Alquileres congelados: una medida para los aplausos que plantea otros desafíos

"Efecto coronovirus". El Gobierno trabaja contrarreloj para sacar el decreto que congelará los alquileres y las cuotas de los créditos hipotecarios, además de suspender desalojos
"Efecto coronovirus". El Gobierno trabaja contrarreloj para sacar el decreto que congelará los alquileres y las cuotas de los créditos hipotecarios, además de suspender desalojos Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo
Carla Quiroga
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27 de marzo de 2020  • 17:00

El equipo de Alberto Fernández, encabezado por Vilma Ibarra (secretaria de Legal y Técnica), trabaja contrarreloj para sacar el decreto que congelará los alquileres y las cuotas de los créditos hipotecarios , además de suspender desalojos. En la cocina donde se redacta la letra chica reconocen que la prioridad del Gobierno es evitar una catarata de acciones judiciales y lograr consenso en el período de tiempo que duraría el congelamiento. Este último es el principal punto de disenso. Fernández pelea por los 180 días, pero la oposición no quiere más de 90 y los legisladores del oficialismo plantean que sea "mientras dure el estado de emergencia económica" que generó el avance del coronavirus .

Mientras tanto, las asociaciones de inquilinos anticipan que este será un mes clave: en una semana vencen cerca de 20.000 contratos y les preocupa la cantidad de desalojos que se realizan por fuera de la Justicia. Por eso solicitan la extensión automática de los contratos de alquiler por lo menos por seis meses, que se suspenda el pago del alquiler hasta que se termine la emergencia sanitaria -descartado- y que el o los contratos impagos se puedan financiar en 12 cuotas.

Del otro lado, los desarrolladores y brokers inmobiliarios, resignados a vivir un 2020 aún peor que 2019 (que fue el peor del sector inmobiliario desde el que se tenga registro), apoyan la medida del Gobierno, aunque minimizaron su impacto: "Afecta solo al universo de personas que tenían alguna actualización en los próximos meses", explican.

De todas formas, aplauden la decisión de Fernández y festejan que no haya tomado el mismo camino del presidente de Francia, Emmanuel Macron, quien directamente suspendió el pago de los alquileres, pero aclaran que hay una percepción equivocada de quienes en el país tienen un inmueble destinado al negocio del alquiler. Es que, a diferencia de otros lugares del mundo, en la Argentina no son empresas, ni fondos de inversión, ni compañías de seguros, ni acaudalados inversores con una cartera de pisos. Muchos de los inmuebles que se alquilan en el país pertenecen a personas que destinaron sus ahorros al ladrillo para, por ejemplo, llegar a fin de mes cuando se jubilen.

Por esta y otras razones, tal vez, uno de los desafíos más complicados de la medida es lograr una segmentación "justa", ya que no es lo mismo alguien que alquila en Puerto Madero que quien lo hace en el tercer cordón de la provincia de Buenos Aires. Tampoco vive la misma realidad un monotributista o quien cobraba un sueldo a comisión o facturaba por hora, que un empleado en relación de dependencia con sueldo fijo que, por ahora, lo seguirá percibiendo.

De cara a un futuro próximo, en el sector también reclaman alivios fiscales futuros para aquellos propietarios que no puedan cobrar alquileres porque los inquilinos realmente no estén en condiciones reales de cumplir los contratos.

La intromisión del Estado en contratos entre privados que abarcan situaciones muy disímiles siempre genera discusiones en las que prácticamente es imposible un consenso. Lo que está pasando en el mercado inmobiliario es apenas un reflejo de una economía mundial en ebullición.

Sin duda, el coronavirus cambió todos los paradigmas, el mundo se descubrió vulnerable, entendió la finitud de la vida y lo irrelevante del poder del poder y el del dinero. Frente a esta realidad, los argentinos se encuentran ante la posibilidad de capitalizar esta experiencia para dejar el oportunismo de lado y desarrollar raíces profundas del gen solidario en una sociedad que históricamente pregonó el "sálvese quien pueda".

El coronavirus vino a dejar una enseñanza: las fronteras se diluyen y las grietas también. Ahora más que nunca el don colaborativo se impone y ya no como opción. Tal vez se viene un mundo en el que, ante imponderables, renegociar contratos de buena fe sea posible.

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