Una situación que obliga a trabajar sin festejar

Jorge Oviedo
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23 de agosto de 2001  

Apenas 24 horas después del anuncio de que habrá un acuerdo con el FMI sellado y rubricado el mes próximo, el Gobierno comenzó a dar señales de que no piensa dormirse en los laureles. Intenta evitar que la recuperación de la confianza dure menos que las breves calmas que generaron el blindaje primero y el megacanje después.

El presidente Fernando de la Rúa prometió un plebiscito que genere una presión en contra de los políticos que quieran aumentar el gasto.

Y el jefe de gabinete afirmó que si fuera necesario, se harían recortes adicionales a los actuales para garantizar que habrá equilibrio presupuestario.

Pero habrá que hacer algo más que anuncios para poder sostener la confianza, que quedó seriamente herida en el tembladeral de los últimos días. Mucha gente que se sintió aliviada hacia el mediodía, cuando los indicadores de los mercados mejoraban franca y sostenidamente, se preguntaban cuánto durará la tendencia poco después del cierre de las operaciones.

Lo que parece estar más que claro es que no habrá una nueva oportunidad. Que no hay margen para no cumplir no sólo con el déficit cero. Tampoco se puede demorar las reformas estructurales.

Es probable también que el Gobierno no tenga margen para demorarse en difundir la carta de intención con todos los detalles del acuerdo.

La sospecha de que hay puntos no revelados de muy difícil cumplimiento podría ser el rumor o la excusa con la que los especuladores podrían comenzar una ola vendedora de títulos públicos argentinos hoy mismo. Quienes compraron ayer a primera hora harían una buena ganancia vendiendo a los precios de cierre. Y en el Gobierno sobra gente que sabe que hay muchos que viven de esos juegos.

Por otro lado, la dureza de las negociaciones que durante casi dos semanas se desarrollaron en Washington muestra a las claras la delicada situación a la que llegó la Argentina por no emprolijar sus cuentas cuando el incendio aún no había comenzado su fase más peligrosa.

Ayer en el Ejecutivo había quien relataba que las tratativas habían sido dificilísimas. Que la posición del secretario del Tesoro norteamericano, Paul O´Neill, fue terminante e irreductible hasta último momento. Según esas fuentes, el nada diplomático secretario sostuvo de entrada que la Argentina debía devaluar, que los regímenes de cambio fijo -como él interpreta la convertibilidad- no tienen futuro.

Su idea, según los informantes, era que la Argentina tendrá una crisis de todos modos. Y que entonces es mejor dar la ayuda después de que lo inevitable ocurrió. Dar dinero antes significa tener que aumentar la suma después. Dicen que decía que eso fue lo que le pasó a la administración Clinton en Brasil.

El FMI le dio una ayuda gigante en noviembre de 1998 al gobierno de Fernando Henrique Cardoso, jaqueado por la incredulidad de los mercados mientras buscaba su reelección.

Pero en enero de 1999, Brasil devaluó y en febrero hubo que armar otro rescate.

O´Neill también tenía la idea de que la catástrofe argentina no afectaría a ningún otro país emergente.

"Fue clave el papel del Departamento de Estado y fueron cruciales las llamadas de los mandatarios de la región y del resto del G7 para que la opinión de Washington cambiara", dijeron las fuentes.

Temor al efecto dominó

Juran que la Argentina estuvo muy cerca del abismo. "Los llamados de los otros presidentes de la región le hicieron saber a las autoridades de Washington que no sólo habría una catástrofe económica, una devaluación descontrolada y una cesación de pagos salvaje, también podría haber una severa convulsión social."

La evaluación de quienes hablaron en favor de la Argentina habría sido que esa situación se extendería a los países vecinos.

"Colin Powell tuvo su Tormenta del Desierto, no debe querer tener que pelear la Tormenta de las Pampas", dijeron los funcionarios.

E ilustraron la situación con un dato: "¡Cómo habrá sido de delicada la situación que Cavallo estuvo sin hablar en público casi doce días!".

Y señalan dos momentos en los que todo estuvo a punto de naufragar. Cuando Cavallo dijo que los conservadores republicanos querían transformar a la Argentina en conejillo de Indias y cuando el secretario de Hacienda, Jorge Baldrich, habló de cifras del paquete, cuando aún en Washington ni siquiera se había tocado el tema.

Es indudable que las autoridades nacionales y provinciales no tienen ningún margen para volver a jugar con fuego.

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