnar al Poder Ejecutivo por intentar presiones sobre uno o más miembros de aquel cuerpo.

Las buenas noticias, pues, potencian otras. Por el contrario, habría sido deslucido que hoy, al hacer el anuncio de las reformas políticas que prometen llevar alivio a la necesidad de transparencia en el financiamiento de los partidos o a la exigencia de instalar la equidad en los sueldos de los legisladores de todo el país, el Presidente se hubiera encontrado todavía sin respuesta para algo tan elemental como lo que terminó por resolver anoche.

En rigor, hay coherencia en el conjunto de decisiones conocidas a última hora de la jornada.

El nuevo secretario de la SIDE, Carlos Becerra, tiene sólida experiencia como legislador y funcionario; aprendió política en la casa de su padre, un amigo entrañable de Miguel Angel Zavala Ortiz, canciller de Illia.

En su lugar, irá a la Secretaría General de la Presidencia el doctor José Horacio Jaunarena, que fue ministro de Defensa en la presidencia del doctor Alfonsín. Tiene la serenidad de los hombres moderados y, por eso mismo, su nombre, como el de Angel Tello -segundo del ministro López Murphy-, había sido alentado desde las Fuerzas Armadas para el reemplazo inevitable de Santibañes.

El paso fugaz de Becerra en la Secretaría General de la Presidencia es signo inequívoco de que el Presidente ha debido enderezar sobre la marcha una situación derivada, en realidad, del fatídico jueves 5, cuando llevó a ese mismo cargo al ex ministro Alberto Flamarique. La esperanza general es que aparte del medio a cuantos lo asesoran entonces de un modo tal que le hicieron pagar alto precio.

Por fin, la llegada del doctor Enrique Olivera a la presidencia del Banco de la Nación Argentina devuelve a la proximidad del Presidente a un amigo probado, inteligente y con el equilibrio del que carecen los hombres que se suponen iluminados.

El fundamentalismo es siempre pernicioso, en religión como en política y economía, porque enceguece. Algo más sobre esto conoce ahora, por experiencia en carne propia, el presidente de la Nación.

El contexto general dentro del cual cabe examinar las novedades de ayer se completa con el hecho de que el Presidente y Carlos "Chacho"Alvarez se han dicho a solas todo lo que tenían que hablarse. Es, hoy por hoy, una relación políticamente recompuesta.

De otra manera, el señor Alvarez habría estallado en protestas el viernes por la noche, en lugar de haber insistido en que daba por cerrada la crisis abierta por los escándalos en el Senado. Lo hizo con más paciencia y compostura que muchos de sus conciudadanos.

España se merece la atención que ahora, sí, la Argentina con iguales problemas pero emocionalmente más aliviada pondrá en el viaje del Presidente.

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