"Voy a poner la Argentina en orden"

Por Paola Juárez De la Redacción de LA NACION
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25 de diciembre de 2001  

Adolfo Rodríguez Saá se levantó del sillón verde del despacho presidencial donde estaba casi recostado, abrió los brazos, y dijo: "Al final soy el único que me banqué suspender el pago de la deuda externa". Hacía cuatro horas que había jurado en el Salón Blanco. Estaba agotado, sin el saco y con la camisa un poco arrugada. Se miraba en un televisor que repetía su discurso frente a la Asamblea Legislativa y sonreía. "Es una decisión fuerte y estoy convencido..., ¿qué nos van a hacer?", se preguntó, y volvió a su lugar. El ahora presidente había pasado toda la noche despierto en un despacho del Senado esperando la votación de los legisladores. Además de sueño y sobreexcitación por el día que había vivido, tenía hambre. De golpe entró un mozo y el nuevo presidente le hizo el primer pedido: "¿Se podrá comer algo acá?". "Sí, lo que quiera..., enseguida le preparamos el almuerzo", contestó, dispuesto, el mozo. "Queso, tráigame queso, si hay, y agua", ordenó el ya ex gobernador de San Luis. Distendido y sin abandonar ese rostro de felicidad que exhibió en las últimas 48 horas explicó a LA NACION cómo encarará su gobierno: todo el tiempo tomando medidas que, según él, sorprenderán a la gente. La jugada de suspender el pago de la deuda externa fue consultada, según pudo saber LA NACION de uno de los nuevos ministros, con importantes funcionarios de los Estados Unidos. La misma fuente destacó que, tras el discurso presidencial, llegó una buena señal desde Washington. "Esto es como un partido de truco. Ellos tenían todo el mazo y ahora nosotros tenemos unas cartas: un tres de basto y un ancho falso", dijo otro hombre de confianza del Presidente, mientras los flamantes ministros se felicitaban en el despacho presidencial. Rodríguez Saá anticipó a LA NACION que más adelante abrirá una negociación sobre la deuda externa (dijo que enviaría una misión con el canciller José María Vernet) y que impulsará que después el acuerdo sea revisado y aprobado por el Congreso. La sensación que dejó una conversación con el nuevo presidente, mientras esperaba la visita del embajador de los Estados Unidos, James Walsh, es la de un hombre audaz, seguro, decidido, y que no está dispuesto a abandonar el poder dentro de 90 días, cuando debería ponerle la banda al nuevo presidente elegido por voto popular. Quiere ser la contracara perfecta de Fernando de la Rúa. Por eso, después de que juró en el Salón Blanco y fue llevado casi arrastrado a su despacho por la presión de los hombres y mujeres que querían saludarlo, ordenó a todos sus funcionarios que se pusieran a trabajar en los primeros proyectos, encabezó su primera reunión de gabinete y casi llenó su agenda con audiencias. "Este gobierno va a ser así: acción y acción", repetía. En su despacho, se quejó de que había encontrado un país "totalmente destruido", que él se propone cambiar. Prometió cumplir más del 100 por ciento de lo que dijo en su discurso ante la Asamblea Legislativa. Después, puso una mano sobre la cabeza, apoyó los pies en el sillón que tenía enfrente y confesó: "Hoy me hubiera gustado que me llamara De la Rúa para decirme que estaba a mi disposición o darme alguna información...", afirmó y no avanzó. Su idea ahora es mostrar a los argentinos que tiene la audacia suficiente para hacer cambios de fondo y sacar al país de la crisis. Llegó al máximo lugar de poder con el apoyo de todo el peronismo, pero ahora advierte que gobernará con independencia. "Yo les agradecí a todos; voy a gobernar con un pensamiento federal, pero el presidente soy yo", dijo. Está en sus planes concretar la rebaja de sueldos (nadie podrá ganar más de $ 3000 -"con eso se puede vivir"-, dice), la venta de todos los autos y aviones oficiales, la creación lo más pronto posible de cien mil puestos de trabajo (por medio de convenios que firmará con los gobernadores), la creación de una nueva moneda que se llamará Argentino y la entrega de subsidios por $ 200 en Lecop para familias carecientes, con lo que pretende "mover" el aparato productivo. Además, no piensa devaluar; al menos es lo que dice ahora, en sus primeros minutos en la cima del poder. Eran casi las 17 y Matilde Daract, ex funcionaria de su gobierno y mujer clave en el armado de sus audiencias, le avisó que se iba a la residencia de Olivos. Fue, básicamente, a supervisar que todo estuviera en orden. Un allegado al Presidente contó a LA NACION que encontraron todo en un estado "desastroso" (sucio y desordenado). Rodríguez Saá y su familia tenían previsto pasar en Olivos la primera noche como familia presidencial. El se negaba a usar el auto oficial: "Déjenme usar mi Honda y si quieren pongan custodia", decía. Le importan mucho que sus gestos se vean como austeros, pero no pudo evitar trasladarse como cualquier presidente: con varios autos.

La ceremonia del poder

Pese a que de golpe se convirtió en presidente, cuando nadie lo imaginaba y esa ambición estaba sólo en sus sueños, Rodríguez Saá afirmó que es el mismo de antes. "Yo soy libre; puedo vivir igual con más o menos poder. Voy a gobernar con humildad y responsabilidad", señaló mientras elegía entre el roquefort y el gruyére y apartaba las pasas de uva y las almendras. Su gestión, que por la resolución que votó la Asamblea Legislativa durará 90 días, apuntará al ahorro del gasto político (un plan de austeridad), a la ayuda social y a la creación de puestos de trabajo. "Voy a poner la Argentina en orden, y necesito que me ayuden en estos noventa días", prometió. LA NACION le recordó que no era mucho tiempo y el Presidente contestó: "¿Cuál es el tiempo?". Después intentó buscar energías dentro de sí porque tenía que entrevistarse con Walsh, prepararse para su primera reunión de gabinete y arreglar los detalles para un encuentro que mantendrá hoy con el Grupo Productivo, a quien le pedirá apoyo para las medidas que tomará. Su día como presidente en la Casa Rosada había comenzado a las 11.23, cuando llegó con paso firme, entró en el despacho presidencial por primera vez y recibió los honores de los granaderos. Allí se encontró con todos los hombres y mujeres que integran su gabinete y con los catorce gobernadores del PJ. Hubo aplausos y el flamante Presidente explicó a todos que con él trabajarían fuerte. Ramón Puerta, para quien en ese momento había terminado su fugaz paso por la Casa Rosada, le contó que estaba todo listo para la ceremonia más deseada por los políticos: la jura en el Salón Blanco. Rodríguez Saá estaba exultante, pese a que en los últimos tres días dijo haber dormido sólo dos horas. Cuando se paró al lado de Puerta miraba de reojo la banda y el bastón. Cuando el senador le puso la banda, él no dejaba de observarla y cuando le dio el bastón lo tomó fuertemente y dijo: "Gracias, amigo". Después de disfrutar la ovación, saludó primero a los gobernadores del PJ: "¿Y...? Salió mejor de lo que pensábamos". Puerta también saludaba. "Perdónenme", dijo, porque se negó a ocupar el lugar que a Rodríguez Saá lo desbordaba de felicidad. No quería soltar el bastón. Después, desparramado en un sillón, contaba planes como para 10 años.

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