Volver a confiar

Guillermo Rozenwurcel Para LA NACION
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27 de mayo de 2010  

El Bicentenario finalmente llegó y una multitud entusiasta lo celebró en las calles. Esto no debe hacernos olvidar que la Argentina real apenas salió del abismo al que nos precipitamos a comienzos de este nuevo siglo y está muy lejos del país económicamente pujante y socialmente equitativo en el que, cuando retornó la democracia, nos imaginábamos que hoy estaríamos viviendo.

Esa brecha es resultado de un proceso de larga data, ciertamente no de lo que hizo o dejó de hacer el actual gobierno. Comenzó a abrirse en algún momento entre fines de los 60 e inicios de los 70, cuando el dinamismo de nuestra economía, al igual que la movilidad social ascendente que hasta entonces nos había caracterizado, fueron agotándose progresivamente y, aunque con vaivenes, no dejó de ensancharse desde entonces.

Así, casi sin darnos cuenta, dejamos de ser un país en desarrollo y nuestra crónica inestabilidad política finalmente abrió paso a la involución económica y social.

Aunque la recuperación de la democracia fue un hito fundamental de nuestra historia reciente, resultó claramente insuficiente para revertir esa involución y el desencanto consecuente.

Es que cuando los actores sociales comenzaron a percibir la volatilidad económica y el retroceso social no como excepción sino como regla, el para qué y el cómo de la conflictividad social cambiaron drásticamente. A partir de entonces, conflictividad y retroceso se entrelazaron en un círculo vicioso, pasando a reforzarse recíprocamente.

La conflictividad per se no es, claro está, el problema. Existe en todas las sociedades y, de hecho, puede ser un poderoso estímulo del desarrollo cuando se proyecta hacia el porvenir, centrándose en la distribución de la producción futura. Es, por eso, un atributo que las sociedades comprometidas con la profundización de la democracia valoran positivamente.

Pero no siempre la conflictividad social tiene esas características. En una sociedad que involuciona, como la argentina de las últimas décadas, la conflictividad adquiere otra naturaleza: los actores sociales miran hacia el pasado e intentan recuperar los ingresos y la riqueza perdidos.

Como lo que ocurrió es muy difícil de entender (de hecho, la declinación socioeconómica argentina de los últimos cuarenta años es un fenómeno excepcional), muchos tienden a creer (erróneamente) que esos recursos todavía existen y que "alguien" se los arrebató -la oligarquía, el imperialismo, la patria financiera, la burocracia estatal, la sindical-.Por eso, el conflicto no es acerca de los recursos futuros sino de los pasados. Y como se piensa que esos recursos todavía están, su restitución debe ser inmediata. En otras palabras, la sociedad no sólo se sitúa de espaldas al futuro, sino que éste colapsa en el presente.

Para retomar la senda del desarrollo lo primero es, por lo tanto, dejar de abrazarnos al pasado y, sin olvidarlo, volver a mirar hacia adelante. Tanto la Argentina excluyentemente agroexportadora como la de la industria sustitutiva "ya fueron", no deben ni pueden recrearse.

Recuperar el futuro es, por eso, confrontar nuevos proyectos de país y, sin ignorar los conflictos, encontrar algunos mínimos comunes denominadores que permitan extender el horizonte de su resolución.

Sólo la política puede afrontar este desafío. Pero únicamente podrá hacerlo si genera nuevos liderazgos, capaces de convocar a la participación activa de una ciudadanía que necesita ejemplos creíbles para volver a confiar.

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